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San Josemaría y el don de lenguas
Ramón Herrando
San Josemaría se sabía instrumento en las manos de Dios. Todos los medios humanos a su alcance en aquel momento eran su labor sacerdotal y su juventud y buen humor. Pero ya pensaba en llegar a todas las almas al mundo entero. No es de extrañar, por eso, que su vida fue una continua catequesis: unas veces de palabra, otras por escrito. Pero además tenía que llegar a las conciencias, a cada uno, a la intimidad, incluso mediante la letra impresa, en libros cuyos lectores no conocía ni llegaría a conocer nunca.
En el mes de noviembre de 1932, plenamente consciente de la misión que Dios le había encomendado, San Josemaría sacaba la siguiente conclusión sobre el valor de su persona ante Dios y la tarea que debía emprender: "nada, ante la maravilla que supone este hecho: un instrumento pobrísimo y pecador, planeando, con tu inspiración, la conquista del mundo entero para su Dios, desde el maravilloso observatorio de un cuarto interior de una casa modesta, donde toda incomodidad material tiene su asiento"1.
Conquistar el mundo para Dios, ponerle en la cima de todas las actividades humanas, extender el Reino: una empresa para la que Dios había elegido un instrumento inadecuado. Pero su humildad no le llevó a desistir, porque se sabía hijo de Dios. Por eso escribió también: "Dios no me necesita. Es una misericordia amorosísima de su Corazón" 2.
La vocación recibida requería que fuera 'padre, maestro, y guía de santos' 3; su mensaje debía llegar a todo el mundo, resonar en toda la tierra, removiendo las almas haciéndoles sentir la cercanía de Dios y provocando reacciones de correspondencia completa al Amor de Dios.
El mensaje espiritual que debía hacer llegar a la humanidad era 'viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo': "Hijos de Dios. Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras. El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna" (Forja, 1).
San Josemaría se sabía instrumento en las manos de Dios. Todos los medios humanos a su alcance en aquel momento eran su labor sacerdotal y su juventud y buen humor. Pero ya pensaba en llegar a todas las almas al mundo entero: "A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad..., sin garabato), querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlas a Jesús como rubíes de su corona de Rey" 4.
No es de extrañar, por eso, que su vida fue una continua catequesis: unas veces de palabra, otras por escrito. Pero además tenía que llegar a las conciencias, a cada uno, a la intimidad, incluso mediante la letra impresa, en libros cuyos lectores no conocía ni llegaría a conocer nunca. Por eso, en el Prólogo del autor, en la primera página de Camino, le dice: "lee despacio estos consejos. Medita pausadamente estas consideraciones. Son cosas que te digo al oído, en confidencia de amigo, de hermano, de padre. Y estas confidencias las escucha Dios" (Camino, Prólogo).
No hay "método" o técnica que enseñe este modo de hablar, de movilizar a millones de almas. Su manera de enseñar era la que Jesucristo usó con los apóstoles: "qué perdida de tiempo y qué visión tan humana, cuando todo lo reducen a tácticas, como si ahí estuviera el secreto de la eficacia. Se olvidan de que la táctica de Dios es la caridad, el Amor sin límites: así colmó Él la distancia incolmable que abre el hombre, con el pecado, entre el Cielo y la tierra" (Surco, 147).
El Amor no es posible reducirlo a fórmulas o frases hechas. De ahí que tratara de imitar al Maestro: "insisto: ruega al Señor que nos conceda a sus hijos el "don de lenguas", el de hacernos entender por todos. La razón por la que deseo este "don de lenguas" la puedes deducir de las páginas del Evangelio, abundantes en parábolas, en ejemplos que materializan la doctrina e ilustran lo espiritual, sin envilecer ni degradar la palabra de Dios. Para todos –doctos y menos doctos-, es más fácil considerar y entender el mensaje divino a través de esas imágenes humanas" (Forja, 895).
Puesto que enseñaba que la santidad no es para privilegiados sino que puede encontrarse en la vida ordinaria, las cosas más normales y corrientes podían servir para ilustrar las verdades más elevadas.
Para hablar sobre las cosas de la tierra es preciso aprender técnicas, calcular, contar con muchos medios… Pero el lenguaje y la táctica para mover las almas a Dios es de otro tipo, accesible a todos los hombres, comprensible sea cual sea el idioma, la raza, la nación de cada oyente, porque todos hemos de hablar la misma lengua, la que nos enseña nuestro Padre que está en los cielos: "la lengua del diálogo de Jesús con su Padre, la lengua que se habla con el corazón y con la cabeza… La lengua de las almas contemplativas, la de los hombres que son espirituales, porque se han dado cuenta de su filiación divina. Una lengua que se manifiesta en mil mociones de la voluntad, en luces claras del entendimiento, en afectos del corazón, en decisiones de vida recta, de bien, de contento, de paz" (Es Cristo que pasa, 13).
La razón de la fecundidad de su labor evangelizadora, de su capacidad para hacer llegar su mensaje, nos la enseña, en confidencia, en el siguiente texto: "agradece de todo corazón al Señor las potencias admirables…, y terribles, de la inteligencia y de la voluntad con las que ha querido crearte. Admirables, porque te hacen semejante a Él; terribles, porque hay hombres que las enfrentan contra su Creador. A mí, como síntesis de nuestro agradecimiento de hijos de Dios, se me ocurre decirle, ahora y siempre, a este Padre nuestro: «serviam!» -¡te serviré!" (Forja, 891).
Movido por su amor a Dios supo ponerse en las circunstancias de cada uno, empleando todos los medios de comunicación con eficacia, agilidad y naturalidad.
Por eso es un modelo en el ámbito de la comunicación. Sin contar con los modernos medios electrónicos –que no existían entonces-, sus enseñanzas han llegado a todas partes, removiendo la conciencia y el corazón de quienes las reciben. Sabía, lo había experimentado, que "la caridad de Cristo no es sólo un buen sentimiento en relación al prójimo; no se para en el gusto por la filantropía. La caridad, infundida por Dios en el alma, transforma desde dentro la inteligencia y la voluntad: fundamenta sobrenaturalmente la amistad y la alegría de obrar el bien" (Es Cristo que pasa, 71).
Su voz y sus escritos no eran un medio de comunicación anónimo, como una agencia de noticias, un diario o un anuncio publicitario. Incluso sin conocerle, sin haberle visto nunca, quien le lee sabe que le habla un amigo, un hermano, un padre, que nunca miente y que sabe lo que el lector necesita; por eso éste agradece el consejo y se siente conmovido. Esta relación personal, íntima, fruto del amor de Dios, es el secreto de su eficacia.
Notas
1. Apuntes íntimos, n. 877. Cit. por Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, t. I, Rialp, Madrid, 1997, p. 485.
2. Ibidem, n. 1696. Cit por Vázquez de Prada, A., o. c., p. 486.
3. Vázquez de Prada, A., o. c., pp. 550 ss.
4. Forja: recogido en la Presentación de Mons. Álvaro del Portillo, Rialp, Madrid, 1987.
Presentación de las Actas del Simposio "San Josemaría y la Comunicación", Fundación Catalina Mir, Jaén (España) 2006.

Conquistar el mundo para Dios, ponerle en la cima de todas las actividades humanas, extender el Reino: una empresa para la que Dios había elegido un instrumento inadecuado. Pero su humildad no le llevó a desistir, porque se sabía hijo de Dios. Por eso escribió también: "Dios no me necesita. Es una misericordia amorosísima de su Corazón" 2.
La vocación recibida requería que fuera 'padre, maestro, y guía de santos' 3; su mensaje debía llegar a todo el mundo, resonar en toda la tierra, removiendo las almas haciéndoles sentir la cercanía de Dios y provocando reacciones de correspondencia completa al Amor de Dios.
El mensaje espiritual que debía hacer llegar a la humanidad era 'viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo': "Hijos de Dios. Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras. El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna" (Forja, 1).
San Josemaría se sabía instrumento en las manos de Dios. Todos los medios humanos a su alcance en aquel momento eran su labor sacerdotal y su juventud y buen humor. Pero ya pensaba en llegar a todas las almas al mundo entero: "A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad..., sin garabato), querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlas a Jesús como rubíes de su corona de Rey" 4.
No es de extrañar, por eso, que su vida fue una continua catequesis: unas veces de palabra, otras por escrito. Pero además tenía que llegar a las conciencias, a cada uno, a la intimidad, incluso mediante la letra impresa, en libros cuyos lectores no conocía ni llegaría a conocer nunca. Por eso, en el Prólogo del autor, en la primera página de Camino, le dice: "lee despacio estos consejos. Medita pausadamente estas consideraciones. Son cosas que te digo al oído, en confidencia de amigo, de hermano, de padre. Y estas confidencias las escucha Dios" (Camino, Prólogo).
No hay "método" o técnica que enseñe este modo de hablar, de movilizar a millones de almas. Su manera de enseñar era la que Jesucristo usó con los apóstoles: "qué perdida de tiempo y qué visión tan humana, cuando todo lo reducen a tácticas, como si ahí estuviera el secreto de la eficacia. Se olvidan de que la táctica de Dios es la caridad, el Amor sin límites: así colmó Él la distancia incolmable que abre el hombre, con el pecado, entre el Cielo y la tierra" (Surco, 147).
El Amor no es posible reducirlo a fórmulas o frases hechas. De ahí que tratara de imitar al Maestro: "insisto: ruega al Señor que nos conceda a sus hijos el "don de lenguas", el de hacernos entender por todos. La razón por la que deseo este "don de lenguas" la puedes deducir de las páginas del Evangelio, abundantes en parábolas, en ejemplos que materializan la doctrina e ilustran lo espiritual, sin envilecer ni degradar la palabra de Dios. Para todos –doctos y menos doctos-, es más fácil considerar y entender el mensaje divino a través de esas imágenes humanas" (Forja, 895).
Puesto que enseñaba que la santidad no es para privilegiados sino que puede encontrarse en la vida ordinaria, las cosas más normales y corrientes podían servir para ilustrar las verdades más elevadas.
Para hablar sobre las cosas de la tierra es preciso aprender técnicas, calcular, contar con muchos medios… Pero el lenguaje y la táctica para mover las almas a Dios es de otro tipo, accesible a todos los hombres, comprensible sea cual sea el idioma, la raza, la nación de cada oyente, porque todos hemos de hablar la misma lengua, la que nos enseña nuestro Padre que está en los cielos: "la lengua del diálogo de Jesús con su Padre, la lengua que se habla con el corazón y con la cabeza… La lengua de las almas contemplativas, la de los hombres que son espirituales, porque se han dado cuenta de su filiación divina. Una lengua que se manifiesta en mil mociones de la voluntad, en luces claras del entendimiento, en afectos del corazón, en decisiones de vida recta, de bien, de contento, de paz" (Es Cristo que pasa, 13).
La razón de la fecundidad de su labor evangelizadora, de su capacidad para hacer llegar su mensaje, nos la enseña, en confidencia, en el siguiente texto: "agradece de todo corazón al Señor las potencias admirables…, y terribles, de la inteligencia y de la voluntad con las que ha querido crearte. Admirables, porque te hacen semejante a Él; terribles, porque hay hombres que las enfrentan contra su Creador. A mí, como síntesis de nuestro agradecimiento de hijos de Dios, se me ocurre decirle, ahora y siempre, a este Padre nuestro: «serviam!» -¡te serviré!" (Forja, 891).
Movido por su amor a Dios supo ponerse en las circunstancias de cada uno, empleando todos los medios de comunicación con eficacia, agilidad y naturalidad.
Por eso es un modelo en el ámbito de la comunicación. Sin contar con los modernos medios electrónicos –que no existían entonces-, sus enseñanzas han llegado a todas partes, removiendo la conciencia y el corazón de quienes las reciben. Sabía, lo había experimentado, que "la caridad de Cristo no es sólo un buen sentimiento en relación al prójimo; no se para en el gusto por la filantropía. La caridad, infundida por Dios en el alma, transforma desde dentro la inteligencia y la voluntad: fundamenta sobrenaturalmente la amistad y la alegría de obrar el bien" (Es Cristo que pasa, 71).
Su voz y sus escritos no eran un medio de comunicación anónimo, como una agencia de noticias, un diario o un anuncio publicitario. Incluso sin conocerle, sin haberle visto nunca, quien le lee sabe que le habla un amigo, un hermano, un padre, que nunca miente y que sabe lo que el lector necesita; por eso éste agradece el consejo y se siente conmovido. Esta relación personal, íntima, fruto del amor de Dios, es el secreto de su eficacia.
Notas
1. Apuntes íntimos, n. 877. Cit. por Vázquez de Prada, A., El Fundador del Opus Dei, t. I, Rialp, Madrid, 1997, p. 485.
2. Ibidem, n. 1696. Cit por Vázquez de Prada, A., o. c., p. 486.
3. Vázquez de Prada, A., o. c., pp. 550 ss.
4. Forja: recogido en la Presentación de Mons. Álvaro del Portillo, Rialp, Madrid, 1987.
Presentación de las Actas del Simposio "San Josemaría y la Comunicación", Fundación Catalina Mir, Jaén (España) 2006.
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