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Testimonios

Bailando el hula-hula en busca de la santidad

Jane Reckart, madre de seis hijos, estudió ingeniería en la Universidad de Standford.

18 de febrero de 2010

Etiquetas: Libertad, Matrimonio, Trabajo, supernumerario
Aprendí del amor a la libertad de San Josemaría que no importa si soy distinta. Dios me hizo como Él quiso para un fin determinado y procuro estar abierta a sus inspiraciones. Todavía no sé cómo una ingeniera medio jamaicana, con 6 hijos y que baila el hula-hula encaja en los planes divinos. Lo que sé es que no me voy a aburrir.

Conocí un chico "muy católico"
Todo lo que sé sobre el catolicismo lo aprendí de diversas personas del Opus Dei. Estaba estudiando ingeniería en Stanford cuando encontré al hombre que, más tarde, se convirtió en mi marido. Él era del Opus Dei, pero, a los ojos de una inocente adolescente de 18 años, él era simplemente “un chico muy católico”, y no quería cerrarme a lo para él era, evidentemente, una parte importante de su vida.

Para saber más del catolicismo y poder decidir si era la fe que quería profesar, asistí a las clases de doctrina católica que impartía un sacerdote del Opus Dei. Recuerdo que salía de cada clase pensando: “Esto tiene bastante sentido. No entiendo por qué no todo el mundo es católico”. A su debido tiempo me convertí al catolicismo, pero continué recibiendo clases porque las encontraba muy útiles. Cuando me gradué en la Universidad ya era Supernumeraria del Opus Dei.

Estos enseñan algo muy interesante
Valoraba la Obra por la riqueza doctrinal que me aportaba, pero lo que me hizo pasar de pensar “estos enseñan algo muy interesante” a “quiero formar parte de esto”, fue el imperioso amor a la libertad del Fundador.

Bailando rumba o en moto
Recuerdo lo que de San Josemaría he oído varias veces, sobre cómo explicaba la vocación al Opus Dei. La versión que más me gusta es esta: Es como ir por un camino. Se trata de un único camino que lleva a Dios, pero el cómo cada uno elige recorrerlo, forma parte de nuestra libre elección. Podemos atravesarlo en línea recta o en zig-zag, haciendo volteretas, bailando rumba o en moto. Cada uno es libre de vivir el espíritu del Opus Dei de la forma que mejor se adapte a sus circunstancias individuales.

Eso fue lo que me atrajo, pues durante toda mi vida nunca antes había sentido que “encajara” plenamente en algún lugar. El sueño americano, desde luego, y la manera americana de vivir la vida, parecía haber sido diseñado para alguien diferente a mí; mi descripción no encajaba en ese estilo de vida...

Tachando siempre la casilla “Otros”
Mis padres habían emigrado a los Estados Unidos, así que seguíamos el modelo de la primera generación: teníamos acento extranjero, comíamos distinto del resto; no sólo por lo que comíamos, sino también por el modo, lo hacíamos de forma diferente a los demás, pues sujetábamos el cuchillo y el tenedor de distinta manera. Yo incluso tenía doble nacionalidad: la americana y la inglesa, porque cuando nací mi padre todavía no tenía la nacionalidad americana.
No sólo no encajaba “nacionalmente” hablando. Tampoco racialmente. Desde el punto de vista étnico, siempre tenía que tachar la casilla “Otros” cuando debía rellenar documentos oficiales, ya que mi padre es inglés de raza Caucásica, y mi madre es jamaicana, con la piel color canela. Desde luego, nada como tachar la casilla “Otros” para sentirte diferente a los demás.

Una familia un tanto "hippie"
Mientras que la mayor parte de los padres americanos se preocupaba por escalar puestos importantes, mis padres tomaron más bien una dirección algo “hippie” llevándonos con ellos a Micronesia, donde mi padre ejercía de médico del Ejército de Paz. Pasé mi niñez en el Trópico, trepando árboles de guayaba y aprendiendo a nadar en ríos, mientras mis compañeros en América montaban en patinete o en patines. Uno en esta vida no tiene necesidad de carreteras pavimentadas y ¡mucho menos! de aceras. Mientras mis antiguos compañeros de clase se dedicaban en su tiempo libre a escuchar los 40 Principales, o a ver “Los Brady” (The Brady Bunch), o a reírse tontamente en el teléfono, nosotros no teníamos ni radio, ni televisión ni teléfono. Cuando necesitaban a mi padre en el hospital, enviaban a un enfermero a mi casa a que diera un toquecito en la ventana para que mi padre acudiera.

Más tarde, nos mudamos a Hawai, donde sí que disponíamos de las “necesidades americanas”. Teníamos teléfono y una televisión aunque los shows en Hawai se retransmitían una semana más tarde que en el resto del continente, por lo que cada año veíamos los programas especiales del “Día de acción de gracias” (fiesta que se celebra el cuarto jueves de Noviembre en Estados Unidos), mientras nos preparábamos para la Navidad. En nuestra ciudad había un cine pero se utilizó para almacenar ataúdes, así que nadie se sentaba en las primeras filas. Es más, como la mayor parte de la población en Hawai es asiática, lo normal era que pusieran en el cine películas de Kung Fu. Mientras al otro lado del Pacífico, las chicas de mi edad recibían clases de ballet para mejorar su pose y elegancia, yo bailaba el hula-hula, aprendía cantos de los antiguos Hawaianos o hacía fragantes collares de flores.

Cursé mis años de Universidad en California, después de decidir que no sobreviviría a más de una hora del Océano. Incluso cuando estaba en la Universidad, no “encajaba” realmente. Era la única persona que conocía que proviniera de una familia numerosa de seis hijos. Para "empeorar" las cosas, mi familia no era ni católica, ni mormona, así que su gran tamaño era un contrasentido para todos. Os puedo contar la cantidad de veces que oía:”¿Cómo es que alguien quiere tener seis hijos si no tiene obligación?”

Incluso después de graduarme seguía sin “encajar”. Mientras que mis compañeros de clase se convirtieron en ejecutivos, doctores, y abogados que planeaban tener un hijo o dos en el futuro, yo me convertí en ama de casa con seis hijos uno detrás de otro. Y seguí bailando el hula-hula cuando la ocasión lo requería. El momento más álgido de mi carrera como bailarina fue la vez que actué tres días antes de nacer mi hijo mayor para un público especial que sabía apreciarlo.

Sé que no me voy a aburrir
Lo que aprendí del amor a la libertad de San Josemaría es que no importaba si no encajaba. No había nacido para “encajar” en los esquemas humanos. Dios me hizo como Él quiso para un fin determinado y mi papel como cristiana consiste en estar abierta a sus inspiraciones de manera que se realice en mi vida lo que Él quiere de mí. De hecho, todavía me cuesta averiguar cómo una ingeniera medio jamaicana medio inglesa, con seis hijos y que baila el hula-hula encaja en los planes divinos. Lo que sé es que no me voy a aburrir.

Mi camino hacia el cielo
El Opus Dei ha enriquecido mi vida increíblemente, tanto en sentido práctico como espiritual. Hablando prácticamente y mirando honestamente las estadísticas sobre el matrimonio en Estados Unidos, sin la Obra, puede ser que no hubiera seguido casada con mi marido, al que amo mucho. San Josemaría nos enseñó que el marido (o la mujer) es nuestro camino de santidad. Con esta idea en la cabeza, creo que debería ser mucho más santa ahora que antes de conocer a mi marido, o, por lo menos, esto es lo que me parece a veces. San Josemaría nos enseñó a amar los defectos de nuestros maridos, y yo quiero los de mi marido, aunque haya días que lo haga apretando los dientes. Ayuda saber que, mientras estoy apretando los dientes, él, a su vez, está tratando de veras de amar mis defectos, como cuando echo el periódico a reciclar antes de que lo haya terminado de leer, o como cuando voy silbando por la cocina y coloco la leche en la nevera -justo después que él la acaba de sacar para echársela en un vaso.

Haciendo un sandwich de mantequilla de cacahuete
Otra consecuencia práctica, es que, sin el apoyo de la Obra, no hubiera tenido estos hijos que llenan mi vida hasta los topes de amor, cosquillas y carcajadas. Toda mi vida soñé con tener una gran familia, como en la que crecí, pero no estaba preparada para ver cómo el embarazo me debilitaba. Estuve enferma, decaída y deprimida durante meses en cada embarazo. Nunca hubiera tenido más de uno o, quizá, dos hijos si no hubiera aprendido de San Josemaría que, al recibir generosamente a los hijos, incluso cuando es difícil, y, compartiendo con ellos el amor que Dios nos da, estamos construyendo la sociedad y compartiendo con Dios su obra creadora.

Cambiar pañales es también oración
Espiritualmente hablando, sin cambiar lo que hago cada día, ya sea reduciendo la montaña de ropa para lavar, conduciendo al entrenamiento de volleyball o incluso haciendo un sandwich de mantequilla de cacahuete, el Opus Dei ha dado una profundidad nueva a todo lo que hago. San Josemaría nos enseñó que nuestro trabajo no es obstáculo para pasar tiempo con Dios. Al contrario, nuestro trabajo puede convertirse en oración si lo hacemos bien y se lo ofrecemos a Él. De este modo, cuando estaba quitando la pasta de dientes de las persianas el otro día con un estropajo (prueba evidente de que alguno estuvo persiguiendo a otro con el cepillo lleno), con tal que lo hiciera por amor a Dios y no centrada en lo que iba a hacer con los niños cuando los cogiera, hacía oración. Un concepto bastante asombroso.

Ofrecer el trabajo a Cristo da sentido a todo lo que hago. Esto es importante saberlo cuando lo que hago es cambiar pañal tras pañal, a la vez que limpo toda la leche que se ha derramado, y trato de poner orden en las interminables peleas entre hermanos. Tiene que haber algo más en la vida que no sea “estrangular” a mis hijos. Lo hay. San Josemaría nos enseñó a abrazar la cruz, especialmente las pequeñas cruces que Dios nos envía cada día. Y, si encontrar un bolígrafo al que se le ha salido la tinta en la secadora -no una vez, sino tres- en varias semanas no es cruz, entonces no sé lo que es.

Una brújula para guiarme
La Obra me aporta un Norte moral para las decisiones éticas que se amontonan cada día como las malas hierbas en mi jardín. Es algo que he agradecido especialmente al tener que enseñar a mis hijos a aplicar la moral católica a sus ajetreadas vidas en el siglo XXI. Todos los padres tienen unos parámetros morales que quieren transmitir a sus hijos, pero el Opus Dei me ha ayudado a articular esos parámetros de mis hijos y a explicarles por qué son importantes. De modo que puedo decir: ”golpear a tu hermana con un Power Ranger no es que esté mal porque lo diga yo, sino porque todos necesitamos aprender a controlar nuestra ira, y de hecho ¿no es maravilloso tener una hermana que te ofrece muchas oportunidades para controlar tu mal humor?”

Aprender a enseñar
Además la Obra me ha dado seguridad para adherirme a esos principios morales, incluso cuando parece que nadie más los sigue. Esto ayuda cuando los chicos llegan a casa y por enésima vez te suplican: ”Por favor, ¿Puedo tener una Gameboy/ Nintendo/ o el aparatito electrónico del momento? ¡Soy el único de mi clase que no lo tiene! En vez de preocuparme de que yo soy la equivocada, si realmente somos la única familia en la vasta área de Tucson que no tiene el juego, puedo, con confianza, aunque a veces algo cansada, explicar que nuestro tiempo es un don de Dios, así que deberíamos emplearlo en primer lugar en hacer bien los deberes, las tareas de la casa o en conversar con la familia.

Aprendí a ser madre de mi madre. Aprendí a educar cristianamente a mis hijos de algunas amigas que eran de la Obra. Recuerdo especialmente con gratitud a una amiga, que estaba embarazada de su sexto hijo cuando yo lo estaba del primero. Me invitó a su casa para montar en trineo con sus hijos, en mi primer invierno con nieve. También me enseñó a comprar ropa de niños en tiendas de segunda mano, ya que los niños crecen y se les queda pequeña la ropa antes de que se desgaste. Todavía compramos en tiendas de segunda mano y el dinero que hemos ahorrado en ropa lo hemos gastado en un fin más útil.

La pobreza cristiana consiste, lo aprendí de San Josemaría, en no llenar el corazón con cosas, sino en utilizar los medios materiales para llevar a cabo el plan de Dios, estando, a la vez, desprendido de estos, de modo que el corazón esté totalmente libre para amar a Dios. Esto ha sido fundamental para mí cuando discuto con mis hijos adolescentes sobre por qué no pueden tener unos vaqueros de marca, o un coche que tiene menos años que ellos.

Con talentos y defectos
Aprendí que Dios nos ha dado nuestras habilidades y talentos con una finalidad y necesitamos ponerlos a su disposición para que Él los use para su plan. También aprendí que Dios no me dio ciertas habilidades y eso también tiene alguna razón.

Hablemos del trabajo de cocinar, por ejemplo. Soy una cocinera horrible, y para complicar más las cosas, Dios diseñó nuestro sistema digestivo de tal manera que necesito cocinar tres veces al día para mantener viva a mi familia. He meditado durante bastante tiempo cómo el plan de Dios puede progresar cuando tengo que tirar otra comida imposible de comer a la basura.

En primer lugar, me ayuda a ser más humilde. La humildad es una virtud un poco efímera, que puede costar aplicarla a nuestras vidas, sin mencionar el hecho de que a veces, especialmente en lo que se refiere al orgullo, soy sólo una lenta principiante. Así que, se podría decir que Dios me da tres oportunidades al día para rezar. ”Cocinar esta comida me sobrepasa y no quiero hacerla, pero con tu ayuda, y por amor a mi familia, lo intentaré de nuevo”.
En segundo lugar, he aprendido que muestro mi amor a mi familia y a Dios a través del trabajo, incluso cuando ese trabajo me resulta difícil.

En tercer lugar, mis hijos se han hecho más comprensivos al verme luchar cada día con mi falta de dotes culinarias. Han aprendido a -en vez de decir “¡aj! ¡Esto sabe asqueroso!-, darme un abrazo y decirme: “Gracias mamá por el esfuerzo que has puesto en la cena, pero la verdad es que este plato no es mi favorito.”

Quizá lo más fundamental que el Opus Dei me ha dado son los cimientos sobre los que construir toda mi vida. En el nivel más profundo, el ritmo de mi vida diaria está marcado por las prácticas de piedad que aprendí en la Obra. Ir a Misa cada día, hacer oración mental, leer un libro espiritual y rezar el Rosario son las oportunidades que tengo de llegar a Dios, darle un abrazo y darle gracias por mi marido, mis hijos y las muchas otras bendiciones que me regala. Pero estos cimientos en mi vida no influyen únicamente en mi horario, sino que lo sostienen todo. Sostienen mi visión de la familia, de mi trabajo, de mi toma de decisiones morales, e incluso el alto valor que doy a la amistad. No hay ni un solo rincón de mi vida que no se haya beneficiado de ser del Opus Dei, y por ello estaré siempre agradecida.

Women of Opus Dei: In Their Own Words, eds. M. T. Oates, Linda Ruf and Jenny Driver, publicado por Crossroad (2009)