San Josemaría Escrivá
La Vida

Entre pobres y enfermos

Etiquetas: Enfermedad, Madrid, Pobreza, Sacerdocio
Entre los pobres, los enfermos, los desheredados y los niños, el fundador del Opus Dei encontraba la fuerza para cumplir el plan que el Señor había puesto el 2 de octubre de 1928 sobre sus espaldas. Fue la escuela del dolor en la que san Josemaría Escrivá templó su alma.

Junto a Isidoro Zorzano.
Junto a Isidoro Zorzano.
“Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?”
La singular pregunta venía de los labios del joven don Josemaría, sacerdote recién ordenado, en su primer destino: Perdiguera, un pueblo cercano a Zaragoza. Hablaba con el hijo de la familia que lo alojaba, un niño que pasaba el día pastoreando las cabras y al que enseñaba el catecismo por la noche para que pudiera hacer la Primera Comunión. “Un día, para ver cómo iba asimilando las lecciones, se me ocurrió preguntarle:
—Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?
—¿Qué es ser rico?, me contestó.
—Ser rico es tener mucho dinero, tener un banco...
—Y... ¿qué es un banco?
Se lo expliqué de un modo simple, y continué:
—Ser rico es tener muchas fincas y, en lugar de cabras, unas vacas muy grandes. Después, ir a reuniones, cambiarse de traje tres veces al día... ¿Qué harías si fueras rico?
Abrió mucho los ojos, y me dijo por fin:
—Me comería ¡cada plato de sopas con vino...!
Todas las ambiciones son eso; no vale la pena nada. Es curioso, no se me ha olvidado aquello. Me quedé muy serio, y pensé: Josemaría, está hablando el Espíritu Santo. Esto lo hizo la Sabiduría de Dios para enseñarme que todo lo de la tierra era eso: bien poca cosa”.

La casa donde vivió san Josemaría  Escrivá en Perdiguera.
La casa donde vivió san Josemaría Escrivá en Perdiguera.
Había llegado a Perdiguera tres días después de su ordenación para una sustitución encargada con urgencia. Era un pueblo de 870 habitantes situado a pocos kilómetros de Zaragoza, que contaba con un hermoso templo de estilo gótico-mudéjar.

Allí se dedicó ejemplarmente a su ministerio sacerdotal: Misa cantada todos los días, exposición del Santísimo, confesiones, catecismo... Procuró conocer lo antes posible a todas las familias del pueblo interesándose por sus necesidades y visitando a los enfermos. Aunque pasó poco tiempo en aquella parroquia, dejó una huella profunda entre las buenas gentes de Perdiguera, que le recordaron siempre con cariño. Regresó pronto a Zaragoza, donde ejerció su ministerio y concluyó la carrera de Derecho con buenas calificaciones.

En Madrid
En 1927, con permiso de su arzobispo, se trasladó a Madrid para los estudios del doctorado, que en aquel tiempo sólo era posible realizarlo en la Universidad Central. Para sostener a su familia, que pronto se instaló en aquella ciudad, empezó a dar clases de Derecho Romano y Canónico en una Academia.

Edificio actual del <i>Hospital de Rey</i> de Madrid, lugar donde san Josemaría atendía enfermos terminales.
Edificio actual del Hospital de Rey de Madrid, lugar donde san Josemaría atendía enfermos terminales.
Madrid contaba entonces con unos 800.000 habitantes. A ella acudían miles de emigrantes del mundo rural en busca de mejor fortuna. Muchos acababan, por falta de trabajo, en un estado de miseria en los barrios de chabolas que rodeaban sus contornos, formando un gran cinturón de pobreza. En esos barrios periféricos y en los ambientes más necesitados desarrolló San Josemaría una gran actividad sacerdotal por medio de su trabajo en el Patronato de Enfermos, institución benéfica dirigida por las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón de Jesús.

Caminaba de una parte a otra para administrar los sacramentos a las personas enfermas y moribundas que las Damas le señalaban. Otras veces eran confesiones de niños. Recordaba haber preparado para la Primera Comunión a varios miles en aquellos años. Y no faltaban situaciones humanas, muchas veces dramáticas e insolubles, pero que se podían suavizar con la caridad y con la doctrina.

La escuela del dolor
Intuía, ciertamente, que el proyecto de Dios para él no estaba tampoco en aquel apostolado de la caridad. Sin embargo, lo realizaba con todo el corazón, especialmente después de la luz fundacional del 2 de octubre de 1928. Era entre los pobres, los enfermos, los ignorantes, los desheredados y los niños, donde encontraba la fuerza para cumplir el inmenso proyecto que el Señor había puesto aquel día sobre sus espaldas. Fue la escuela del dolor en la que se templó su alma.

"Servir es el gozo más grande que puede tener un alma, y es eso lo que tenemos que hacer los sacerdotes: día y noche al servicio de todos; si no, no se es sacerdote"
Su entrega sacerdotal manifiesta su modo de entender el sacerdocio, lo cual enseñaría en el futuro a sus hijos sacerdotes; deseaba que fuesen sacerdotes al cien por cien, sacerdotes-sacerdotes, cuyo único afán fuera servir a Dios y a todas las almas, sin distinción: “servir es el gozo más grande que puede tener un alma, y es eso lo que tenemos que hacer los sacerdotes: día y noche al servicio de todos; si no, no se es sacerdote. Debe amar a los jóvenes y a los viejos, a los pobres y a los ricos, a los enfermos y a los niños; debe prepararse para decir la Misa; debe recibir a las almas, una a una, como un pastor conoce a su rebaño y llama por su nombre a cada oveja. Los sacerdotes no tenemos derechos: a mí me gusta sentirme servidor de todos y me enorgullece este título”.

Mientras tanto, intuía en su corazón una inquietud divina, un afán de mies, un deseo cada vez más urgente de llevar el calor del amor de Cristo a todas las criaturas. Repetía una y otra vez en su alma, cantando a veces, estas palabras del Evangelio: “Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que arda?”.

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