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Bendita vida cotidiana

Agnieszka Kula. Filósofa y madre de familia

Varsovia, Polonia, 17 de febrero de 2011

Etiquetas: Familia y profesión, Opus Dei, Familia, Polonia
Cinco niños corretean por casa. El más pequeño, Jaś, tiene un año y medio. Hace un momento intentó apagarme el ordenador y ahora empieza a deslizarse por las escaleras. Quizá debería dejar de escribir y correr tras él, pero mis movimientos son cada vez más lentos (dentro de una semana nacerá Cecylka), y de todas formas llegará abajo enseguida. Sin moverme de mi sitio, le pido ayuda a su Ángel Custodio.

Precisamente en un día de la fiesta de los Ángeles Custodios, hace ahora 82 años, el 2 de Octubre de 1928, un sacerdote llamado Josemaría Escrivá de Balaguer, de 26 años, hacía unos días de retiro con otros sacerdotes en Madrid. En su habitación, leía sus apuntes cuando oyó las campanas de la cercana iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles del Perpetuo Socorro, que diariamente, al medio día recordaban cuando Dios intervino en la historia humana, recibiendo de la Virgen María su cuerpo y haciéndose Hombre. Aquel joven sacerdote sentía desde hacía tiempo que Dios le llamaba para algo muy concreto y rezaba con afán: Domine, ut videam, Domina ut sit – Señor que vea, Señora que sea… Pero no fue hasta este momento, cuando Dios decidió intervenir. Y, con el ruido de fondo de las campanas, Josemaría notó -sin esperarla- una gracia sobrenatural y “vio” la respuesta divina a sus ruegos. “Vió” aquello que más tarde llamaría “Opus Dei” – Obra de Dios – .

Cansancio... y alegría
¿Cómo vivir día a día el mensaje que nos dejó San Josemaria? ¿Cómo buscar la santidad siendo médico, abogado, maestro, agricultor, artesano, hombre de negocios o –como yo– filósofa y madre de familia numerosa? El Opus Dei ayuda en eso a todo el que quiere aprovechar esta formación. Se pueden pelar patatas, cambiar pañales, esperar al marido, escribir un artículo y asistir a las reuniones para los padres en la escuela, quejándose de vez en cuando por la monotonía de las obligaciones diarias. Pero se pueden hacer las mismas cosas corrientes, día tras día por amor a Dios, ofreciéndole la alegría y el cansancio. Para que la vida diaria se transforme en un diálogo con Dios, es necesario aprender a tratarlo durante todo el día, con todas sus numerosas tareas.

De una forma cercana y natural, como un niño que corre hacia su padre, para contarle lo que hoy hizo y qué planes tiene para mañana, de sus gozos y sus tristezas, de sus amigos, decirle que le quiere y que cuenta con su ayuda, porque sólo no puede.

A veces es difícil encontrar tiempo para esta conversación diaria con el Padre Dios. Unas veces exige levantarse antes por la mañana, cuando todos aún duermen, aunque la noche anterior haya estado esperando al marido hasta bien tarde porque volvió de madrugada del trabajo, o aunque por la noche haya tenido que levantarme para dar el jarabe a Józek de tres años, que no paraba de toser. A veces es difícil conseguir media hora en la planificación de un día ya estirado al máximo. Pero el amor es inventivo y encuentra siempre la mejor solución.

En el coche cuando voy a buscar a los niños al colegio, o dando un paseo con el cochecito del pequeño, o mientras alimento al bebé, puedo rezar el rosario. Cuando paso cerca de la Iglesia, entro un momento para visitar al Señor en el Sagrario. No siempre es fácil llegar puntual a la Santa Misa diariamente: vestir a los niños y toda la operación de salir de casa, absorbe mucho tiempo y energías… para después tener que salir y quedarme a la puerta de la iglesia, porque Jaś se está portando mal. ¿Tiene sentido esto? La Santa Misa es Sacrificio. Y nuestra vida diaria, si la llenamos de pequeños detalles de amor a Dios, también se convierte en sacrificio agradable a Él. Puesta en la patena, unida al Cáliz de Cristo junto con unas gotitas de agua, que el sacerdote añade al vino, adquiere un valor infinito.

¿Cómo puede ser posible encontrar tiempo para Dios, para el marido, para cada hijo, ocuparse de la casa, limpiar, cocinar, lavar, planchar, hacer la compra, pagar los recibos, de vez en cuando escribir algo, reunirse con las amigas y no volverse loca? No sé cómo se hace, pero Dios quiere que, con su ayuda, hagamos cosas imposibles, pues lo que es posible lo hace cualquiera, según decía San Josemaría.

De dónde sacar la fuerza
Con frecuencia no tengo fuerzas, pero siempre tengo la Gracia. Además, Le he recibido hoy en la Sagrada Comunión. Pero hay que cooperar con la Gracia: y esto requiere organizar, planear, y poner las prioridades con inteligencia. En la vida no se improvisa, es necesaria una buena dosis de conocimientos y de experiencia. El Opus Dei me ayuda de forma estable y regular proporcionándome una dirección espiritual personal y formación doctrinal que nunca se acaban, pues nunca podemos decir que ya conseguimos la perfección y no nos hace falta nada más. En la dirección acertada de nuestra lucha interior, que hay que comenzar y recomenzar constantemente, es muy útil la recepción frecuente del Sacramento de la penitencia.
El Opus Dei no me ayuda solamente en lo referente a la religión, tambien en mi vida de familia, la relación con mi marido, la educación de los hijos, en la mejor realización de mis deberes en casa...

La formación que recibo del Opus Dei me anima, no sólo a buscar la propia santidad, sino a contagiar a otros lo que nosotros descubrimos. La amistad, el contacto con otras familias, las conversaciones con las mamás que me encuentro en la escuela, son también mi camino hacia Dios. Quiero demostrarles la felicidad que yo encontré y sembrar en sus corazones la paz y la alegría. Sé que lo esperan, aunque aparentemente no les guste cuando alguien se mete en sus cosas, y les roba la “santa paz”.

Sin ruido
Las personas que acuden a la formación del Opus Dei, se comprometen en diferentes incitativas a través de las cuales intentan transformar el mundo desde dentro. Sin ruido, con naturalidad, sin secreteos, pero de forma discreta.

Viviendo en el mundo, amando el mundo y comprometiéndome con lo que pasa a mi alrededor, trabajando, y ofreciendo a Dios el trabajo, la familia, el descanso, y todas las actividades diarias, quiero llevar a cabo la vocación recibida por el bautismo, mi vocación a la santidad. Y recordar a todos, a pesar de mis defectos personales, que las palabras “sed perfectos como es perfecto vuestro padre celestial” (Mt 5,48) no son sólo una figura literaria, o un hermoso ideal alcanzable por unos pocos, sino una realidad que nos afecta a todos, sin excepción.

Una reunión familiar
El 27 de Agosto de este año, la pequeña parroquia de Toruń, en Czerniewicach, celebraba su fiesta. San Josemaria, cuyas reliquias se encuentran en este templo, fue nombrado copatrón -con la Virgen-, de la parroquia. Un cuadro en la pared lateral del presbiterio lo presenta rodeado de “cristianos corrientes”; cristianos corrientes como los que se reúnen ahí mensualmente para su día de retiro, dirigido por un sacerdote del Opus Dei.

A la celebración de esta solemnidad acudió –invitado por el obispo del lugar Andrzej Suski– Don Javier Echevarría, actual Prelado del Opus Dei.

El Padre – así llaman al Prelado las personas cercanas al Opus Dei – viajó para visitar a su Familia. Se reunió con nosotros: fieles, cooperadores, y amigos del Opus Dei en la Universidad Copérnico, donde durante una hora, respondió a nuestras preguntas. Habló de cosas sencillas, pues el carisma del Opus Dei no consiste en buscar lo extraordinario, sino en buscar a la santidad en la vida corriente. ¿Hay algo más corriente y diario que la familia? El Padre habló mucho de la vida de familia, de la necesidad de encontrar tiempo para los nuestros, de preocuparse para que los matrimonios estén unidos y de fomentar la amistad con cada hijo.

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