Para los más jóvenes
Y al final, ¡qué cara la del niño!, ¡un castillo!

Paulina Mönckeberg
—Pon este aquí... y ese otro ahí... y aquel más allá...
Y al final, ¡qué cara la del niño!, ¡un castillo!
Eran tan amigos, que se podría decir que su devoción y sus primeras oraciones a San José comenzaron porque este santo Patriarca se llamaba igual que papá. Había sobre una cómoda alta, en una hornacina de cristal, una imagen de San José. Josemaría quería rezarle muy de cerca, pero como no alcanzaba, apoyaba sus manitos en la cómoda y se ponía de puntillas.
—¿José...?
Entonces el Relojerico se apresuraba a soplar aquella corta oración que ya sabía de memoria:
—"Jesús, María y José, que esté siempre con los tres"
Tanto quería el pequeño a don José que le gustaba que lo llamaran sólo "José", como su papá: Pepe o José.
Lo habían bautizado con los nombres de José María Julián Mariano; pero si alguien lo llamaba José María, decía disgustado:
—No, José.
—Pero si te llamas José María...
—Sí, pero después viene "María —no", decía refiriéndose a su cuarto nombre.
De reojo, su Ángel miraba al Cielo: La Virgen sonreía. Sabía Nuestra Señora que el niño sería muy "mariano"
Del libro: "Vida y venturas de un borrico de noria... y su Relojerico". Ed. Palabra.
Texto e ilustraciones: Paulina Mönckeberg, 2004.
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