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Testimonios

Los sábados por la mañana, catequesis

Marcelo Sheppard, estudiante universitario, Uruguay

1 de noviembre de 2002

Etiquetas: Doctrina, Juventud, Pobreza, Catequesis
Algunos bachilleres acuden cada semana a barrios marginales de Montevideo a enseñar el catecismo a niños y adolescentes. A la vuelta del tiempo, además de recordar anécdotas, se dan cuenta que los más favorecidos son ellos mismos.

A partir de cuarto curso de liceo, en Flama, un club juvenil del Opus Dei, nos plantearon a unos amigos y a mí si queríamos colaborar en la catequesis parroquial de un barrio humilde de Montevideo. Al principio nos costó, ya que se trataba de “sacrificar” la mañana del sábado, que muchos aprovechábamos para dormir.

Nos reuníamos el día anterior para preparar el tema que explicaríamos. Eran las primeras clases que dábamos en nuestras vidas y los alumnos eran bastante dispersos, por lo que había que prepararse muy bien.

En el Flama, un centro del Opus Dei al que asistimos, nos explicaron con detalle la importancia que tenía lo que íbamos a hacer y el cariño que San Josemaría Escrivá tenía por estas actividades. Nos relataron cómo en los inicios del Opus Dei, el Fundador salía con grupos de jóvenes para enseñar doctrina cristiana en los barrios marginales de Madrid.

Comencé ayudando en la catequesis en Punta Rieles, luego en el barrio Euskalerría, y por último en el km. 14 del Camino Maldonado. En Punta Rieles una monjas nos prestaban un local anexo al convento y allí dábamos las clases. Punta Rieles queda muy cerca del barrio llamado “km. 14”, por el que hicimos un recorrido para invitar a más chicos a las clases. El sábado siguiente, los chicos del “km 14” entraron a la despensa del convento y se comieron una gelatina de frutilla que tenían preparadas las monjas para el postre. Tuvimos que buscar alguna solución: decidimos ir directamente al barrio de donde venían los que se llevaron la gelatina y dejamos a los más tranquilos en el local. Teníamos entonces dos catequesis.

El “km 14” es un asentamiento irregular. La gente vive en casas de chapa y palos, el saneamiento es muy precario y del otro lado de la calle existe un gran basural. Que el ambiente no era el mejor, lo sabíamos todos y hubo que explicar muy bien nuestras intenciones para que nos dejaran dar clases. La gente del lugar, aunque está bautizada, suele asistir a “escuelas dominicales” de algunas sectas y grupos, y a veces es difícil insistirles en que vivan coherentemente su fe.

A la primera clase fuimos cinco profesores. Dividimos a los chicos en grupos según la edad, y les dimos la clase en un campito –cerca del basural– ya que no había otro lugar disponible. Luego comenzó el fútbol. Al acabar el primer tiempo el Juancho comenzó a pegarse con Anthony por una falta no cobrada por el juez, y poco después nos echaron a pedradas, gritándonos que no volviéramos más.

Salvando las distancias, nos hizo acordar al tiempo en que San Josemaría, por el sólo hecho de llevar sotana se exponía a pedradas, especialmente cuando asistía al Hospital del Rey, en Madrid. Después de dos o tres intentos cesaron las pedradas y, con un poquito de esfuerzo y mucha gracia de Dios, los chicos se fueron preparando y algunos de ellos recibieron al Señor en la Eucaristía.

Uno se da cuenta con el tiempo del bien que les hace a los chicos la catequesis, cómo les aporta un soporte moral y de fe que no olvidarán más. Lo que nosotros a esa edad podíamos hacer por ellos no era darles trabajo o solucionarles el problema de vivienda, sino enseñarles la doctrina de Cristo.

Lo que me gustaría destacar es que los que salimos realmente fortalecidos fuimos los que dimos las clases: aprendimos de los chicos, nos dimos cuenta de la urgencia de derrotar la ignorancia que existe con respecto a la doctrina de Cristo, conocimos la miseria material en vivo y en directo y sufrimos con ellos. Todo esto nos animó a luchar para sacar adelante nuestro país.