Para los más jóvenes

Muy amigo de papá

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© Paulina Mönckeberg
© Paulina Mönckeberg
En otoño aparecían los puestos de castañas asadas; don José solía comprar un puñado y se las echaba al bolsillo. Nada más oir sus pasos junto a la puerta que se abría, Josemaría salía corriendo a su encuentro.

—¡¡Llegó papá!! ¡¡Llegó papá!!

Y antes de darle el beso de bienvenida, metía las manos en sus bolsillos en busca de alguna golosina. Don José le atrapaba la mano y Josemaría reía al descubrir aquellas castañas tan calientes que traía en el bolsillo. Luego, tomándolo en brazos le hacía una pregunta que para el niño ya era habitual:
—¿Cuánto me quieres? ¡Dilo!
—¡Mu-chos mi-llo-nes!

Alguna vez, en tono de broma, don José pedía de vuelta aquella golosina.
—¿Me la das?

Josemaría lo miraba y de mala gana estiraba su mano...

Don José reía al comprobar el inmenso cariño que el niño le tenía.
Entonces, Josemaría, metiendo con dificultad la mano en su bolsillo, renunciaba a sus pocos tesoros de escaso valor: un carrete de hilo, sin hilo; un soldado descabezado, una chapa de botella... Y aunque le costaba dar ese paso, terminaba extendiendo sonriente y satisfecho su mano.

Cada vez que podían, salían juntos por las calles de Barbastro.
Una mañana partieron a ver un avión: era uno de los primeros que se fabricaban y lo habían expuesto en la ciudad. Iba radiante, salir con papá suponía siempre una gran aventura.

De su mano, muy cogido, iba Josemaría. ¡El armatoste era increíble! El pequeño se acercó y —sin soltar a su padre—tocó el aparato, exclamando con sorpresa:

—¡Es de tela!
— Lo curioso, hijo, es que con esto se podrá viajar muy lejos y muy rápido.

Y vio reir de buena gana a su padre al escuchar cerca de ellos la inquietud de unas religiosas:

—Cuando el avión vuele sobre nuestro huerto, ¿romperá la clausura?



Paulina Mönckeberg, Vida y venturas de un borrico de noria©, 2004
Ediciones Palabra, S.A., 2004