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Relatos biográficos

¡No quiero ir al Purgatorio!

Pilar Urbano

Etiquetas: Caridad, Cielo, Enfermedad, Optimismo
Pilar Urbano, periodista y escritora, recoge en su libro "El hombre de Villa Tevere", la visita de san Josemaría a Sofía Varvaro, una joven italiana que falleció después de sufrir una gravísima enfermedad


Sofía Varvaro, con gafas, a la derecha de san Josemaría
Sofía Varvaro, con gafas, a la derecha de san Josemaría
Mayo de 1972. Mercedes Morado acaba de decirle al Padre que a Sofía Varvaro, una joven italiana del Opus Dei, le han diagnosticado un cáncer y los médicos estiman que vivirá muy poco tiempo: los meses que su cuerpo resista. Escrivá, enseguida, dice que quiere ir a verla.

Sofía está viviendo en Villino Prati, en la casa que fue de Carmen Escrivá, hermana del fundador del Opus Dei y ocupa las mismas habitaciones que ella utilizó en los últimos tiempos.

Ahora, Escrivá rememora, como en una instantánea, la muerte de su hermana y el entierro, desde Villino Prati -el hotelito de Via degli Scipioni, 276- hasta Villa Tevere.

-Ya sabéis que yo había dicho que no quería volver por aquella casa... Y no he vuelto desde entonces... ¡Son tantos recuerdos! Pero una hija es más que una hermana. No puedo dejar que Sofía se nos marche, sin verla y sin decirle unas palabricas de consuelo.

Pocos días después, el Padre va a Villino Prati. Le acompaña Javier Echevarría. En el vestíbulo esperan Teresa Acerbis e ltziar Zumalde. Ya por el pasillo, inicia la conversación con la enferma:

-¡Sofía! ... "figlia mia"!

Al llegar a la habitación le entrega una estampa de la Santísima Trinidad en la que, al dorso, con su letra amplia y vigorosa, ha escrito una breve oración.

-¿Te leo lo que pone? ¿Quieres tú ir repitiéndolo conmigo? "Señor, Dios mío, en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno".

Luego la anima a estar contenta, a ser sencilla como un niño y dejarse cuidar, a tomar los calmantes que necesite y a pedir su curación:

- ...sería demasiado cómodo irse al Paraíso. ¡Aquí hay todavía mucho trabajo!... Aunque, para nosotros, el trabajo más importante es hacer en todo la voluntad de Dios.

- Padre, cuando me dieron la noticia de lo que tenía, mi primera reacción fue de miedo... Pero no de miedo a sufrir o a morir: miedo porque yo soy una persona muy corriente, "una mezza cartuccia", de poco valor... ¡y no quiero ir al Purgatorio*!

-¡Mira ésta! ¡No quiere ir al Purgatorio!... No irás, hija mía, no irás. No debes tener miedo, porque el Señor está contigo. Además, así somos todos en el Opus Dei: ¡normales! El Señor nos ha escogido así, y nos quiere justo porque somos gente corriente. Y tú tienes que pedir tu curación porque, así como eres, debes trabajar: ¡nos haces falta! Tienes que ayudarnos mucho... Yo ahora me siento más fuerte, porque me apoyo en tí. Tú apóyate en mí ¡y no tengas miedo! Pero si el Señor te quiere allá arriba, nos tendrás que ayudar más aún desde el Cielo**.

Después de esta visita, Escrivá sigue atento al proceso clínico de Sofía. Insiste a las que la atienden más de cerca para que se vuelquen con cuidados, con cariño, y sean con ella "más que una hermana, una madre". Pide que no la dejen sola: que la ayuden cada día en las normas de piedad cristiana que se hacen en el Opus Dei; que le faciliten los calmantes necesarios, "para que esa hija mía no sufra de más".

Todavía va a visitarla otra vez, en una clínica privada de Roma, cuando su estado se ha agravado de modo irreversible. Antes de entrar en la habitación, habla con Teresa e Itziar:

-Sofía no tiene que darse cuenta de que sufrimos por ella... ¿Cuánto tiempo ha dicho el médico que puede estar una visita, para no fatigarla?... Pues, cuando pasen esos minutos, si yo no me he dado cuenta, me avisáis: quiero estar sólo lo que el médico permite.

Entra acompañado también de Javier Echevarría. Se sitúa junto a la cabecera de la cama. Desde ahí, con voz suave pero animosa, habla a Sofía de asuntos espirituales. En cierto momento, porque conoce bien el valor del dolor, le pide que ofrezca sus molestias y su quebranto físico "por la Iglesia, por los sacerdotes, por el Papa...".

-Sofía, ¿querrás unirte a las intenciones de mi misa?

-Pero, Padre, yo aquí en la cama, ya no puedo asistir a la misa...

-Tú ahora eres ¡una misa constante!, hija mía... Y yo, mañana, cuando celebre, te pondré sobre la patena.

Algo después, como Sofía comenta que cada vez resiste menos y se cansa más, Escrivá le hace la señal de la cruz en la frente y se despide.

El 24 de diciembre, charlando en Villa Sacchetti con un grupo de italianas, les pregunta:

-¿Cómo sigue Sofía? Yo, todos los días, cuando llego al ofertorio de la misa, meto en la patena a todas las hijas y los hijos míos que están enfermos o atribulados.

Sofía está en las últimas. Con suavidad pero con fortaleza, quienes la atienden y acompañan han ido estimulando su fe, su amor y su esperanza del cielo. En el tramo final, cuando reza la letanía del Rosario, al llegar a ese piropo que invoca a María llamándola "puerta del cielo", "Ianua coeli", Sofía sonríe y se interrumpe para decir: "¡ésta es la mía!". Fallece el 26 de ese mismo diciembre.

Al día siguiente Escrivá se desplaza a Villa delle Rose, en Castelgandolfo, porque así estaba previsto desde tiempo antes. Nada más entrar en el "soggiorno" de los abanicos, comenta a sus hijas:

- Como veis, hijas mías, hay movimiento en casa: están vuestras hermanas comenzando la labor en Nigeria; en estos días he dado la bendición a otra, que llegará hoy a Australia; y ayer, esa otra hija... que se nos ha ido al cielo.


El hombre de Villa Tevere, Pilar Urbano, editorial Plaza y Janés, 1994, pp. 261-264


* Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. (Catecismo de la Iglesia Católica, 1030, 1)


** El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha. Este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están en Cristo sobrepasa toda comprensión y toda representación. La Escritura nos habla de ella en imágenes: vida, luz, paz, banquete de bodas, vino del reino, casa del Padre, Jerusalén celeste, paraíso: "Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman" (1 Co 2, 9). (Catecismo de la Iglesia Católica, 1024 y 1027)

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