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La escena en la que san Josemaría esconde un copón con las Hostias consagradas y huye en el metro ¿en la película está ambientada antes de estallar la guerra o después?

Juan - España

Etiquetas: Película, Iglesia, Guerra civil, Eucaristía
La escena de la película parece inspirarse en un hecho ocurrido cinco años antes del inicio de la guerra, semanas después del inicio de la República (14-IV-31), cuando tuvo lugar en Madrid la quema de conventos (11 y 12 de mayo de 1931).

Ardía la iglesia de los jesuitas y flotaban espesas columnas de humo por el cielo de Madrid cuando Josemaría Escrivá, que en este momento era el capellán del Patronato de Enfermos, temiendo un asalto a la iglesia del Patronato, seguido de un sacrilegio, decidió retirar cuanto antes las hostias consagradas. Avisó a Manuel Romeo, coronel del ejército, familia conocida de Zaragoza, que vivía no demasiado lejos de allí, para trasladar a su casa el Santísimo. Luego, vestido de seglar, con un traje del hijo del coronel, acompañado de su hermano Santiago y de un alumno, entró en la iglesia del Patronato:
Comenzó la persecución, relata San Josemaría en sus apuntes. El día 11, lunes, acompañado de D. Manuel Romeo, después de vestirme de seglar con un traje de Colo, comulgué la Forma del viril y, con un Copón lleno de Hostias consagradas envuelto en una sotana y papeles, salimos del Patronato, por una puerta excusada, como ladrones.

Depositó el copón en casa de los Romeo; y no fue aquella la única vez que tuvo que retirar precipitadamente al Señor del Sagrario: La noche del 11 de mayo y las del 12 y 16 —ésta última por una falsa alarma—, tuvo al Santísimo en casa de los Romeo.


Antes de la guerra, san Josemaría tuvo muchos “encuentros” como el del metro. Se puede citar, como ejemplo, este que cuenta que le ocurrió entre finales de julio y primeros de agosto de 1931 “Venía este pobre cura, cansado, de la novena. Se destaca un albañil de una obra, que están haciendo y dice, insultante: “una cucaracha ¡hay que pisarla!” Muchas veces voy haciendo los oídos sordos al insulto. Esta vez no pude. “¡Qué valiente —le dije—, meterse con un señor que pasa a su lado sin ofenderle! ¿ésa es la libertad?” Le hicieron callar los demás dándome, sin palabras, la razón. Unos pasos adelante, otro albañil quiso de alguna manera explicarme el porqué de la conducta de su compañero: “No está bien, pero, ¿sabe usted?, es el odio”. Y se quedó tan tranquilo.

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