Testimonios
La silla de ruedas entró en mi vida a los 35 años
Desde una silla de ruedas
21 de enero de 2008
Hace años vi la película de un encuentro con el Fundador del Opus Dei en el Teatro Coliseo, de Buenos Aires, y hasta hoy recuerdo el impacto que me causó la intervención de una mujer, sentada en su silla de ruedas. Me sentí muy identificada con ella porque, como yo, desde su situación quería saber qué podíamos hacer los discapacitados por el Opus Dei, aparte de rezar y ofrecer a Dios nuestras limitaciones.Tuve una juventud bastante difícil, no sólo desde el punto de vista familiar, sino que me enfrenté a una enfermedad muscular progresiva que me iba quitando capacidades año a año y sin pausas.
Sentía una gran sensación de miedo frente a los diagnósticos médicos, muchas veces desencontrados y sin respuesta, buscando incansablemente una posible curación, incluso en el exterior, hasta que encontré el diagnóstico final: “polimiositis crónica”. A los 35 años la silla de ruedas entró en mi vida con todo el dramatismo imaginable.
Leyendo “Camino” cada día, fue como adquirí fortaleza y una gran disciplina.
Cuando se presentan problemas, trato de entregarlos a Dios en la oración, aunque no me faltan “desiertos de fe”, de los que soy afectuosamente rescatada en las visitas periódicas del sacerdote.
El gran desafío que se me presenta es equilibrar la sutil balanza de la “aceptación” de mis circunstancias, con el trabajo de mejorar aquello que es posible cambiar.
San Josemaría nos enseña a ser recios de carácter, pero dulces en la oración, porque así es como trata un hijo o una hija a su Padre del cielo y a la Virgen, Madre amorosa y protectora en la que siempre, aun en momentos muy difíciles, encuentro alivio y paz.
A aquella mujer que en 1974 le preguntó qué podían hacer los enfermos por el Opus Dei, el fundador del Opus Dei le contestó animándola, sobre todo, a aceptar la enfermedad con alegría. Soy consciente de que, en mi caso, no siempre lo consigo, pero me consuela recordar algo más que también dijo entonces y que, a la vuelta de los años, ha adquirido para mi un inapreciable valor. Cuando ya terminaba de dirigirse a ella, San Josemaría le dijo: “Ya te conozco lo suficiente como para tenerte mucho cariño y para saber que tengo en Argentina un alma que me ayudará a ser bueno”.
Esto es lo que desde hace años, sabiendo que me escucha, yo le pido a San Josemaría: que me ayude a ser mejor.

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