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"Bendito sea el dolor"
El punto 208 de Camino guarda una oración que hoy repiten muchas personas que han descubierto el sentido cristiano del sufrimiento: "¡Bendito sea el dolor Bendito sea el dolor. —Amado sea el dolor. —Santificado sea el dolor...¡Glorificado sea el dolor!". Este punto inicial tiene detrás una historia que se grabó profundamente en el alma de San Josemaría y de la que habló muchas veces a lo largo de su vida.
He aquí algunos textos en los que San Josemaría rememora aquella historia. El primero es un coloquio en Lisboa en el año 1972:
«Me has hablado de Camino. No me lo sé de memoria, pero hay una frase que dice: bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor, glorificado sea el dolor. ¿Te acuerdas? Eso lo escribí en un hospital, a la cabecera de una moribunda a quien acababa de administrar la Extremaunción.
¡Me daba una envidia loca! Aquella mujer había tenido una gran posición económica y social en la vida, y estaba allí, en un camastro de un hospital, moribunda y sola, sin más compañía que la que podía hacerle yo en aquel momento, hasta que murió.
Y ella repetía, paladeando, ¡feliz!: bendito sea el dolor –tenía todos los dolores morales y todos los dolores físicos–, amado sea el dolor, santificado sea el dolor, ¡glorificado sea el dolor! El sufrimiento es una prueba de que se sabe amar, de que hay corazón».
En otra ocasión recordaba:
«Era una pobre mujer perdida, que había pertenecido a una de las familias más aristocráticas de España. Yo me la encontré ya podrida; podrida de cuerpo y curándose en su alma, en un hospital de incurables. Había estado de carne de cuartel, por ahí, la pobre. Tenía marido, tenía hijos; había abandonado todo, se había vuelto loca por las pasiones, pero luego supo amar aquella criatura. Yo me acordaba de María Magdalena: sabía amar.
Un día hube de administrarle la Extremaunción. Era en el año 1931, mal tiempo ya en España. Y al ver la alegría de su alma, que consideraba que estaba cerca de Dios, le hice decir: bendito sea el dolor, y ella lo repetía a voz en grito; amado sea el dolor; santificado sea el dolor; ¡glorificado sea el dolor!Poco después moría, y en el Cielo está, y nos ha ayudado mucho».
Por otras fuentes sabemos que San Josemaría se sirvió de estas palabras en más de una ocasión para consolar a los enfermos moribundos que atendía durante esos años en los Hospitales de Madrid. No es posible precisar con exactitud quién fue la primera persona que escuchó estas palabras de consuelo.
Fuente: Rodríguez, Pedro, Camino, edición crítico-histórica, Ed. Rialp, 2002.

Una de las salas del Hospital del Rey
«Me has hablado de Camino. No me lo sé de memoria, pero hay una frase que dice: bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor, glorificado sea el dolor. ¿Te acuerdas? Eso lo escribí en un hospital, a la cabecera de una moribunda a quien acababa de administrar la Extremaunción.
¡Me daba una envidia loca! Aquella mujer había tenido una gran posición económica y social en la vida, y estaba allí, en un camastro de un hospital, moribunda y sola, sin más compañía que la que podía hacerle yo en aquel momento, hasta que murió.
Y ella repetía, paladeando, ¡feliz!: bendito sea el dolor –tenía todos los dolores morales y todos los dolores físicos–, amado sea el dolor, santificado sea el dolor, ¡glorificado sea el dolor! El sufrimiento es una prueba de que se sabe amar, de que hay corazón».

Vista del Hospital del Rey
«Era una pobre mujer perdida, que había pertenecido a una de las familias más aristocráticas de España. Yo me la encontré ya podrida; podrida de cuerpo y curándose en su alma, en un hospital de incurables. Había estado de carne de cuartel, por ahí, la pobre. Tenía marido, tenía hijos; había abandonado todo, se había vuelto loca por las pasiones, pero luego supo amar aquella criatura. Yo me acordaba de María Magdalena: sabía amar.
Un día hube de administrarle la Extremaunción. Era en el año 1931, mal tiempo ya en España. Y al ver la alegría de su alma, que consideraba que estaba cerca de Dios, le hice decir: bendito sea el dolor, y ella lo repetía a voz en grito; amado sea el dolor; santificado sea el dolor; ¡glorificado sea el dolor!Poco después moría, y en el Cielo está, y nos ha ayudado mucho».
Por otras fuentes sabemos que San Josemaría se sirvió de estas palabras en más de una ocasión para consolar a los enfermos moribundos que atendía durante esos años en los Hospitales de Madrid. No es posible precisar con exactitud quién fue la primera persona que escuchó estas palabras de consuelo.
Fuente: Rodríguez, Pedro, Camino, edición crítico-histórica, Ed. Rialp, 2002.
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