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Relatos biográficos

Ponía todo el amor de que era capaz

Mons. Echevarría

Etiquetas: Agradecimiento, Eucaristía, Fe, Javier Echevarría, Oración, Piedad, Sacerdocio
Monseñor Javier Echevarría ha visto de cerca, desde 1953, cómo se preparaba san Josemaría para celebrar la Misa, como la decía, cómo daba gracias y cómo se prolongaba durante el día.


Se tocaba con las manos que cada día era algo muy distinto, independientemente del número de asistentes. Al celebrar el Santo Sacrificio, llevaba al altar a la humanidad, a los Ángeles y Arcángeles, la creación entera, sintiendo la compañía de todas las criaturas, con sus alabanzas y con sus necesidades, que ofrecía a la Trinidad. Ponía de su parte un gran esfuerzo mental y físico, que en ocasiones, por el cansancio del trabajo y las circunstancias de su enfermedad, hacía que terminase verdaderamente agotado. Al mismo tiempo, se reflejaba en su rostro una felicidad inmensa por ese encuentro que había tenido con la Trinidad Beatísima, ya que siempre estuvo radicada en su alma y en su mente la inmediatísima cercanía de las Tres Personas en la renovación del Sacrificio del Calvario.

No había un gesto al que no diera un hondo contenido espiritual, como tampoco pronunciaba una palabra sin fijar su atención, poniendo el amor de que era capaz. Respondía perfectamente a lo que le escuché en 1956: “hay que insistir en la piedad de la Misa, para nosotros y para los demás: no podemos, no me podéis, desaprovechar esa fuerza centrípeta, infinita, que recoge los dones de Dios, en este máximo Sacrificio”.

La acción de gracias, que comenzaba en el oratorio, se prolongaba a lo largo del día. Desde joven, dividió la jornada en dos partes: la mitad para agradecer la Comunión; y la otra mitad, para prepararse para el día siguiente, si el Señor le daba vida. Enseñaba a vivir todas las horas cerca del altar, pensando en que cada una de nuestras acciones se puede ofrecer unida al Sacrificio Eucarístico.

Meditaba los textos de la liturgia y los llevaba a su predicación y a su vida de piedad. Por eso, muchas de esas frases se convertían en jaculatorias que le servían también para prolongar la Santa Misa, que no se acaba con la celebración: ha de continuarse durante el día, con la acción de gracias y con el ofrecimiento de lo que hagamos. Por este motivo, frecuentemente, después de celebrar, tomaba nota de pasajes de la Epístola, del Evangelio o de las oraciones. Otras veces me encargaba que, en cuanto tuviera un rato libre, le hiciera una copia de determinadas palabras de la Escritura, para darles más vueltas en su meditación y aprovecharlas en documentos que estaba redactando.

Con gran fuerza, como por una necesidad de su alma, nos abría el corazón el 7 de junio de 1973: “acostúmbrate a dar gracias al Señor durante el día por la Santa Misa. Cuando llego al examen, si veo que no he puesto todo el esfuerzo, ¡me llevo un berrinche!; me duele mucho no amar al Señor. En estos días repito, como acción de gracias: Iesu, Fili Dei, miserere mei! [«Jesús, hijo de Dios, ten misericordia de mí]. Pienso que, a lo largo de mi vida, el Señor me ha dejado como abandonado tantas veces, para que me diera cuenta de que todo salía porque Él quería”. Y en 1956 nos había comentado: “nuestro día es una Misa: un sacrificio de amor; por eso, hemos de estar alegres y hemos de saber encajar bien todos los golpes”.