Documentación
Artículos y Estudios
Recuerdos al hilo del Año Sacerdotal
Elisa Luque Alcaide
26 de junio de 1975
Elisa Luque Alcaide, profesora del Instituto de Historia de la Iglesia, de la Universidad de Navarra, estuvo con el fundador del Opus Dei, la misma mañana de su marcha al cielo.
Benedicto XVI al convocar el Año sacerdotal en la Iglesia, ha pedido a los cristianos rezar por la santidad de los sacerdotes y las vocaciones sacerdotales; e impulsa a todos los fieles a ejercer el sacerdocio real que recibieron por el bautismo y la confirmación.
El 5 de febrero de 2010 el actual Prelado del Opus Dei, Obispo Mons. Javier Echevarría, aludió en una conferencia que impartió en Valencia al gozo con que acogió San Josemaría esa doctrina del sacerdocio santo y real de todos los fieles, proclamada por el Concilio Vaticano II, puesto que “con su ministerio sacerdotal, llevaba difundiendo esta espléndida realidad durante más de siete lustros”.
Lo hizo hasta el último día de su vida. El 26 de junio de 1975, tres horas antes de fallecer, el Fundador del Opus Dei acudió a Villa delle Rose (Castelgandolfo) a las 10,30 de la mañana, para reunirse con alumnas y profesoras del Colegio Romano de Santa María, procedentes de los cinco continentes. Recibimos las últimas enseñanzas que transmitió en vida.
Recordó que el día anterior fue el aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Y, con vibración paterna, nos comentó: “Vosotras tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí”. La ejercitábamos –añadió– siempre unida a la “mentalidad laical”, convirtiendo todas nuestras tareas y trabajos en ofrenda a Dios y en labor de almas. Y pidió que amáramos y rezáramos por la Iglesia y por el Papa –entonces Pablo VI– y por el que le sucediera.
Repasamos muchos países. Destacó San Josemaría los valores de los japoneses; comentó la gran labor que haría un colegio que promovía, en Nagasaki, Kazuko Nakajima, antigua residente de Villa delle Rose, con familias de la ciudad. Respetando las creencias de cada uno, muchos –padres, profesores, alumnas¬– se acercarían a Cristo y todos se enriquecerían humana y culturalmente. En Kenia fieles del Opus Dei hacían mucha labor apostólica y, desde allí, trabajaban en toda África. Salieron relatos de España, Brasil, Austria, Chile, Estados Unidos. Había mucho quehacer por delante.
El Fundador del Opus Dei, en esos momentos, tuvo el mundo entero en sus palabras. Y las ansias de llevar a todos los rincones la llamada universal a la santidad que Dios le había encomendado difundir.
Pasados veinte minutos de amena conversación, San Josemaría se sintió indispuesto y hubo que interrumpir la reunión. Tras restablecerse aclaró, a las que acudimos a su llamada, cuál había sido la causa del malestar: un mareo en el trayecto por una carretera saturada de tráfico en un día de calor intenso; pidió perdón por la lata que estaba dando (ninguna, pues no necesitó atención por nuestra parte: D. Álvaro del Portillo y D. Javier Echevarría, habían permanecido en la sala con él los minutos que tardó en recuperarse). En el trayecto hasta la puerta de la casa comentó que sentía mucho que ese año había venido pocas veces. De ese modo y hasta que salió de Villa delle Rose, dijo lo que podía tranquilizarnos ante el final imprevisto de la reunión, y expresó su cariño y cercanía. Mostró así que llegó al final del camino como siempre había sido su vivir: pensando en los demás.
Dentro de este Año sacerdotal hemos vivido el 80º aniversario del 14 de febrero de 1930. En ese día Josemaría Escrivá, mientras celebraba la misa, recibió una nueva luz fundacional: el Opus Dei, que Dios había puesto sobre sus hombros el 2 de octubre de 1928 para difundir la llamada universal a la santidad, se abría también a las mujeres.
Hacerlo realidad precisaba de mujeres con una fe firme. La mujer, en ese momento era –salvo excepciones– puntal en la familia donde había desarrollado muchas aptitudes y valores. Aportar todas sus potencialidades en diversos ámbitos sociales, le exigiría dar pasos gigantes hasta alcanzar una presencia activa en la cultura, en el trabajo, en la vida pública. Y ese “plus” de aportación cristiana al mundo –sumado a su tarea central en el hogar– era lo que pedía Dios a la mujer, al abrirle el camino del Opus Dei.
Hoy hay mujeres del Opus Dei –en todo el mundo- que trabajan en el propio hogar con su familia, en el comercio, escuelas, mercados, empresas, en los medios de comunicación; algunas, en la vida pública; otras, impulsan centros educativos o asistenciales. Y, como todos en el Opus Dei, tratan de ejercer en esos trabajos el “alma sacerdotal”: convertirlos en ofrenda a Dios y en labor de almas. Junto al agradecimiento a Dios por la tarea realizada surge la esperanza de que muchas otras personas continúen el trabajo al ritmo que imprimió el Fundador.
Elisa Luque Alcaide, profesora del Instituto de Historia de la Iglesia, de la Universidad de Navarra, estuvo con el fundador del Opus Dei, la misma mañana de su marcha al cielo.

Vista del lago Albano y Castelgandolfo desde Villa delle Rose, donde San Josemaría Escrivá estuvo el 26 de junio de 1975, pocas horas antes de su fallecimiento
El 5 de febrero de 2010 el actual Prelado del Opus Dei, Obispo Mons. Javier Echevarría, aludió en una conferencia que impartió en Valencia al gozo con que acogió San Josemaría esa doctrina del sacerdocio santo y real de todos los fieles, proclamada por el Concilio Vaticano II, puesto que “con su ministerio sacerdotal, llevaba difundiendo esta espléndida realidad durante más de siete lustros”.
Lo hizo hasta el último día de su vida. El 26 de junio de 1975, tres horas antes de fallecer, el Fundador del Opus Dei acudió a Villa delle Rose (Castelgandolfo) a las 10,30 de la mañana, para reunirse con alumnas y profesoras del Colegio Romano de Santa María, procedentes de los cinco continentes. Recibimos las últimas enseñanzas que transmitió en vida.
Recordó que el día anterior fue el aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei. Y, con vibración paterna, nos comentó: “Vosotras tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí”. La ejercitábamos –añadió– siempre unida a la “mentalidad laical”, convirtiendo todas nuestras tareas y trabajos en ofrenda a Dios y en labor de almas. Y pidió que amáramos y rezáramos por la Iglesia y por el Papa –entonces Pablo VI– y por el que le sucediera.
Repasamos muchos países. Destacó San Josemaría los valores de los japoneses; comentó la gran labor que haría un colegio que promovía, en Nagasaki, Kazuko Nakajima, antigua residente de Villa delle Rose, con familias de la ciudad. Respetando las creencias de cada uno, muchos –padres, profesores, alumnas¬– se acercarían a Cristo y todos se enriquecerían humana y culturalmente. En Kenia fieles del Opus Dei hacían mucha labor apostólica y, desde allí, trabajaban en toda África. Salieron relatos de España, Brasil, Austria, Chile, Estados Unidos. Había mucho quehacer por delante.
El Fundador del Opus Dei, en esos momentos, tuvo el mundo entero en sus palabras. Y las ansias de llevar a todos los rincones la llamada universal a la santidad que Dios le había encomendado difundir.
Pasados veinte minutos de amena conversación, San Josemaría se sintió indispuesto y hubo que interrumpir la reunión. Tras restablecerse aclaró, a las que acudimos a su llamada, cuál había sido la causa del malestar: un mareo en el trayecto por una carretera saturada de tráfico en un día de calor intenso; pidió perdón por la lata que estaba dando (ninguna, pues no necesitó atención por nuestra parte: D. Álvaro del Portillo y D. Javier Echevarría, habían permanecido en la sala con él los minutos que tardó en recuperarse). En el trayecto hasta la puerta de la casa comentó que sentía mucho que ese año había venido pocas veces. De ese modo y hasta que salió de Villa delle Rose, dijo lo que podía tranquilizarnos ante el final imprevisto de la reunión, y expresó su cariño y cercanía. Mostró así que llegó al final del camino como siempre había sido su vivir: pensando en los demás.
Dentro de este Año sacerdotal hemos vivido el 80º aniversario del 14 de febrero de 1930. En ese día Josemaría Escrivá, mientras celebraba la misa, recibió una nueva luz fundacional: el Opus Dei, que Dios había puesto sobre sus hombros el 2 de octubre de 1928 para difundir la llamada universal a la santidad, se abría también a las mujeres.
Hacerlo realidad precisaba de mujeres con una fe firme. La mujer, en ese momento era –salvo excepciones– puntal en la familia donde había desarrollado muchas aptitudes y valores. Aportar todas sus potencialidades en diversos ámbitos sociales, le exigiría dar pasos gigantes hasta alcanzar una presencia activa en la cultura, en el trabajo, en la vida pública. Y ese “plus” de aportación cristiana al mundo –sumado a su tarea central en el hogar– era lo que pedía Dios a la mujer, al abrirle el camino del Opus Dei.
Hoy hay mujeres del Opus Dei –en todo el mundo- que trabajan en el propio hogar con su familia, en el comercio, escuelas, mercados, empresas, en los medios de comunicación; algunas, en la vida pública; otras, impulsan centros educativos o asistenciales. Y, como todos en el Opus Dei, tratan de ejercer en esos trabajos el “alma sacerdotal”: convertirlos en ofrenda a Dios y en labor de almas. Junto al agradecimiento a Dios por la tarea realizada surge la esperanza de que muchas otras personas continúen el trabajo al ritmo que imprimió el Fundador.
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