Documentación
Relatos biográficos

Torreciudad

A. Vazquez de Prada - Manuel Garrido - Joan Mayné

Etiquetas: Familia Escrivá, Virgen, Santuario Mariano
El primero de abril de 1970 el fundador del Opus Dei inició un viaje penitente a varios santuarios de España y Portugal. En Madrid, antes de empezar su peregrinación, tuvo una agradable sorpresa: ver la imagen de Nuestra Señora de Torreciudad, que acababan de reparar en un taller madrileño.

Primer plano de la Virgen de Torreciudad y autógrafo que el fundador del Opus Dei escribió en el libro de firmas del santuario
Primer plano de la Virgen de Torreciudad y autógrafo que el fundador del Opus Dei escribió en el libro de firmas del santuario
La única vez que se habían encontrado cara a cara fue en 1904, cuando, siendo niño el Fundador, sus padres le llevaron de Barbastro a la ermita de Torreciudad para ofrecerle a la Virgen, a raíz de su curación.

El Fundador pidió perdón en voz alta por tan largo retraso. Sesenta y seis años hacía desde entonces: "¡Perdóname, Madre mía! Desde los dos años hasta los sesenta y ocho. ¡Qué poca cosa soy! Pero te quiero mucho, con toda mi alma. Me da mucha alegría venir a besarte y me da mucha alegría pensar en los miles de almas que te han venerado y han venido a decirte que te quieren, y en los miles de almas que vendrán.

Antes no me daba cuenta, pero ahora me pareces preciosa, ¡guapísima!, y siento la necesidad de decirte que te quiero. Perdóname, pero eres tan Madre que, al verte, en vez de agradecer tu cariño y tu protección, he comenzado por pedir: ya me entiendes. Y ahora te digo otra vez que te quiero con toda mi alma".

El 7 de abril, en el camino a Torreciudad, a la vista del paisaje se agolpaban en su memoria recuerdos de niñez. Un kilómetro antes de llegar a la ermita se quitó el fundador del Opus Dei zapatos y calcetines. Casi una hora caminó con el pequeño grupo de gente que le acompañaba, rezando el rosario. Luego el Padre se acercó a la explanada donde se llevaban a cabo las obras del futuro santuario.

Al borde de una vasta excavación, donde irá la cripta de los confesionarios, traza el signo de la Cruz con la mano. Su deseo más ardiente es que muchas personas encuentren en Torreciudad, en el futuro, el don más precioso: la gracia divina.

"El amor grande que Dios tiene a su Madre, hará que allí resplandezcan también su omnipotencia y su misericordia. Nosotros le pediremos y buscaremos milagros en las almas: gracias que el Señor querrá dar a quienes acudan a venerar a su Madre Bendita en su Santuario. Esos son los milagros que deseo: la conversión y la paz para muchas almas".

Josemaría sólo tenía dos años cuando enfermó de gravedad. Una infección mortal, según el médico, que luchó día tras día, inútilmente, por salvar la vida del niño. El doctor, amigo del padre del pequeño, había dicho:
—De esta noche no pasa.

José Escrivá y su joven esposa, María Dolores Albás, que contemplaban anonadados el semblante de aquel hijo que se les moría, anegado en sudor y trémulo por la fiebre. Mientras su vida se apagaba, acudían a la intercesión de la Madre de Dios, sin perder la esperanza.

Doña Dolores había hecho una promesa: si la Virgen le curaba aquel hijo, ella misma lo llevaría en brazos hasta la ermita de Torreciudad, a la que se tenía mucha devoción en la comarca.

Los Escrivá cumplieron su promesa y llevaron al pequeño Josemaría en acción de gracias hasta la ermita de la Virgen, por el sendero estrecho que discurría entre las quebradas y los riscos del Cinca, muy cerca ya del Pirineo. Fue la primera visita del pequeño Josemaría a Torreciudad.

La antigua ermita y el Santuario de Torreciudad
La antigua ermita y el Santuario de Torreciudad
El Santuario de Torreciudad
Torreciudad se ha convertido en el último cuarto de siglo en un punto de encuentro para muchos romeros y peregrinos de un número creciente de países. Todas las razones humanas se reunían en ese lugar del Altoaragón para no hacer nada: la orografía, la falta de comunicaciones, la dureza del clima, el estado de la antigua ermita, con sus 70 metros de caída hasta el río Cinca... Sólo la fe y el amor del Fundador del Opus Dei a la Virgen pueden explicar lo que hoy es Torreciudad.

La aventura del nuevo santuario —una aventura en un lugar que no figuraba ni en los mapas— comienza en abril de 1956, cuando san Josemaría Escrivá de Balaguer se interesa por el estado de la antigua ermita. Desde entonces y hasta el 24 de mayo de 1975, cuando visita y ve prácticamente terminado el nuevo santuario, reza, trabaja e impulsa su realización sin pausa. En esa fecha el sueño es ya realidad.

“No lo hagas pequeño, angosto: a Torreciudad vendrá mucha gente, aunque yo no lo veré”, dice desde el primer momento san Josemaría a Heliodoro Dols, arquitecto de Torreciudad, que va de susto en susto, pues no es fácil imaginar la presencia de multitudes en aquellas escarpaduras. El 7 de abril de 1970, en pleno arranque de las obras, el mismo Dols le escucha, también con sorpresa, cuando le ruega que instale un buen número de confesionarios: cuarenta hay actualmente. El redescubridor de la llamada universal a la santidad la buscaba en lo ordinario, en los medios establecidos por la Iglesia, es decir, los sacramentos. Años después, será necesario utilizar más confesonarios en las grandes concentraciones, que alcanzan su cifra más alta hasta ahora —40.000 personas— el 24 de septiembre de 1994, con la coincidencia de la VI Jornada Mariana de la Familia —que preside el Obispo Prelado del Opus Dei— y el Año Internacional de la Familia.
Heliodoro Dols ha entrado, con Torreciudad, en las mejores páginas de la arquitectura religiosa del siglo XX, “pero en 1964, cuando recibí el encargo, —aclara con rubor— caí en la cuenta de que en la Escuela de Arquitectura no había una asignatura llamada Construcción de santuarios marianos”. Recuerda que, al mostrar los primeros planos, “muy pocos creían en el proyecto”. Sus mismas previsiones iban alterándose: los dibujos de un restaurante y autoservicio en el recinto pasaron al archivo; un posible retablo ya existente dio paso a otro de nueva creación en alabastro, que, de la mano del escultor Joan Mayné, consigue que “con sólo mirarlo se haga oración”, tal como quería el Fundador del Opus Dei.

"Haz un retablo que con sólo mirarlo la gente ya haga oración", dijo san Josemaría al escultor
Entre 1970 y 1975 un equipo armado de fe y profesionalidad levantó el santuario, con plena libertad, y con todas las sugerencias y ánimos que llegaban desde la residencia romana de san Josemaría, con el objeto de precisar especialmente lo referente al culto eucarístico y al mimo de la talla románica del siglo XI. Todo era poco para esta casa que se ofrecía a la Virgen: “Me da mucha alegría la devoción que se tiene a la Virgen en Fátima y en Lourdes; me llena de gozo que se honre con tanto amor a nuestra Madre del Cielo. También contribuiremos nosotros a que aumente este amor”, escribió san Josemaría.

El nuevo Santuario
El conjunto —explanada, santuario y demás edificios— resulta una obra de arte arquitectónico de características singulares, que interpreta de modo muy creativo los elementos constructivos tradicionales en Aragón. La iglesia es de arquitectura sencilla y sobria, de una sola nave. En su construcción se ha utilizado el ladrillo visto.

El retablo es obra maestra, de trazos modernos con figuras tratadas con gran delicadeza y dignidad. Sobre el Óculo eucarístico, la Santísima Trinidad coronando a la Virgen. Debajo, Cristo clavado en la Cruz. A la izquierda, los desposorios de la Virgen con San José, la anunciación del Ángel a María y la visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel. Y a la derecha, el nacimiento de Jesús, la huida a Egipto y el taller de José. “Haz un retablo que con sólo verlo, con sólo mirarlo, la gente se quede extasiada y con eso sólo ya haga oración”. Mayné recuerda este consejo que le transmitieron de parte de san Josemaría Escrivá cuando comenzaba a trabajar. Afirma que “fue una premisa perfecta, maravillosa, me dio la pauta del retablo”.

Después de la beatificación del fundador del Opus Dei (mayo 1992), como agradecimiento y para facilitar el culto público, se colocó en el santuario una imagen de san Josemaría realizada por el mismo escultor del retablo. Está hecha en alabastro, a escala más grande del tamaño natural. Arrodillado, en actitud orante y revestido con capa pluvial, san Josemaría mira hacia el retablo. Desde ahí, parece seguir invitando a entregar la vida al Señor, con la ayuda de la Virgen. “Igual que el Fundador del Opus Dei promovió el santuario para llevarnos a Dios a través de la Virgen —explica Mayné—, ahora nos ayudará, nos acompañará con su mirada hacia el Señor por medio de su Madre”.

A la izquierda de la nave, en la Capilla del Santísimo, se venera una imagen de Cristo en la Cruz, fundida en bronce, obra del escultor italiano Pasquale Sciancalepore.

Debajo del camarín de la Virgen hay un medallón que besan los peregrinos. En el mismo lugar se conserva la antigua imagen que era llevada por los pueblos para mantener la devoción de los fieles y recoger limosnas destinadas al culto.

Cristo en la Cruz, del escultor Pasquale Sciancalepore
Cristo en la Cruz, del escultor Pasquale Sciancalepore
En la Cripta, los confesonarios se distribuyen en tres capillas dedicadas a las advocaciones del Pilar, Loreto y Guadalupe, representadas en mosaico. La cripta cuenta además con una capilla dedicada a la Sagrada Familia, de planta circular, que contiene diversas escenas de Jesús, María y José. Una galería guarda, para la devoción de los visitantes, muchas de las réplicas de patronas marianas llegadas desde diversos puntos de España y desde otros países. Las galerías de los misterios del rosario, con las cerámicas de los quince misterios, obra de José Alzuet, facilitan el rezo de esta devoción mariana universal.

Desde la explanada se puede llegar a la ermita por un camino que parte junto a la Oficina de Información. Este acceso está jalonado por catorce escenas de cerámica que representan los siete dolores y los siete gozos del Santo Patriarca, obra de Palmira Laguéns.

La ermita, restaurada en 1969, albergaba la imagen de la Virgen antes de su traslado al santuario, y es aun hoy entrañable punto de reunión para los devotos de la comarca, que celebran con frecuencia misas, bodas, aniversarios o retiros espirituales. Desde siempre, el día de la fiesta de la Virgen, en agosto, la ermita suele ser insuficiente para acoger a los peregrinos, y quienes suben a celebrar la fiesta, en la que se reparte la caridad —torta y vino de la tierra— y se cantan los Gozos, forman largas y animadas colas. Completa el recinto un Vía Crucis que asciende entre rocas y olivos, con cerámicas de José Alzuet.

“Haz un retablo que con sólo verlo, con sólo mirarlo, la gente se quede extasiada y con eso sólo ya haga oración”. Mayné recuerda este consejo que le transmitieron de parte de san Josemaría Escrivá cuando comenzaba a trabajar. Afirma que “fue una premisa perfecta, maravillosa, me dio la pauta del retablo”.

“Igual que el Fundador del Opus Dei promovió el santuario para llevarnos a Dios a través de la Virgen —explica Mayné—, ahora nos ayudará, nos acompañará con su mirada hacia el Señor por medio de su Madre”.