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Testimonios

Sin cambiar nada, cambió todo

Gustavo Calvo, jinete, arquitecto y pintor, Uruguay

1 de enero de 2002

Etiquetas: Deporte, Filiación divina, Lucha ascética, Presencia de Dios
El fascinante mundo de los caballos me ha llevado a dedicar muchos años –a medida que pasan siento más que es toda mi vida, porque comencé a los 10– a las actividades hípicas, en plural: adiestramiento de caballos y participación en concursos hípicos nacionales e internacionales en las tres disciplinas olímpicas (adiestramiento, salto y prueba completa) y enseñanza y preparación de jinetes para competencias.

Tenía 24 años, estaba bien adentrado en la carrera de Arquitectura, continuaba con mis actividades ecuestres, y preparaba mi primera exposición de pinturas: verdaderas correrías que me dejaban poco tiempo para pensar en el sentido de mi existencia. Pero fue allí cuando ocurrió un hecho sobre el cual giró toda mi realidad posterior. Invitado por un amigo, asistí a un retiro espiritual organizado por el Opus Dei.

¿En qué consistió ese giro en mi vida? En que sin cambiar nada, cambió todo: la santidad en medio del mundo predicada por el Fundador del Opus Dei me impactó. San Josemaría Escrivá me decía que se podía ser santo siendo arquitecto, o con la pintura de mis cuadros, y también se podía –esto fue lo radical para mí– desde el lomo de un caballo, practicando todo tipo de actividad ecuestre. Después de aquel retiro empecé a conocer más la Obra, hasta ese momento desconocida para mí.

Estas cosas sucedían en un mes de mayo. En enero del mismo año había adquirido a Faraón que, para los amantes del turf, era hijo de Epidor VIII y Perlera. Lo rebauticé con el nombre de Fausto, sin aludir al de Goethe, para ingresarlo al mundo de los saltos. Pienso que en este momento del relato es importante mencionar a Fausto, con quien gané muchos premios en su campaña de quince años.

Para un deportista no es difícil entender el concepto de “comenzar y recomenzar”; lo novedoso era –por lo menos para mí– verlo aplicado a la espiritualidad. Y sin embargo, al intentar meterme por caminos de vida espiritual más honda, percibí la idea de manera cabal. Luego de las competencias que vienen seguidas del triunfo, es inútil distraerse a saborear aquello, porque hay que dirigir todas las energías en la preparación de la próxima contienda. Pero aprendí una cosa nueva: rezar para dar gracias y ofrecer a Dios aquello, porque es dueño de todas las cosas, pidiéndole ayuda para lo siguiente. Y si lo que sigue al concurso es la derrota, es necesario detenerse a analizar los fallos para aplicarse con dedicación a corregirlos.

Continuaron los viajes y los concursos. Ahora contaba con un nuevo compañero de aventuras: la conciencia de saberme de la mano de Dios cambió bastante las cosas. El sentido de la filiación divina es la enseñanza más importante que me dejaba el contacto con la Obra. Desde ese momento acudo a la ayuda divina antes y después de las competiciones, a través de la intercesión del Fundador del Opus Dei. También para realizar cualquier trabajo.

¡Qué bien expresa san Josemaría el tema del entrenamiento de la vida, en “Camino”: “Me dices: cuando se presente la ocasión de hacer algo grande... ¡entonces! –¿Entonces? ¿Pretendes hacerme creer, y creer tú seriamente, que podrás vencer en la Olimpíada sobrenatural, sin la diaria preparación, sin entrenamiento?” (Camino, 822).