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Relatos biográficos

Veranos sin hamaca

Pilar Urbano

Etiquetas: Descanso
El psiquiatra vienés Viktor Frankl conoció a Josemaría Escrivá. Después de visitarle un día en Villa Tevere, comentó: «Este hombre lleva en la cabeza una auténtica bomba atómica.» Los veranos -además de leer, estudiar y escribir-, a Escrivá se le ocurren miles, cientos de iniciativas audaces, soluciones imaginativas que irá anotando para «echarlos a andar» cuando regrese a Roma, cara al nuevo curso.

Quizá lo más llamativo en las vacaciones de monseñor Escrivá sea su escaso aparato, su sobria guarnición, su leve equipaje. Ciertamente, no son vacaciones bajo palio. Tampoco de playa y hamaca. Ni de balneario y chaise longue.

Cuando el cardenal Pizzardo se encontraba con monseñor Escrivá, sin importarle ni poco ni mucho que hubiera o no gente delante, le cogía por la cabeza y le estampaba un sonoro beso en la nuca, al tiempo que exclamaba:

-¡Gracias, porque usted me ha enseñado a descansar!

Y, si veía ojos de asombro alrededor, hacía esta confesión:

-Yo era uno de los que pensaban que, en esta vida, sólo cabía o trabajar o perder el tiempo. Pero él me regaló una idea clara, maravillosa: que descansar no es no hacer nada, no es un ocioso dolce far niente, sino cambiar de ocupación, dedicarse a otra actividad útil y distraída durante un tiempo. (*)

Pizzardo, una personalidad de peso en el Vaticano, fue secretario del Santo Oficio y prefecto de la Congregación de Seminarios y Universidades. Sabía bien lo que era trabajar. Pero le faltaba aprender esa lección del descanso activo, del descanso enriquecedor, del descanso que no es pérdida de tiempo.

También Escrivá, durante muchos años, a quienes le insistían en que parase su frenética actividad, les respondía: «descansaré cuando me digan: requiescat in pace».

Con el paso del tiempo, comprendió que ese criterio era un error. Y así lo decía: «no se pueden mantener en tensión constante el cuerpo y la cabeza, porque acaban rompiéndose».

Sin embargo, hasta 1958 no pudo organizarse un tiempo de descanso.

Desde 1958 Escrivá empieza a salir en verano, a Gran Bretaña, a Irlanda, a Francia y a España, alojándose en casas alquiladas o prestadas. Así, los años 1958, 1959 y 1960 pasa algunas semanas de julio y agosto en Woodlands, un chalé de alquiler en la zona norte de Hampstead Heath, al fondo de la Courtenay Avenue, en Londres.

En todos esos veranos, combina el descanso, el estudio y el impulso a las personas y a las labores del Opus Dei, no sólo en Gran Bretaña e Irlanda, también en la Europa continental: se desplaza por carretera a diversas ciudades de Francia, España y Alemania, en 1960; y, en 1962, viaja a Austria, Suiza y Francia.

En el verano del 63 descansa algún tiempo en una casa llamada Reparacea, en Navarra, entre San Sebastián y Pamplona. Y en el de 1964, en Elorrio, un pueblo de Vizcaya.

A Álvaro del Portillo y a Javier Echevarría -que le acompañan siempre- les pide que le sugieran planes y programas para trabajar en otras materias, en otros asuntos, durante ese tiempo de vacación. Cuando sale de Roma, se hace un voluntario «lavado de cerebro», desconecta de su labor habitual y delega lo más posible las tareas de gobierno de la Obra. Pero su mente -una portentosa dinamo de ideas- no puede cruzarse de brazos.

El psiquiatra vienés Viktor Frankl -discípulo de Freud y judío como él, que supo desmitificar a tiempo a su maestro- conoció a Josemaría Escrivá. Después de visitarle un día en Villa Tevere, comentó: «Este hombre lleva en la cabeza una auténtica bomba atómica.» Pues bien, en esos veranos -además de leer, estudiar y escribir-, a Escrivá se le ocurren miles, cientos de iniciativas audaces, soluciones imaginativas, hallazgos insospechados, que él mismo irá anotando o indicará a quienes le acompañan, para «echarlos a andar» cuando regrese a Roma, cara al nuevo curso.

Quizá lo más llamativo en las vacaciones de monseñor Escrivá sea su escaso aparato, su sobria guarnición, su leve equipaje. Ciertamente, no son vacaciones bajo palio. Tampoco de playa y hamaca. Ni de balneario y chaise longue.

Entre los pocos bultos que transporta el Fiat 1100 color beige, no se ven artes de pesca, ni raquetas de tenis, ni palos de golf. Ni bicicletas, aunque se ha dicho bellamente que «las bicicletas son para el verano». Escrivá no ha tenido tiempo en su vida para aprender otro deporte que andar.

Cuando, desde 1965, monseñor Escrivá empiece a pasar el ferragosto fuera de Roma, pero en Italia, practicará otro deporte «barato», de los que no necesitan cancha ni pista especial: le bocce. Un juego de bolas cuya gracia consiste más en el tino que en la fuerza, y que exige agacharse, arrojar las bolas, levantarse… Como el «terreno de juego» es el puro campo, de tierra suelta, y se levanta mucho polvo con le bocce, para jugar las partidas se cambia cada día de arriba a abajo: se quita la sotana y se pone unos pantalones más viejos, una camisa usada y unas zapatillas negras de lona.

Le bocce no se le dan demasiado bien. Pero son partidas a cuatro, por parejas, y eso tiene su emoción de rivalidad. Escrivá suele jugar con el arquitecto Javier Cotelo -miembro de la Obra que, durante los viajes, conduce el coche-, frente a Álvaro del Portillo y Javier Echevarría. Este tándem gana, de todas todas. Es divertido ver cómo se las ingenia Escrivá para poner algún handicap a los vencedores natos. A veces, cuando les toca lanzar la bola, les empuja levemente para que desequilibren el tiro.

-¡Eso no vale, Padre! ¡Eso es trampa!

-¡Hombre, Álvaro, esto es parte del juego…! ¿No presumís de que lo hacéis tan bien? ¡Pues alguna dificultad teníais que tener…!

Un día están jugando largo rato ya las dos parejas. Queda una bola por tirar: la de Escrivá. Con suerte podría llevarse la puntuación máxima, si lograra situarla de un golpe diestro junto a la bolita “premium”.

Escrivá lanza. Y, ante el asombro de todos, incluso de él mismo, la bola queda al lado de la bolita “premium”. Entonces, con expresión de chaval «convicto y confeso», declara allí, sobre el terreno:

-No lo vuelvo a hacer… Esto de ahora es peor que las trampas de siempre… ¿Os confieso lo que he hecho?

Los otros tres le miran expectantes. Escrivá baja la voz, como avergonzado por lo que va a decir:

-Antes de tirar la bola, me he encomendado con fuerza al ángel custodio, para que me saliera bien… Pero ahora me doy cuenta de que es una simpleza meter al custodio en un juego que no tiene la menor transcendencia.

En 1965, Scaretti, un amigo de Álvaro del Portillo, les cede la casa de una finca de labranza que tiene en Castelletto del Trebbio, a unos veinte kilómetros de Firenze (Florencia), con la condición de que la dejen libre a mediados de agosto, que es cuando piensa ir él con su familia.

La casa muestra las huellas del envejecimiento y el desuso y dista bastante de ser un sitio confortable. No tiene teléfono, ni televisión. Para acceder a ella hay que subir una alta colina por un camino pecuario, de tierra sin asfaltar. Los alrededores son campos de labor. Y la zona, como casi toda la Toscana, es de clima continental: muy frío en invierno y muy cálido en verano.

Escrivá, Del Portillo, Echevarría y Cotelo pasarán allí, en Il Trebbio, varias semanas de julio y agosto.

Aquí, en Il Trebbio -y en cualquier otra casa donde pase el tiempo de vacaciones-, Escrivá mantiene una continua consciencia de que está usando un inmueble, unos muebles y un ajuar que no son suyos, y se esmera en evitar desperfectos. Si, por organizarse el trabajo y el estudio, deciden mover algunos muebles, encarga a Javier Cotelo que haga «un dibujo de la habitación, tal como está al llegar, para dejarla igual cuando nos marchemos». Procura también que los muebles no rocen las paredes; o que se reponga una bombilla fundida, aunque ello comporte tener que ir a comprarla hasta el pueblo.

No le incomoda sentirse así, forastero y de prestado. Más bien, le ayuda a vivir sin arrellanarse y sabiéndose pobre. Cuida lo ajeno como si fuera propio. Durante uno de los veranos, en Londres, se da cuenta de que hay un tránsito de hormigas perfectamente organizadas en fila india que, procedentes del jardín, entran por una puerta, cruzan el cuarto de estar y salen por otro balcón. Llama a Dora y a Rosalía y les pide la aspiradora. Después, con la ayuda de Javier Echevarría, procede al «exterminio por absorción» de toda aquella «tropa».

Años más tarde, cuando veranee en Premeno, en el norte de Italia, intervendrá también en otra operación similar, armado de un palo enorme, mientras Javier Echevarría y Javier Cotelo destruyen el hormiguero, quemándolo con gasolina… ¿Qué hombre -por famoso, sabio o santo que sea- no chavalea jugando a la guerra, con el utilísimo pretexto de «aniquilar» unos insectos?

En esas semanas, Escrivá se organiza un horario en el que haya tiempo para rezar, para trabajar y para hacer deporte, dar algunos paseos, salidas de excursión…

El trabajo lo centra en revisar un texto suyo -la Instrucción sobre la Obra de san Gabriel- que se refiere a los miembros supernumerarios del Opus Dei y al apostolado con personas casadas.

Escrivá empezó a redactar ese texto en mayo de 1935 y lo terminó definitivamente en septiembre de 1950. Pero en ese año no existían fotocopiadoras, el ciclostil era de muy baja calidad, y en Villa Tevere aún no funcionaba la imprenta. Así que, para distribuirlo por los distintos países donde trabajaba la Obra, se hicieron copias mecanografiadas. Algunos copistas, involuntariamente, habían vertido errores de sintaxis y de puntuación; incluso, se habían saltado palabras. Eso mismo ocurrió con las otras Instrucciones (la de la Obra de san Rafael, referente al apostolado con la gente joven; y la de la Obra de san Miguel, sobre los miembros del Opus Dei, numerarios y agregados, que permanecen célibes). Escrivá hizo retirar de la circulación todas las copias, para dar un texto único, impreso, que se editaría en la imprenta de Villa Tevere. Y, justo ahora, prepara esa edición.

A la vista de cómo puede alterarse todo el sentido de una frase por la colocación errónea de un punto o de una coma, o por la omisión de un adverbio -sobremanera, cuando se trata de textos que deben conservar íntegro su carácter «fundacional»-, Escrivá comenta a Álvaro y a Javier Echevarría la necesidad de «exigirnos todos, para acabar los trabajos materialmente bien, porque a Dios no podemos ofrecerle chapuzas». Esos días les insiste mucho en «la ascética de las cosas pequeñas».

Sigue los documentos del Concilio Vaticano II. Reza por los grandes temas que aún se han de debatir: el de los religiosos y el de los sacerdotes. Da gracias por el documento Lumen Gentium, en el que se percibe el eco de algunos puntos del espíritu del Opus Dei, que pasan así a ser doctrina de la Iglesia, solemnemente proclamada y recomendada. Escrivá gasta muchos ratos en el pequeño oratorio que han instalado allí, en Il Trebbio, agradeciendo ese resello de la Iglesia a lo que, durante tantos años, se juzgaba con reticencia, no se comprendía y no se aceptaba.

Como en la casa no hay televisión y el periódico llega muy tarde, cada día, al volver de caminar, Escrivá pide a Álvaro -así: «pide»- poner la radio para escuchar el boletín informativo de la una del mediodía. Le interesa estar al corriente de lo que ocurre en el mundo. Mientras oye las noticias, casi siempre hace algún comentario de calado sobrenatural y anima a los que están con él para que recen por tal país, por tal situación, por tal persona…


Pilar Urbano, El hombre de Villa Tevere, editorial Plaza y Janés, Barcelona, 1995, Cap. XVII


NOTA
* Los datos para elaborar este capítulo sólo podía suministrarlos alguien que hubiese convivido con Josemaría Escrivá de Balaguer durante los veranos que aquí se narran. Y así ha sido. La autora agradece a monseñor Javier Echevarría la imponderable ayuda que le han supuesto sus relatos directos, escritos o grabados, de viva voz, en cinta magnetofónica. Asimismo, su generosa dedicación de tiempo, el acopio de material y el esfuerzo de memoria, para responder a unos cuestionarios necesariamente exhaustivos.
Gracias a esta valiosísima aportación, se han podido reconstruir nueve tramos, hasta ahora inéditos, de la vida de Escrivá de Balaguer: los nueve veranos comprendidos entre 1965 y 1973.