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Para los más jóvenes

El propósito de la "almendra"

Etiquetas: Confesión Sacramental, Familia Escrivá, Infancia espiritual, Para los más jóvenes
Un buen día, cumplidos ya los seis años, su madre habló a Josemaría del sacramento de la confesión. Su hermana Carmen ya lo había recibido el año anterior y la vio llegar feliz.

© Paulina Mönckeberg
© Paulina Mönckeberg
Su alma quedaría perfectamente blanca y Dios perdonaría todos sus pecados. Jesús estaría contento y la Virgen le daría un gran abrazo.

Aquella tarde salió de casa rumbo a la iglesia, como siempre muy peinado, de la mano de mamá. Por el camino, las últimas recomendaciones y el propósito de "la almendra" muy firme en su corazón.
—De enmienda, Josemaría, aclaraba cariñosa doña Dolores.
—Ah...

Y es que le habían enseñado el "Señor mío, Jesucristo" que decía: "la enmienda de nunca más pecar"...
—Es el propósito de portarse mejor, le explicaban.

Pero la enmienda no le decía nada, y la almendra, sí. Por eso, durante años... ofrecía al Señor algo que —según él—le gustaba mucho: las almendras. El Relojerico sonreía, pues veía que aquello en el Cielo era un verdadero acto de contrición.

Al final de su vida recordaría este hecho, comentando:"Comenzarían a enseñarme esta oración hacia los tres años y hasta los setenta no he pasado de la "almendra" y por esto doy gracias a Dios".

Su Ángel le había ayudado recordándole todo aquello que había podido entristecer a Jesús, y no se separó de su lado ni un segundo: conocía al demonio mudo, ese diablo que sugiere callar aquello que da vergüenza, el cual podía aparecer en cualquier momento.

Era tan pequeñito, que no llegaba a la ventanilla; entonces, el sacerdote abrió el confesonario y Josemaría se metió un poquito dentro... Con él, entró también el Ángel –apenas cabía– y a su lado oraba sin cesar por él.

© Paulina Mönckeberg
© Paulina Mönckeberg
Le pareció a Josemaría que el religioso sonreía al oir su confesión:
—Este padre no me toma a mí en serio, decía para sí.

Quiso también el confesor saber de sus devociones y Josemaría le contó lo que rezaba a la Santísima Virgen, a San José, a su Ángel Custodio. Con los ojos bien abiertos escuchaba todo con mucha atención.
—Debes ser muy bueno con papá y con mamá...
—Sí...
—Y rezar a diario tus oraciones.
—Sí...

Al terminar la confesión, el Relojerico fue el primer sorprendido al oir la penitencia:
—Pedirás a mamá... que te dé un huevo frito.

La cara del niño se iluminó ante semejante expectativa y mientras esperaba —cubiertos en mano— cumplir su penitencia, su padre reía a carcajadas con la ocurrencia del buen cura.

El Relojerico aplaudía con fuerza. Josemaría estaba radiante y había tomado gran cariño al sacramento del perdón. Aquello había sido todo un éxito.

© Paulina Mönckeberg, Vida y venturas de un borrico de noria, 2004
Ediciones Palabra, S.A., 2004