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Relatos biográficos

Perdonar y pedir perdón

Etiquetas: perdón, Año de la Misericordia
San Josemaría, en el punto 452 de Camino, escribió: "Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que, por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti."

La consideración, tal y como recoge la edición crítica de Camino, era autobiográfica. Él mismo había escrito en uno de sus cuadernos:
«Me esforzaré, si es preciso, en perdonar siempre a quienes me ofendan, desde el primer instante, ya que por grande que sea el perjuicio o la ofensa que me hagan, más me ha perdonado Dios a mí».

Hijo mío, cuesta, pero... tienes que aprender a perdonar.
En puntos anteriores de ese libro, se ha hablado de cómo Dios perdona al hombre, (262, 267, 309, 436). Ese perdón aparece ahora, como en la parábola de los dos deudores ( Mt 18, 23-35), como fundamento y exigencia del perdón fraterno entre los hombres, una de las enseñanzas más características de Jesús.

En este artículo recogemos algunas anécdotas que reflejan cómo san Josemaría vivía el perdón, perdonando a los demás y pidiendo perdón. Los relatos se han seleccionado del libro "El hombre de Villa Tevere", escrito por Pilar Urbano.

PERDONAR

Vivió y enseñó a vivir a sus hijos una reacción que sintetizaba en cinco verbos -pacientes, que no pasivos-: "rezar, callar, comprender, disculpar... y sonreír". No era la receta de un narcótico, sino el consejo de una actitud que requiere firmes redaños de fortaleza.

Mercedes Morado y Begoña Alvarez, entre tantas personas que durante años convivieron con Escrivá, han escrito que el espíritu de perdón, de olvido y de comprensión hacia quienes le calumniaban iba "in crescendo", hasta el punto de manifestar con toda sencillez: "No les guardo ningún rencor. Y todos los días rezo por ellos, tanto como rezo por mis hijos... Y, a fuerza de rezar por ellos, he llegado a quererlos con el mismo corazón y con la misma intensidad con que quiero a mis hijos."
En ese mismo sentido, volcando sobre el papel una vivencia de su propia intimidad, escribió: "Considera el bien que han hecho a tu alma los que, durante tu vida, te han fastidiado o han tratado de fastidiarte. Otros llaman enemigos a esas gentes. Tú (... ), siendo muy poca cosa para tener o haber tenido enemigos, llámales "bienhechores". Y resultará que, a fuerza de encomendarles a Dios, les tendrás simpatía."

En 1962, Rafael Calvo Serer fue a verle a Roma. Le abrió su alma y le contó las calumnias y las persecuciones de que era objeto por ciertos mandarines del franquismo. Escrivá, después de escucharle, le dijo:

-Hijo mío, cuesta, pero... tienes que aprender a perdonar.
Se quedó un momento callado y, como pensando en voz alta, añadió: -Yo no he necesitado aprender a perdonar, porque Dios me ha enseñado a querer.

PEDIR PERDÓN

No le importa desmerecer a los ojos de los demás, o correr el riesgo de rebajar la estatura de su autoridad, por pedir perdón cuando se da cuenta de que no ha actuado bien, o se ha dejado llevar por un impulso primario de su fuerte temperamento.

A media mañana de un día de 1946, en Madrid, pasa a la administración de la residencia de Diego de León. Saltan a la vista varios detalles de desastrado desorden: un armario con las puertas entreabiertas; otro, con el interior revuelto; las compras del mercado, aún en banastas y paquetes, sin colocar en la despensa; en el lavadero, una pila de platos y tazas usados... Aquélla no parece una casa del Opus Dei. Escrivá se disgusta. Llama a la directora. Pero, al parecer, no está. Acude Flor Cano, otra mujer de la Obra, y es ella quien recibe el "chaparrón" de protestas del Padre:

-¡Esto no puede ser! ¡Esto no puede ser...! ¿Dónde está vuestra presencia de Dios en el trabajo?... ¡Tenéis que vivir todo con más sentido de responsabilidad!
Sin darse cuenta, Escrivá ha ido alzando y endureciendo el tono de voz. De repente se detiene, guarda silencio un instante.

Enseguida, con otra entonación completamente distinta, dice:
-Señor... ¡perdóname! Y tú, hija mía, perdóname también.
-¡Padre, por favor, si tiene usted toda la razón del mundo!
-Sí, la tengo, porque lo que te estoy diciendo es verdad... Pero no te lo debo decir en este tono. Así que, hija mía, perdóname.

Otra vez, en Roma, a través del teléfono interior, corrige con energía a uno de la Obra, Ernesto Juliá, por haber dejado de realizar un trabajo importante. Ernesto no protesta ni se excusa. Al cabo de un rato, alguien informa a Escrivá de que Ernesto Juliá no puede tener ni idea de ese asunto, porque no se le ha encargado a él. Al instante, sin dilación, el Padre vuelve a telefonear a ese hijo suyo y le pide que acuda a un punto de la casa donde se comunican los edificios de la Casa del Vicolo y la Villa Vecchia.
Cuando llega Ernesto Juliá, ya está allí Escrivá. Abre sus brazos con gesto de abrir el corazón, alojador, de par en par. Y, con una sonrisa diáfana y rezumante de cariño, le dice:

-¡Hijo mío, te pido perdón y te devuelvo la honra!

Le duele dejar resentida a una persona y no tarda en restañar la herida que, aun sin querer, ha podido producir. Por eso es pronto y pródigo a la hora de rectificar y pedir perdón.

También en Roma, un día de enero de 1955, mientras unos cuantos alumnos del Colegio Romano están charlando con el Padre, en una zona de paso de Villa Tevere, aparece por allí Fernando Acaso. Escrivá le pregunta si ha recogido ya los muebles que han de colocarse cerca de unas escaleras. Fernando inicia un circunloquio evasivo, sin aclarar si los muebles están o no están ya en casa. El Padre ataja:

-Pero ¿los has traído? ¿Sí o no?
-No, Padre.

Escrivá, a propósito de este episodio, dice a los que están allí que deben ser "siempre sinceros y directos, sin temor a nada ni a nadie", y "sin excusaros, ¡porque nadie os está acusando!".
En éstas, llega Álvaro del Portillo. Precisamente viene buscando a Fernando Acaso. Se detiene con el grupo. Saluda a todos y, dirigiéndose a Acaso, le comunica:
He ido a que me perdone el Señor... y ahora vengo a que me perdonéis vosotros.
-Fernando, cuando quieras puedes recoger los muebles, porque ya hay dinero en el banco.

El Padre se da cuenta entonces de que era ése el motivo de las explicaciones evasivas de Fernando. Enseguida, allí mismo, delante de todos, le pide disculpas:

-Perdóname, hijo, por no atender tus razones... Ya veo que no tenías ninguna culpa. Con tu actitud, me has dado una estupenda lección de humildad... ¡Dios te bendiga!

En el verano de ese mismo año 1955, Josemaría Escrivá viaja a España y pasa un día por Molinoviejo, para estar con un grupo numeroso de hijos suyos que hace allí un curso de formación y descanso.

Están unos cuantos junto a la puerta de la casa, por la parte de fuera que da al pinar. Escrivá mira a Rafael Caamaño, recién llegado de Italia donde ha cursado tres años de ingeniería naval y, como recordando algo súbitamente, le hace una señal para que se separe del grupo y vaya con él hacia una fuente de piedra que hay allí cerca, entre la arboleda. Con ellos va también Javier Echevarría. Cuando están los tres juntos, Escrivá dice a Caamaño:

-Rafael, hijo, tengo que pedirte perdón, porque pude haberte escandalizado aquella vez que no le di limosna al mendigo... Necesitaba decirte que ése no es mi espíritu. Aunque yo nunca llevo dinero encima, podía, debía haberos indicado a alguno de vosotros que le dierais unas monedas a aquel pobre hombre... Ya lo sabes: el Padre no lo hizo bien, y ahora te pide que le perdones.

Rafael no responde ni media palabra: se ha quedado sorprendido y confuso. No acierta a recordar a qué episodio se refiere el Padre. Sólo más tarde, y después de darle vueltas al tema, conseguirá repescar en la memoria un hecho, tan nimio, que ni siquiera se acordaba bien. En efecto, varios meses atrás, quizá un año, acompañó a Escrivá, junto a otros dos de la Obra, a dar un paseo en coche por las afueras de Roma. En uno de los castelli se habían detenido en un bar a tomar un café. Estando allí, se les acercó un mendigo pidiendo limosna. Con un gesto vago le indicaron que no tenían, o que no le iban a dar... Recordándolo ahora, Caamaño se da cuenta de la fina conciencia de Escrivá, y de cómo un suceso tan trivial, tan frecuente en el deambular de los hombres, había rasgado la sensibilidad del Padre, sin borrarse de su mente, como una deuda moral por la que sentía la perentoria necesidad de reparar: "Necesitaba decirte que... el Padre no lo hizo bien."

¡Cómo no iba a ser así, si desde hacía muchos años Escrivá había hecho criterio y propósito suyo el "no gastar ni cinco céntimos, si, en mi lugar, un pobre de pedir no pudiera gastarlos"!

Un día, en Villa Tevere, entra en la sala de Mapas, que por entonces funciona como oficina de la Secretaría general de la Obra. Se dirige a dos o tres de los que trabajan allí y les corrige por unos errores conceptuales que han vertido en algún documento de gobierno. No se trata de una cuestión de estética literaria; sino que, al decir una cosa por otra, queda afectada la propia espiritualidad del Opus Dei. Escrivá, después de hacerles ver con tono enérgico el alcance futuro que podrían tener esas equivocaciones, sale de la habitación.

Pasado un rato, regresa. Trae en el rostro una expresión de apacible bonanza.

-Hijos míos, acabo de confesarme con don Alvaro: porque lo que os he dicho antes os lo tenía que decir, pero no de ese modo. Así que he ido a que me perdone el Señor... y ahora vengo a que me perdonéis vosotros.

Otra vez, va con prisa por un pasillo. Una hija suya, que se encuentra allí en ese momento, intenta detenerle, preguntándole algo muy perenne, que no hace al caso, ni al momento, ni al lugar. Escrivá, casi sin pararse, responde encogiéndose de hombros:

-¡Y yo qué sé!... ¡pregúntaselo a don Álvaro!

El mismo día, más tarde, esta chica está ordenando unas cosas en el vestíbulo de la Villa Vecchia. Pasan por allí Escrivá y Del Portillo. Se detienen un instante con ella:

-Perdóname, hija mía, por cómo te he contestado antes. Los que vivís conmigo, ¡tenéis tanto que aguantarme...!


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