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Un encuentro inolvidable con el fundador del Opus Dei

Raúl Espinoza

Etiquetas: Buen humor, Juventud, Padre
Me vienen a la cabeza muchos recuerdos... soy una de las miles de personas que tuvieron la suerte de conocer en vida a san Josemaría.

El Instituto para la Cooperación Universitaria (ICU) cada año organiza en Roma un encuentro con universitarios de todo el mundo (el UNIV) durante los días de la Semana Santa. En el año 1974 fuimos de México un grupo numeroso a la capital de la Cristiandad para conocer al Sucesor de San Pedro –en ese entonces era Paulo VI–, y también para tener encuentros con el Fundador del Opus Dei, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, además de varias conferencias e intercambio de experiencias sobre la vida universitaria.

Le vimos en un pequeño auditorio de la sede central del Opus Dei, situada en la calle de Bruno Buozzi. Recuerdo que me impresionó la sencillez y transparencia de su personalidad, a la vez que su semblante alegre y entusiasta, con un talante lleno de buen humor y optimismo. Nosotros estábamos sentados a su alrededor, y él, de pie, nos hablaba con espontaneidad y naturalidad. Eran encuentros informales, con un aire de confianza, de trato familiar.

Recuerdo, por ejemplo, cuando le preguntaron sobre la rebeldía de la juventud ante ciertos problemas mundiales. El nos habló de que teníamos que ser “rebeldes” para vivir nuestra fe con coherencia y no dejarnos influir por el ambiente; “rebeldes” para luchar y no ser esclavos de las pasiones; “rebeldes” para mantener una unidad de vida cristiana y no ser presa fácil de las doctrinas marxistas en la universidad. “Para resolver todos los conflictos de los hombres nos bastan la justicia y la caridad cristianas”.

Decía que la libertad se ejercita eligiendo lo que es bueno para nosotros; si se elige el mal, entonces ya no es libertad sino libertinaje. Nos animaba a ser valientes y a vivir la fortaleza para contrarrestar la influencia de algunas modas que ponían en peligro nuestra fe. Ante una pregunta sobre el modo de vivir la pureza cristiana, recuerdo que respondió: “Hay que guardar los sentidos, hijo mío. Es natural que haya muchas cosas en la tierra que nos atraigan. El Señor ha hecho al hombre dotándole de potencias y sentidos, y además tenemos inclinación lógica hacia el otro sexo”. Y concluía que teníamos que ser muy fieles a Dios luchando cada día con más amor, sin desanimarnos nunca ante las eventuales caídas.

Bromeaba, con gracia, con los que llevaban llamativas melenas, abultados bigotes o grandes nudos en sus anchas corbatas como se estilaban en aquella época. Sus consejos eran de un padre, de un amigo entrañable; en definitiva, de un sacerdote que amaba apasionadamente a Jesucristo.

Al final de esos encuentros con el Fundador del Opus Dei, tengo vivo el recuerdo de que nos habló de amar mucho a la Iglesia. “La Iglesia –dijo– es Santa, es limpísima, es la Esposa de Cristo. Amadla mucho. No habléis mal de Ella nunca. Rezad para que sea un buen hijo de la Iglesia”. Nos insistía en que el dogma y la moral cristiana no habían cambiado, que era exactamente el mismo mensaje –de ayer y de hoy–, salido de los labios de Jesucristo, el que teníamos que esforzarnos por vivir cada día, y nos animaba a querer mucho al Romano Pontífice, especialmente en aquellos tiempos de confusión y deslealtad.
Recuerdo más momentos con san Josemaría, pero contarlos llevaría mucho tiempo. Por lo pronto, espero ver a varios conocidos –y ojalá muchísimos más que no conozco– este 26 de junio, y allí podremos conversar largamente de lo que nos tocó vivir, y sobre todo, pedirle muchas cosas al Santo.


Periódico El Sol, Culiacán (México). Junio de 2003