Documentación
Relatos biográficos
Todo su día era una Misa
Mons. José María García Lahiguera
El Siervo de Dios Monseñor García Lahiguera (1903-1989), obispo de Valencia (España), mantuvo desde 1932 una profunda amistad con san Josemaría y durante unos años fue su confesor.
Todo su día era una misa, una ofrenda que unía a la que celebraba cada mañana en el altar, presentando al Señor continuamente, día y noche, todas las cosas, pequeñas o grandes, de cada momento; con naturalidad, sin llamar la atención, sin rarezas; pero con una permanente sonrisa de entrega plena a la Voluntad de Dios, que era heroica. Una demostración de este centrar todo en la Santa Misa, la constituye su extraordinario amor a la sagrada liturgia.
El cuidado que le he visto poner –y hacer poner a sus hijos- en todos los detalles del culto, eran para mí expresión viva de una fe robusta y llena de ternura hacia la Sagrada Eucaristía, hacia Cristo realmente presente bajo las especies sacramentales. Su fidelidad a las normas litúrgicas respondía, sin duda, a una actitud habitual de obediencia rendida a la Autoridad eclesiástica, pero además –y me atrevería a decir que antes- provenía de la piedad, del amor a Dios que, o se manifiesta a través de los modos y formas con que los hombres expresan su cariño –besos, miradas, dones preciosos-, o no es verdadero amor y piedad.
Recuerdo que, cuando hubo el primer cambio en el Ordo Missae, a don Josemaría le costó mucho esfuerzo celebrar el Santo Sacrificio con las nuevas rúbricas, sin distraerse.Tenía ya más de setenta años y llevaba, por lo tanto, cuarenta y siete diciendo la Santa Misa con las rúbricas antiguas. Había puesto siempre tal intensidad en la celebración de la Santa Misa, que hasta la rúbrica aparentemente más insignificante tenía para él un valor enorme, porque todas las había considerado en su meditación y todas le daban tema de profunda oración.
Josemaría Escrivá de Balaguer: un hombre de Dios. Testimonios sobre el Fundador del Opus Dei, n. 1, Palabra, Madrid 1991, pp. 42-44.

El cuidado que le he visto poner –y hacer poner a sus hijos- en todos los detalles del culto, eran para mí expresión viva de una fe robusta y llena de ternura hacia la Sagrada Eucaristía, hacia Cristo realmente presente bajo las especies sacramentales. Su fidelidad a las normas litúrgicas respondía, sin duda, a una actitud habitual de obediencia rendida a la Autoridad eclesiástica, pero además –y me atrevería a decir que antes- provenía de la piedad, del amor a Dios que, o se manifiesta a través de los modos y formas con que los hombres expresan su cariño –besos, miradas, dones preciosos-, o no es verdadero amor y piedad.
Recuerdo que, cuando hubo el primer cambio en el Ordo Missae, a don Josemaría le costó mucho esfuerzo celebrar el Santo Sacrificio con las nuevas rúbricas, sin distraerse.Tenía ya más de setenta años y llevaba, por lo tanto, cuarenta y siete diciendo la Santa Misa con las rúbricas antiguas. Había puesto siempre tal intensidad en la celebración de la Santa Misa, que hasta la rúbrica aparentemente más insignificante tenía para él un valor enorme, porque todas las había considerado en su meditación y todas le daban tema de profunda oración.
Josemaría Escrivá de Balaguer: un hombre de Dios. Testimonios sobre el Fundador del Opus Dei, n. 1, Palabra, Madrid 1991, pp. 42-44.
Relación de contenidos
- La Santa Misa era el centro de su jornada
- Josemaría Escrivá y el nazismo
- Nunca podré olvidar aquella Misa
- Todo su día era una Misa
- Tú ayúdame a hacerle compañía
- 25 de junio de 1944: Primera ordenación sacerdotal de fieles del Opus Dei
- Muy cerca del Papa
- La primera romería
- Aquellas Misas me hicieron amar la Liturgia
- Cómo vivía el Fundador del Opus Dei el sacramento de la Penitencia
Español









Oración
RSS
FACEBOOK
TWITTER
YOUTUBE