Josemaría Escrivá de Balaguer. Fundador del Opus Dei
 

Card. Darío Castrillón Hoyos. Roma, 8 de octubre de 2002

Muy queridos concelebrantes, amados hermanos en el sacerdocio, queridos hermanos y hermanas,

Bienvenidos a esta Basílica romana dedicada al Apóstol Andrés, que hoy desde el Cielo se une a nuestra alabanza y acción de gracias a Dios, que ha donado a su Iglesia y al mundo entero un nuevo santo: Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote y Fundador del Opus Dei. Un heroico ministro de Cristo, un infatigable pregonero de la Buena Nueva, de la dinamys Theou que es la fuerza divina para la salvación de todos los creyentes, como escribe el Apóstol Pablo a los Romanos.

En España, en la pequeña ciudad de Barbastro, en 1902, nació el instrumento que Dios había elegido desde la eternidad para recordar al mundo entero que todos los hombres son llamados a ser santos en sus vidas corrientes, en el ejercicio de sus actividades más comunes, en los hogares, en las oficinas y fábricas, en las escuelas, en el deporte, y aún en el descanso. Joven estudiante, en Logroño y en Zaragoza, donde cursó sus estudios eclesiásticos, ya sacerdote en Madrid, donde el dos de octubre de 1928 Dios le hizo ver el Opus Dei, y luego en Roma, difundiendo el mensaje universal que Dios le había confiado, Josemaría hizo de su vida entera una entrega plena, sin condiciones, a la voluntad de Dios.

Delante de estas grandes pinturas del Dominichino que representan el martirio de San Andrés, junto a san Josemaría, cantamos esta tarde con nuestras vidas cristianas, Crux fidelis, ¡Oh cruz de nuestra salvación, dulces clavos, dulce árbol donde la vida empieza!. Estamos reunidos junto al Altar, cor unum et anima una, para venerar al nuevo santo. Y acudimos a su intercesión para que también nosotros podamos conformar nuestras vidas a la de Cristo, para vivir en Cristo, como invita el Apóstol en la carta a los Gálatas. Cada vez más endiosados, como decía san Josemaría, con aquel endiosamiento bueno del hombre que se sabe débil, pecador, y que confía en el poder de la misericordia de Dios.

Estamos, como los Apóstoles y los primeros discípulos, muy unidos a María, la Madre de Jesús, que en el Cenáculo inauguró con su presencia bendecida la era de la Iglesia, y donde el Espíritu Santo plasmaría los corazones de los creyentes para que fueran otros Cristos, como lo ha repetido Juan Pablo II en la Dominum et vivificantem. Bajo la mirada de san Josemaría, que hoy desde el Cielo nos consigue gracias abundantes, todos estamos llamados a recibir la poderosa acción del Espíritu Santo en nuestra vida y en la vida de la Iglesia universal, para manifestar, -no solamente con palabras sino con obras- que Él es el verdadero protagonista de nuestra santidad personal, que Él es el agente principal de la Nueva Evangelización. Así lo ha dicho el Papa Juan Pablo II en la Redemptoris missio. En ese sentido, quiero recordar la oración que el Fundador de la Obra dirigía a Jesús, lleno de confianza y de abandono en las manos de Dios: “¿Lo quieres, Señor? -yo también lo quiero”; añadiendo con el vigor de su fe operativa: “Jesús: lo que tú quieres, yo lo amo”.

Con estos sentimientos, agradezco vivamente al Prelado del Opus Dei, Monseñor Javier Echevarría, haberme invitado a celebrar en esta ocasión la Santa Misa, que es el acto por excelencia para unir el Cielo con la tierra. Siendo la Cruz redentora y la Eucaristía -como escribía San Agustín- “símbolo de unidad y vínculo de amor entre Dios y los hombres”. Precisamente en el Santo Sacrificio del Altar san Josemaría veía el centro y la raíz de su vida, y decía a todos: “Él nos ha dado su amor, y amor con amor se paga”; enseñándonos así, a agradecer a Dios -no solamente con palabras sino con hechos y de un modo eminente con la obra maestra, con la manifestación más plena del amor infinito de Dios hacia los hombres: el mismo sacrificio del Calvario, que se actualiza de modo incruento sobre nuestros altares-. Quiso siempre que su vida entera, y la de todos los cristianos, fuera una Misa.

“Haré público el decreto de Yavé. Él me ha dicho: Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado”. Con palabras del Salmo mesiánico que acabamos de leer, quiero dirigirme especialmente a cuantos habéis venido desde lejos: desde Ecuador, Perú, Puerto Rico, República Dominicana y de Colombia, mi querida patria. Vuestra presencia aquí hace público, de una manera particular, el decreto del Señor que dice a cada hombre Filius meus es tu, tú eres mi Hijo. La misericordia de Dios Padre nos ha dado como Rey a su Hijo y en Él nos hace hijos adoptivos. La filiación divina es una realidad gozosa, un misterio de amor que llena toda nuestra vida, enseñándonos a conocer a Dios como Padre, colmando de esperanza nuestra lucha por la santidad e infundiendo en nuestros corazones la sencillez confiada de los hijos pequeños. ¡Qué bien lo vivió Josemaría, y con qué hondura ha sabido enseñarlo a todos sus hijos espirituales!

Queridos miembros de la Obra: con vuestro sentido humilde y sincero de hijos de Dios estáis renovando la frescura y la belleza de la vocación bautismal de los hombres, don y misterio de inestimable valor. En vuestros rostros, algunos más jóvenes, otros marcados por el tiempo y quizás por el cansancio, se nota el reflejo de aquella afirmación de Pedro y de Juan dirigida a quienes querían poner obstáculos a su predicación: non possumus non loqui, “nosotros no podemos callar”. Por eso os digo gracias, porque vuestra existencia es un incesante anuncio de Jesucristo.

Estos días recordaba las Florecillas de San Francisco de Asís, recordaba cuando Francisco le decía a Frate Leone que fueran a predicar, daban una vuelta por la ciudad, y volvían a la casa sin que Francisco hubiera pronunciado una palabra: el caminar por la ciudad era una predicación. Roma ha sentido en ustedes la predicación del Beato Josemaría, porque han llenado todas las calles de Roma con un testimonio que muestra lo que es la fe viva de hijos de Dios de todas las edades y de todos los rincones del mundo que vienen a celebrar y a cantar la única fe, la fe en Jesucristo, hijo de Dios y de María.

Las palabras de San Pablo a los cristianos de Roma, que acabamos de leer, nos invitan a volver a descubrir la presencia y acción del Espíritu en nuestras vidas, y a abrirnos a una dinámica de permanente escucha y docilidad a Él: “Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios, y si hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo; si compartimos sus sufrimientos para ser también con Él glorificados”. En diferentes ocasiones, también en los inicios de la fundación, Dios hizo experimentar a Josemaría Escrivá la cercanía de su paternidad con aquellos golpes de amor que los padres dan a sus hijos. Golpes a veces duros, del artista que quiere forjar y modelar el objeto elegido para transformarlo en una obra armoniosa y en un instrumento adecuado.

Hablando de los años de su primera formación sacerdotal recordaba: “pasó el tiempo, y sucedieron muchas cosas duras, tremendas, que no os digo porque a mí no me causan pena, pero a vosotros sí que os la daría. Eran hachazos que Dios Nuestro Señor daba para preparar, de este árbol, la viga que iba a servir, a pesar de ella misma, para hacer su Obra”. Esto lo escribía el mismo san Josemaría. El Espíritu Santo lo llevaba por el camino real de Cristo, que es el camino de la Cruz, del Santo Madero, que para él ya no era el patíbulo sino la Cátedra del amor de Cristo. Lo señalaba el Santo Padre en la homilía de la beatificación de Josemaría Escrivá, delante de una multitud de fieles en la Plaza de San Pedro: “la vida espiritual y apostólica del nuevo Beato se fundaba por medio de la fe en saberse hijo de Dios en Cristo. De esta fe se alimentaba su amor por el Señor, su celo evangelizador, su alegría constante, también en las grandes pruebas y dificultades que debía superar”. Y a buena fe que de la genética espiritual de Josemaría, la palabra de Dios gira alegre por todo el mundo; ¡qué emoción hemos sentido al ver en Plaza San Pedro, al ver ahí a gentes que venían de los cinco continentes a dar este testimonio de fe que conjuga la universalidad en la unidad junto a la roca de Pedro!

Pidamos en esta celebración eucarística su intercesión para que el Señor nos conceda la gracia de ver la mano paterna de Dios detrás de los sucesos de cada jornada, para que también nosotros podamos decir con Josemaría al final de nuestra vida: “una mirada atrás, un panorama inmenso, tantos dolores, tantas alegrías; y ahora todo alegrías, todo alegrías porque tenemos la experiencia de que el dolor es el martilleo del artista que quiere hacer de cada uno, de esa masa informe que somos, un Crucifijo, un Cristo, el alter Christus que hemos de ser”.

“Remad hacia dentro y echad las redes para pescar”. Queridos hermanos y hermanas: también hoy la exhortación de Cristo es actual y nosotros deseamos recibirla al inicio del tercer milenio con un renovado sentido de responsabilidad; responsabilidad que en este caso significa responder a Dios que nos ha llamado; responder a Dios que nos ha elegido; responder a Dios que nos ha enviado; como escogió y envió a san Josemaría, secundando con mayor docilidad la acción del Espíritu Santo y colaborando con fidelidad en la tarea formativa en nosotros.

“Remad hacia dentro y echad las redes para pescar”, nos vuelve a repetir el Señor pidiéndonos confianza y una activa colaboración. Nosotros podemos y debemos encauzar su invitación haciendo de nuestras vidas un servicio: “para servir, servir”, decía el Fundador de la Obra. ¡Cómo le gustaba esta palabra servicio! Vosotros lo realizáis sirviendo a los demás en todos los lugares y ambientes, a veces oscurecidos por un clima secularizado que rechaza a Dios, heridos por una cultura de odio que propaga divisiones y violencias. Es hermoso ser apóstoles en este mundo difícil y desafiante, pero ante ese mundo llevamos la fuerza de Dios.

La cultura contemporánea ha satanizado el poder, y va bien cuando el poder se ejerce como tiranía para servirse de él en beneficio propio, y no en beneficio de la comunidad; y en nuestro caso, el bien común de los hijos de Dios. Josemaría nos enseñó que la vida apostólica se realiza de forma maravillosa en el servicio de la autoridad, en el servicio del poder, con una condición: que el poder no sea en beneficio personal, y decía algo que he leído esta misma mañana con entusiasmo: que cuando alguien quisiera usar la familia del Opus Dei para su propio poder, debería ser echado de ella, porque no lo merece. Lo ha dicho San Josemaría porque el poder nuestro es el de la unión de los hijos de Dios para servir, porque seguimos tras las huellas del Hijo de Dios que renunció a la apariencia misma de la divinidad, para caminar por la humildad de nuestros caminos y ser servidor de todos.

Seguid defendiendo y reforzando vuestra santidad personal y reflejadla en los demás, siendo sal que confiere a vuestra vida el verdadero sabor de Cristo, siendo luz que resplandece con calor, y no solamente con fría luminosidad, a veces en las penumbras de un activismo excesivo o en las nieblas de un celo apostólico amargo, o de un cansancio triste. San Basilio lo explicaba con la imagen del cristal: “como los cuerpos muy transparentes y nítidos que al contacto de un rayo se hacen ellos también muy luminosos y emanan de sí nuevo brillo, así quienes tienen en sí el Espíritu y son iluminados por Él, llegan a ser santos y reflejan la gracia sobre los otros”. Permitidme una confidencia: cuando vine a Roma, poco después de estar ejerciendo mi ministerio episcopal en esa para mí inolvidable y querida Diócesis de Pereira, me preguntaron en la Secretaría de Estado qué opinaba del Opus Dei. No conocía mucho del Opus Dei, no tenía muchas palabras para responder y solamente dije: del Opus Dei conozco solamente tres personas; eran tres profesionales de mi diócesis y en esas tres personas he visto la huella de Cristo. Sí. Repitamos con San Basilio: tenemos que llegar a ser santos y reflejar la gracia sobre los otros.

“Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos pescado nada, pero por tu palabra echaré las redes”. Esa debe ser nuestra reacción: podemos estar siempre seguros de la cercanía de Nuestro Padre Dios con la certeza que nos da la fe, con la urgencia amable de la caridad, con la esperanza de frutos abundantes por la fidelidad de un Padre Todopoderoso que nunca nos abandona. Esa ha sido siempre la actuación del Fundador del Opus Dei, que con su ejemplo recordaba al mundo entero aquellas palabras de San Pablo: “llevamos este tesoro en vasos de barro para que aparezca mejor que la fuerza extraordinaria viene de Dios y no de nosotros”. En momentos difíciles de persecución se negaba a quedarse solo, para proteger la vida, con una mujer, porque para él contaba más la vida que no tiene término y sabía, prudentemente, huir de la tentación. “Llevamos este tesoro en vasos de barro para que aparezca mejor, que la fuerza extraordinaria viene de Dios y no de nosotros”. Precisamente por esto, con mayor razón debemos estar convencidos de que Dios Padre nos asiste con medios de gracia tan eficaces, que “ahí donde ha abundado el pecado sobreabundará la gracia”. Hoy, de un modo particular, invocamos a san Josemaría pidiendo que resplandezca en nosotros la luz de Cristo, que resplandezca en vosotros la luz de Cristo, para que podáis discernir con más claridad la voluntad de Dios al principio del tercer milenio y llenaros de fuerza para seguir testimoniando a Jesús con la riqueza de vuestra vida cristiana y con la eficacia divina de vuestra vocación en el Opus Dei.

“¡No temas, desde ahora serás pescador de hombres!” Queridos jóvenes: prolongad con valentía la acción portentosa de Cristo victorioso sobre la muerte y el pecado, está ahora en vuestras manos extender su reino con vuestra oración, con vuestra vida de piedad, con vuestros estudios y exámenes en los ateneos del mundo, con vuestro descanso y deporte. Y a los padres os digo: con la fortaleza de Dios, superad las dificultades que se presentan en el cumplimiento de vuestros deberes familiares. Vosotros sois los primeros educadores de vuestros hijos. No os dejéis quitar el puesto. Primeros educadores de vuestros hijos, siendo para ellos la imagen viva del amor divino. Conscientes de la dignidad de nuestra vocación bautismal de nuestra llamada a la santidad, estamos llenos de agradecimiento por habernos asociado con tanta confianza a la obra de la corredención; y muchos de vosotros podéis añadir: a esa Obra de Dios, a su Opus Dei. Todos experimentamos cada día nuestra falta de energía, el obstáculo de nuestro orgullo y la seducción de los enemigos de Dios; verdaderamente no podemos nada sin la gracia del Espíritu Santo.

Terminamos dirigiéndonos a la Madre de Dios y Madre de los hombres. Que Ella, Estrella de la Nueva Evangelización, nos lleve a amar a la Iglesia, al Papa y a toda la Jerarquía como lo hizo san Josemaría, que ofreció su vida entera por la santidad de la Iglesia. Virgen Santa: siembra en nuestra vida un sentido profundo del amor a tu Hijo. Madre nuestra: te repetimos con san Josemaría: pide a tu Hijo nuevos pescadores que se lancen de nuevo mar adentro para poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. Prepáranos y consérvanos un camino seguro hacia Cristo en unión con el Papa: Omnes cum Petro at Iesum per Mariam. Amén.


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