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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer
Las pupilas que ha dilatado el amor
Como expresaba en septiembre de 1975 don Álvaro del Portillo, uno de los rasgos capitales del espíritu del Fundador del Opus Dei “era precisamente ese maravilloso engarce, en un corazón tan grande, en un alma que voló tan alto, con el amor a lo pequeño: a lo que se advierte solamente por las pupilas que ha dilatado el amor”.
Su sentido del orden, su laboriosidad y su entrega llegaron a extremos heroicos, en la primera residencia de la calle de Ferraz, antes de la guerra de España: fregar y hacer camas –cuando los estudiantes se habían ido a la Universidad, y no podían darse cuenta– fue una tarea habitual de sus mañanas. En julio de 1975, el diario ABC de Sevilla publicó la carta de una empleada del hogar, que quería dar gracias públicamente al recientemente fallecido Fundador del Opus Dei, por haberle podido escuchar palabras maravillosas sobre su trabajo, que le habían ayudado a convertirlo en un trabajo de Dios: “Usted ha sabido enseñarme que mi trabajo es santo si lo hago con perfección; que todas las profesiones son de la misma categoría si se hacen cara a Dios (...)
Padre, yo me pregunto: ¿Cómo sabía tanto de nuestro trabajo siendo una persona con tantos títulos?”.
Para que el trabajo fuera de Dios –opus Dei– antes que nada tenía que ser trabajo. Mons. Escrivá de Balaguer supo efectivamente hacer trabajo de Dios de todos los trabajos, aun los aparentemente más humildes. Dios quiso que tuviera que desempeñarlos, grabando así en su alma el carácter universal de la llamada a santificar el trabajo.
Cuando luego, después de la guerra, la Sección de mujeres del Opus Dei fue haciéndose cargo, poco a poco, de las tareas de administración doméstica de los Centros de la Obra, el Fundador podía garantizarles que había realizado personalmente antes que ellas algunas de esas labores –hacer camas, guisar, limpiar los suelos–, con la seguridad de que era algo tan importante como dar una clase en la Universidad o preparar un artículo para una revista de investigación científica.
Parece como si Dios hubiera querido que en el Opus Dei no hubiera nada teórico: todo lo que su Fundador enseñaría a lo largo de casi cincuenta años, lo había vivido antes, de un modo o de otro. Una razón más para poder exigir a los socios y asociadas de la Obra que aprovechasen el tiempo al máximo, cara a Dios, no cara a los hombres; que evitaran cualquier manifestación de “señoritismo”; que supieran también descansar, es decir, cambiar de actividad, ocupar el tiempo en quehaceres que exigen menos esfuerzo o un esfuerzo distinto al habitual; que aprendieran, en fin, a dar la vida, a darse, entregándose a Dios y a los demás –sin espectáculo– en el trabajo ordinario, convertido en servicio amoroso de Dios para el bien de todas las almas.
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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Su sentido del orden, su laboriosidad y su entrega llegaron a extremos heroicos, en la primera residencia de la calle de Ferraz, antes de la guerra de España: fregar y hacer camas –cuando los estudiantes se habían ido a la Universidad, y no podían darse cuenta– fue una tarea habitual de sus mañanas. En julio de 1975, el diario ABC de Sevilla publicó la carta de una empleada del hogar, que quería dar gracias públicamente al recientemente fallecido Fundador del Opus Dei, por haberle podido escuchar palabras maravillosas sobre su trabajo, que le habían ayudado a convertirlo en un trabajo de Dios: “Usted ha sabido enseñarme que mi trabajo es santo si lo hago con perfección; que todas las profesiones son de la misma categoría si se hacen cara a Dios (...)
Padre, yo me pregunto: ¿Cómo sabía tanto de nuestro trabajo siendo una persona con tantos títulos?”.
Para que el trabajo fuera de Dios –opus Dei– antes que nada tenía que ser trabajo. Mons. Escrivá de Balaguer supo efectivamente hacer trabajo de Dios de todos los trabajos, aun los aparentemente más humildes. Dios quiso que tuviera que desempeñarlos, grabando así en su alma el carácter universal de la llamada a santificar el trabajo.
Cuando luego, después de la guerra, la Sección de mujeres del Opus Dei fue haciéndose cargo, poco a poco, de las tareas de administración doméstica de los Centros de la Obra, el Fundador podía garantizarles que había realizado personalmente antes que ellas algunas de esas labores –hacer camas, guisar, limpiar los suelos–, con la seguridad de que era algo tan importante como dar una clase en la Universidad o preparar un artículo para una revista de investigación científica.
Parece como si Dios hubiera querido que en el Opus Dei no hubiera nada teórico: todo lo que su Fundador enseñaría a lo largo de casi cincuenta años, lo había vivido antes, de un modo o de otro. Una razón más para poder exigir a los socios y asociadas de la Obra que aprovechasen el tiempo al máximo, cara a Dios, no cara a los hombres; que evitaran cualquier manifestación de “señoritismo”; que supieran también descansar, es decir, cambiar de actividad, ocupar el tiempo en quehaceres que exigen menos esfuerzo o un esfuerzo distinto al habitual; que aprendieran, en fin, a dar la vida, a darse, entregándose a Dios y a los demás –sin espectáculo– en el trabajo ordinario, convertido en servicio amoroso de Dios para el bien de todas las almas.
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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Relación de contenidos
- Clases en la Academia Cicuéndez
- Capellán de las las Damas Apostólicas
- Millares de horas confesando niños
- Capellán de las Agustinas Recoletas del Monasterio de Santa Isabel
- Los enfermos más desamparados
- Don José María Somoano
- Todo lo tenía que hacer el Padre
- Trabajar con una sonrisa
- ¿Virtud sin orden? –¡Rara virtud!
- Las pupilas que ha dilatado el amor
- Dios creó al hombre para trabajar
- El trabajo es enfermedad incurable para los del Opus Dei
- La santificación del trabajo
- Amar el propio trabajo profesional
- El ejemplo de Jesús en Nazareth
- La santidad no es cosa para privilegiados
- Como los primeros Cristianos
- Una verdadera mentalidad laical
- La materia prima
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- 14 de febrero de 1930
- Dos borriquillos que tiran del mismo carro
- El inicio de la Sección femenina del Opus Dei
- María Ignacia García Escobar, la primera mujer del Opus Dei
- El cimiento del Opus Dei
- En la calle de Jorge Manrique
- La fundación del Opus Dei: hombres y mujeres
- La fundación del Opus Dei: La sociedad sacerdotal de la Santa Cruz
- Todos los sacerdotes del Opus Dei son hijos de mi oración
- El 14 de febrero de 1943
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