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La homilía del campus: el sentido de un mensaje

Pedro Rodríguez

Etiquetas: Amar al mundo apasionadamente, Ciudadanía, Matrimonio, Unidad de vida, Vida ordinaria, Mentalidad laical
El 50º aniversario de la Universidad de Navarra, que se cumplía a lo largo del año académico 2002-2003, hizo que emergieran en la vida universitaria los hitos más significativos que jalonan esa historia. Uno de ellos, eminente en modo muy singular, es el que da pie a esta conferencia.


En efecto, San Josemaría Escrivá, Fundador y primer Gran Canciller de la Universidad de Navarra, con ocasión de la II Asamblea de los Amigos de la Universidad, pronunció en el campus de Pamplona una ya célebre homilía que ahora, 35 años después, podemos calificar de histórica (1). Para la generación de profesores, alumnos y amigos de la Universidad que la escucharon, pasó enseguida a ser, sencillamente, la "homilía del campus", y con este nombre se la designa hoy de manera muy generalizada.

Era el domingo 8 de octubre de 1967. Josemaría Escrivá celebró la Santa Misa al aire libre, situado el altar junto a las columnas que sostienen el pórtico del antiguo Edificio de Bibliotecas. Una muchedumbre –miles de personas– se unieron a los Amigos en aquella santa celebración, ocupando la gran explanada que enmarcan el Edificio Central y el antiguo de Bibliotecas. Era un día de sol radiante. Mons. Javier Echevarría –actual Prelado del Opus Dei– y Don Alfredo García Suárez, q.e.p.d., servían la Misa que celebraba el Fundador.

Permítaseme recordar una gracia que el Señor quiso concederme: la de oficiar como diácono en aquella Eucaristía. Me correspondió, en consecuencia, proclamar el santo Evangelio que a continuación San Josemaría iba a predicar. Soy testigo de la emoción de sus ojos cuando le presenté el Libro sagrado para besarlo. Después, y durante unos treinta y cinco minutos, San Josemaría leyó con fuerza extraordinaria, con detención y pausa, el texto íntegro de la homilía, que llevaba escrita en unos folios. Mientras resonaba su voz en aquella inmensa Catedral al aire libre, se palpaba el impacto que sus palabras producían en el pueblo fiel. De aquella homilía se conserva la cinta magnetofónica y cinco o seis minutos de filmación, que constituyen una de las mejores joyas del tesoro histórico de aquella Universidad.

Quiero subrayar algo que, ya entonces, me pareció singular. Era la primera vez -y entiendo que fue la única- que Josemaría Escrivá anunciaba el Evangelio leyendo el texto de la predicación. Había leído discursos, pero no homilías. Su labor homilética, abundantísima, inolvidable, siempre fue directa, con el libro de los Evangelios en la mano; a lo más, con un pequeño guión, o alguna ficha, para ordenar las ideas. La edición ulterior de muchas de las homilías que predicó solía hacerla a partir del texto taquigráfico -o reproducido de la cinta magnetofónica-, revisado después para la publicación. Aquí, no fue así. El texto estaba escrito con puntos y comas. Más todavía. No sólo llevaba San Josemaría los folios que leyó, sino que había mandado que se imprimiera previamente el texto de la homilía, que se entregó a buena parte de los asistentes al terminar la Santa Misa (2). Los ejemplares de aquella edición primera, impresa en Madrid, son ya cosa buscada por los bibliófilos.

Si señalo estos detalles tan menudos es porque manifiestan de alguna manera la peculiar significación que el propio Fundador otorgaba a la "homilía del campus". Era su texto, evidentemente, algo que traía meditadísimo, palabra por palabra, y que quería decir en y desde la Universidad de Navarra ante la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra.

Los estudiosos del pensamiento y la doctrina de San Josemaría han puesto de relieve, una vez y otra, la riqueza teológica de la doctrina contenida en este texto, en la que les parece encontrar, de manera especialmente sintética y compendiada, los aspectos más centrales del mensaje espiritual del Fundador del Opus Dei. Puedo darles un dato en este sentido, o tal vez sea sólo una impresión mía, pero la contrasté con muchos de los participantes. La homilía del campus fue el escrito de San Josemaría más citado en las sesiones plenarias del Congreso sobre Josemaría Escrivá, Roma 2002. Los estudios sobre esta homilía, con ocasión del citado Congreso y después han sido numerosos. Permítanme aludir tan solo al texto dado a conocer en abril del pasado año por el filósofo y teólogo de la Universidad de Lovaina André Léonard, actualmente Obispo de Namur. Lo que ha retenido su atención y da título y cuerpo a su estudio es la sugestiva y paradójica expresión “materialismo cristiano”, con la que los editores franceses titularon la primera edición en aquella lengua de la homilía del campus.

1. El título de la homilía
Una primera aproximación al mensaje de la homilía nos la ofrece, en efecto, la titulación que se le fue dando en las distintas ediciones. La edición príncipe carecía de título específico. Lo mismo debe decirse de las ediciones del original castellano que hicieron las revistas "Palabra" y "Nuestro Tiempo" (3). Por las mismas fechas, en cambio, otras dos revistas europeas -"La Table Ronde", de París, y "Studi Cattolici", de Milán- ofrecieron a sus lectores traducciones adornadas con una titulación propia, por lo demás claramente intencionada: la primera, "Le matérialisme chrétien" (4); la segunda, "Amare il mondo apassionatamente" (5).

Ambas titulaciones señalan, como digo, aspectos importantísimos de la homilía (6). Sin embargo, a la hora de captar el núcleo doctrinal de nuestro texto, no nos dispensan, sino que nos incitan a la detenida lectura del texto mismo. Y lo voy a hacer de esta manera: no yendo directamente a los contenidos de la homilía, sino rastreando primero su estructura, el fluir de las ideas y del lenguaje que las expresa.

2. El mensaje de la homilía
He aquí un breve esquema interno de la homilía, que a la vez puede servir como guía de lectura (7):

1. Punto de partida: Introducción eucarística (113a-113b)

2. Desarrollo de la homilía:

a) línea ascendente (113c - 115); tres tesis:

1ª —"La vida ordinaria en medio del mundo –de este mundo, no de otro– es el verdadero lugar de la existencia secular cristiana" (113c- 113d)

2ª —"Las situaciones que parecen más vulgares, arrancando desde la materia misma, son metafísica y teológicamente valiosas: son el medio y la ocasión de nuestro encuentro continuo con el Señor" (113f - 114a)

3ª —"No hay dos vidas, una para la relación con Dios; otra, distinta y separada, para la realidad secular; sino una única, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser santa y llena de Dios" (114d - 115)

b) la cumbre: "vivir santamente la vida ordinaria" (116a-116c)

c) línea descendente (116d - 122); tres puntos:

—“vuestra actuación como ciudadanos en la vida civil” (116d -118a)

—excursus sobre los Amigos de la Universidad de Navarra (118b - 120f)

—“el amor humano, el amor limpio entre un hombre y una mujer” (121 -122)

3. Conclusión: Paso a la profesión de Fe y a la Eucaristía, misterio de Fe (123a-123g)

Debemos decir ante todo que se trata de eso, de una homilía, y que el predicador concibe, por tanto, su servicio como un anuncio de los magnalia Dei, que van a tener su momento culminante -dice- "en esta impresionante Eucaristía que hoy celebramos en el campus de la Universidad de Navarra" (113a). En el seno de ese caminar litúrgico hacia el Cuerpo y la Sangre de Cristo, San Josemaría Escrivá va a entretejer el cuerpo de su homilía, sin perder en ningún momento el marco eucarístico. Esta intencionalidad de todo el discurso se hará especialmente vibrante en las palabras finales, cuando llame a los fieles a la fe:

"Fe viva en estos momentos -decía-, porque nos acercamos al mysterium fidei (1 Tim 3, 9), a la Sagrada Eucaristía; porque vamos a participar en esta Pascua del Señor, que resume y realiza las misericordias de Dios con los hombres".

El cuerpo de la homilía arranca precisamente de la "significación escatológica" del sagrado misterio. Pues bien, el discurso expositivo de ese cuerpo doctrinal, también desde el punto de vista del fluir de las ideas, se nos aparece como la escalada de un monte: tiene un desarrollo que es, primero, ascendente; después, “se hace cumbre” y luego desciende por la otra ladera. El predicador va razonando y proponiendo su mensaje de manera que al terminar el párrafo 116b, puede considerarse terminada también la ascensión: está ya adquirido lo esencial del patrimonio de doctrina que quiere inculcar a los fieles. Poco antes había dicho que lo que acababa de exponer era "doctrina de la Sagrada Escritura, que se encuentra -como sabéis- en el núcleo mismo del espíritu del Opus Dei" (116a). Es ése el momento en que se divisa plenamente el paisaje. Estamos en la cumbre:

"En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...".

El texto impreso señala aquí unos puntos suspensivos. La pausa que hizo el predicador en la lectura los reflejó con toda exactitud. El párrafo inmediato se inicia con una pausada repetición:

"Vivir santamente la vida ordinaria, acabo de deciros. Y con esas palabras me refiero a todo el programa de vuestro quehacer cristiano".

Ahí comienza, en efecto, el descenso: desde ahí San Josemaría irá desgranando las consecuencias prácticas de la doctrina espiritual hasta entonces elaborada, en dos etapas principales: la primera, "vuestra actuación como ciudadanos en la vida civil" (116d a 118a), y la segunda, "el amor humano, el amor limpio entre un hombre y una mujer" (121 y 122); entre ambas se sitúa un interesante excursus, sobre diversas cuestiones doctrinales relacionadas con el momento histórico concreto (libertad ciudadana, carácter secular de la Universidad de Navarra y de las obras apostólicas del Opus Dei:118b a 120f). Ese descenso es también lineal hasta llegar al encuentro con Cristo en la Eucaristía, con el que terminó su predicación.

Pero, para captar mejor el mensaje, volvamos a la frase que se repite en la "cumbre" -en ese tránsito de los párrafos 116b y 116c-, porque ella es la que designa el tema de la homilía y la zona más central de su mensaje, su contenido más radical:

"vivir santamente la vida ordinaria".

Con esa expresión quiere referirse el autor, según sus propias palabras, a

"todo el programa de vuestro quehacer cristiano".

Eso es, pues, lo que Josemaría Escrivá quiso exponer en la homilía del campus: qué es la santificación de la vida ordinaria y corriente de un hombre o de una mujer cristianos. El análisis literario del texto muestra que, efectivamente, esa expresión es la dominante a lo largo de toda la homilía, constituyendo como su eje doctrinal.

Por eso, no será inútil hacer el elenco de los pasajes en que aparece (8), pues son todos de una gran densidad.

En la que hemos llamado fase ascendente y antes de llegar al citado tránsito 116b-c, encontramos la expresión en dos lugares.

—El primero se encuentra después de la descripción de los elementos de aquel templo singular, que era en aquellos momentos el campus de la Universidad. Decía:

"¿No os confirma esta enumeración, de una forma plástica e inolvidable, que es la vida ordinaria el verdadero lugar de nuestra existencia cristiana?" (113f).

—El segundo ofrece esta tajante formulación:

"No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca" (114f).

En la cumbre (116b-c) acuña, como hemos visto, la expresión vivir santamente la vida ordinaria, que adquirirá un sentido técnico en el resto de la homilía.

En el descenso aparece la expresión en contextos muy notables. Especialmente relevante el primero:

"Se ve claro que, en este terreno como en todos [está hablando de la actuación social y política], no podríais realizar ese programa de vivir santamente la vida ordinaria, si no gozarais de toda la libertad, etc." (117b).

Josemaría Escrivá nos ofrece aquí, como vemos, una fórmula aún más acabada para captar el contenido esencial de su homilía y vuelve a usar por segunda vez el término "programa" -en esta ocasión más en el sentido de "proyecto"- para referirse a ese "vivir santamente la vida ordinaria" que está predicando a los fieles.

El segundo pasaje sirve para introducir otra dimensión importante de ese "programa":

"Y ahora, hijos e hijas, dejadme que me detenga en otro aspecto -particularmente entrañable- de la vida ordinaria. Me refiero al amor humano, al amor limpio entre un hombre y una mujer" (121a).

La conclusión de una homilía es, pastoralmente, el momento en que se subraya e intensifica, cara al Misterio, lo que ha sido el mensaje del predicador. Por eso no es de extrañar que en ese breve espacio, que los liturgistas llaman "paso al rito", aparezcan los tres últimos pasajes que nos interesan. El primero de ellos es el inicio mismo de la conclusión:

"Debo terminar ya, hijos míos. Os dije al comienzo que mi palabra querría anunciaros algo de la grandeza y de la misericordia de Dios. Pienso haberlo cumplido, al hablaros de vivir santamente la vida ordinaria: porque una vida santa en medio de la realidad secular -sin ruido, con sencillez, con veracidad-, ¿no es hoy acaso la manifestación más conmovedora de las magnalia Dei (Eccli 18, 4), de esas portentosas misericordias que Dios ha ejercido siempre, y no deja de ejercer, para salvar al mundo?" (123a).

Es evidente que aquí es el mismo autor de la homilía el que nos dice cuál ha sido el tema de su predicación: "vivir santamente la vida ordinaria". Interesante subrayar que San Josemaría estimaba que predicar y difundir este "programa" es hoy, según sus palabras, la forma más conmovedora de anunciar la grandeza y la misericordia de Dios.

Poco después el predicador comenzaba su vibrante llamada a la fe, con la que acabará la homilía, porque

"sin la fe [decía], falta el fundamento mismo para la santificación de la vida ordinaria" (123d).

Las últimas palabras, ya ante el Misterio inminente, son éstas:

"Fe, finalmente, hijas e hijos queridísimos, para demostrar al mundo que todo esto no son ceremonias y palabras, sino una realidad divina, al presentar a los hombres el testimonio de una vida ordinaria santificada, en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y de Santa María" (123g).

Nuestras consideraciones sobre la estructura del texto nos han llevado a esta conclusión. Según Josemaría Escrivá, el objetivo de su homilía era exponer los rasgos fundamentales de lo que es la vida ordinaria santificada de un hombre o de una mujer cristianos. Un título de la homilía no paradójico, sino temático, pero tomado también de las expresiones mismas del predicador, sería, pues, el que hemos visto: "Vivir santamente la vida ordinaria". O también esta otra fórmula, perfecta, que acabamos de encontrar en la conclusión de la homilía: "Una vida santa en medio de la realidad secular".

Tras la sencillez de estos títulos y de este tema, el Fundador de la Universidad de Navarra estaba proponiendo en realidad, en sus rasgos hondos, lo que podríamos llamar, ya con nuestras palabras, su "teología de la secularidad cristiana". Es decir, en la homilía del campus se encuentra una comprensión de la Revelación divina y de la misión de la Iglesia -y, por tanto, del cristiano- en la que la tarea histórica del hombre, en sus grandes y en sus más pequeñas realizaciones terrenas, aparece plenamente redimida, asumida e integrada en la dinámica de la salvación. Esa comprensión se construye y se manifiesta, sobre todo, como es lógico, en lo que he llamado "línea ascendente" de la homilía. La "línea descendente" será obtener consecuencias y explicitar y hacer entender en la práctica lo ya fundamentalmente adquirido en el ascenso. A esa comprensión se dedica la segunda parte de esta conferencia.

3. Tres tesis sobre la secularidad cristiana
El Fundador del Opus Dei construyó su homilía como una reflexión en torno al doble binomio espíritu / materia y espiritualismo / materialismo. Y sobre él va a sentar las que nos parecen ser las tres tesis fundamentales de su discurso. En ellas se condensa su mensaje. Veámoslas.

a. Tesis 1ª. Sobre el "lugar" de la existencia cristiana

"La vida ordinaria en medio del mundo –de este mundo, no de otro– es el verdadero lugar de la existencia secular cristiana"

El punto de partida de todo su discurso fue, como Vds. recuerdan, la descalificación de los falsos espiritualismos, es decir, de una falsa noción de lo espiritual. Quería Josemaría Escrivá salir al paso de un equívoco que ha comportado graves consecuencias históricas: la existencia cristiana entendida

"como algo solamente espiritual -espiritualista, quiero decir-, propio de gentes puras, extraordinarias, que no se mezclan con las cosas despreciables de este mundo, o, a lo más, que las toleran como algo necesariamente yuxtapuesto al espíritu, mientras vivimos aquí" (113c).

Según el Fundador del Opus Dei, para esta concepción "el templo se convierte en el lugar por antonomasia de la vida cristiana". La consecuencia es clara: "ser cristiano es, entonces, ir al templo, participar en sagradas ceremonias, incrustarse en una sociología eclesiástica, en una especie de mundo segregado, que se presenta a sí mismo como la antesala del cielo, mientras el mundo común recorre su propio camino" (113d). Ya se perfilan aquí las antinomias espíritu / materia, mundo eclesiástico / mundo común, templo / vida ordinaria, etc., que son características del "monismo" espiritualista. La descalificación teológica y pastoral de estas actitudes tiene en la homilía una desusada solemnidad y es previa a toda argumentación:

"En esta mañana de octubre, mientras nos disponemos a adentrarnos en el memorial de la Pascua del Señor, respondemos sencillamente que no a esa visión deformada del Cristianismo" (113e).

El argumento en que va apoyar la "tesis" -que claramente entiende compartida por aquella inmensa asamblea- no es deductivo, sino existencial. Remite a los oyentes a que consideren la experiencia cristiana que están viviendo en aquella liturgia:

"Reflexionad por un momento en el marco de nuestra Eucaristía: nos encontramos en un templo singular".

Y el predicador va nombrando lo que teníamos ante nuestros ojos: el campus, las Facultades universitarias, la maquinaria que levantaba los nuevos edificios, la Biblioteca, el cielo de Navarra... A partir de ahí, el Fundador del Opus Dei llega a ese primer punto de condensación de su discurso que hemos llamado primera tesis: La vida ordinaria, verdadero lugar de la existencia secular cristiana. Esta sencilla afirmación, que será glosada y explicada de las formas más diversas a lo largo de la homilía, contiene in nuce toda su teología de la secularidad (9).

b. Tesis 2ª. Sobre el valor y la dignidad de la materia

Llegados a este punto, nos sale al paso la segunda tesis, que podemos formular así:

"Las situaciones que parecen más vulgares, arrancando desde la materia misma, son metafísica y teológicamente valiosas: son el medio y la ocasión de nuestro encuentro continuo con el Señor"

En efecto, San Josemaría avanza en su exposición mostrando, ahora positivamente, lo que los espiritualismos ignoran o niegan: el valor de la materia. Esta segunda parte de la ascensión, desde el punto de vista del vocabulario, se inicia en las últimas líneas del n. 113: "Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres" (113f). Aquí encontramos por vez primera en la homilía la palabra "materia", que reaparecerá abundantemente en la sección.

La idea central ahora es que esa "vida ordinaria", de la que venía hablando en los párrafos precedentes, ese "lugar" de la existencia cristiana, comprende en su seno también las realidades "materiales" y sólo se acaba de entender desde la estimación positiva de la "materia". Esa positiva estimación es el presupuesto metafísico y antropológico de la teología de la secularidad cristiana que el Gran Canciller iba desgranando en el campus. No puede, pues, extrañarnos la desusada intensidad con que, dentro de la brevedad de la homilía, se detuvo a tratar este punto. Siguiendo su habitual manera de afrontar el tema, fundamentó su tesis en el relato bíblico de la Creación del mundo en su realidad material y espiritual: "Yaveh lo miró y vio que era bueno" (114a). El hombre está hecho de materia y espíritu y Dios lo ha puesto a vivir en medio de las realidades materiales (10).

"Materia", en el lenguaje de nuestra homilía, es un término utilizado para nombrar, desde su dimensión más humilde –desde la ignobilior pars–, toda la gama de lo "ordinario", la totalidad de lo "corriente", que debe ser santificada y llevada hasta Dios. Es, en efecto, un lenguaje que desde sus bases metafísicas se abre e incluye las realidades más antropológicas . De ahí que las fórmulas sean normalmente enumerativas: "Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana" (114a), "a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales" (114c), hay que devolver "a la materia y a las situaciones que parecen más vulgares..." (114d). En resumen: la posición metafísica y teológica de la "materia" en el discurso de Josemaría Escrivá es ésta: su dignidad -la dignidad de la materia- radica precisamente en su relación con el espíritu, en su capacidad de servir al espíritu y de ser penetrada por él, encontrando en ese servicio su verdadero destino. La tarea de recuperar el "noble y original sentido" de las realidades materiales viene descrita por el Fundador del Opus Dei precisamente con esta expresión: "espiritualizarlas”; no, ciertamente, en el sentido de los espiritualismos, que se avergüenzan de lo material, sino en este otro bien preciso: hacerlas participar del destino del espíritu. O lo que es lo mismo en términos soteriológicos: hacer "de ellas medio y ocasión de nuestro encuentro continuo con Jesucristo" (114e).

Para la comprensión de esta segunda tesis hemos de reparar en que San Josemaría tenía siempre en el fondo de su exposición esa gran ley de la economía salvífica, que podríamos formular así: en la vida cristiana, todo es, a la vez, don y tarea, indicativo e imperativo, regalo divino y responsabilidad humana. El aspecto "tarea" es el formalmente subrayado en el párrafo que acabo de transcribir. Pero ese imperativo es posible y tiene sentido porque la realidad misma que buscamos nos ha sido dada por Dios: en la economía de la gracia, el imperativo se basa siempre en el indicativo. Dicho de otra manera: la tarea de buscar a Cristo es posible sólo porque El, graciosamente, se nos ha dado y se nos da: "Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos" (Mt 26, 28). Volviendo a nuestro discurso: la lucha que San Josemaría Escrivá nos propone para transformar la materia en "medio y ocasión" del encuentro con Cristo se basa en que el Señor ¡está allí!:

"en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día" (114b). El don y la tarea se recubren hermosamente en esta fórmula:

"hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir" (114b).

"Os aseguro, hijos míos, que cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios" (116b).

Aquí el don y la tarea aparecen fundidos en la vida real del cristiano, cuya vida en medio de las realidades seculares comienza a ser ya "una vida escondida con Cristo en Dios" (Col 3, 3). Pero aquí estamos ya en el campo de la tercera tesis.

c. Tesis 3ª. Sobre la "unidad de vida" del cristiano

"No hay dos vidas, una para la relación con Dios; otra, distinta y separada, para la realidad secular; sino una única, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser santa y llena de Dios"

La tesis sobre la "unidad de vida", como las otras dos que la preceden, tiene en nuestra homilía su contexto inmediato también en el análisis del falso espiritualismo, cuya falsa solución a la relación cuerpo espíritu es calificada en nuestra homilía con una palabra fuerte, bien conocida por los psicólogos: "esquizofrenia". Se ha provocado en grandes sectores de los fieles cristianos una especie de esquizofrenia espiritual, ante la que Escrivá reacciona con fuerza. El pasaje merece ser reproducido en su tenor literal:

"¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales" (114d).

Quizá la fórmula más acabada para describir esta dinámica unificante de la vida sea ésta, que viene a continuación:

"Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir" (114b).

Aquí está, tal vez, el punto culminante de la tercera tesis: la unidad entre la vida de relación con Dios y la vida cotidiana -trabajo, profesión, familia- no viene desde fuera, sino que se da en el seno mismo de esta última, porque aquí, en la vida común y corriente es donde se da ese algo santo, que cada uno debe descubrir.

4. El sentido de un mensaje
La doctrina que Josemaría Escrivá expuso en el campus de la Universidad de Navarra -así lo dijo allí- está "en el núcleo mismo del espíritu del Opus Dei" (116a). Por tanto, no era nueva: era la que venía predicando desde el 2 de octubre de 1928, cuando el Señor le hizo "ver" la Obra (11). Ahora la vuelve a exponer para que los oyentes la comprendan -dice- "con una nueva claridad" (114b). Doctrina esta, por lo demás, no sólo originaria, sino constantemente enseñada, como aparece subrayado en la alusión al "repetido martilleo" con que había predicado siempre "que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día" (116b). Esto es evidentemente así. Pero Josemaría Escrivá nunca entendió ese mensaje espiritual, que Dios le inspiró con fuerza imborrable, como una especie de aerolito que se incrusta inmóvil en la tierra, sino como una semilla que crece fecundada por la gracia de Dios. Por eso, en el mensaje del 2 de octubre del 28 fue siempre profundizando el Fundador a lo largo de toda su vida. Y lo iba siendo por el camino que viene testificado por la vida de la Iglesia y, sobre todo, por la vida de los santos. Josemaría Escrivá, en efecto, ahondó en el mensaje del 2 de octubre a través de las luces ulteriores -con alguna frecuencia de carácter extraordinario (12) - que Dios le concedió, y de manera más ordinaria, a través de una constante reflexión sobre el mensaje mismo, realizada en el contexto de su experiencia espiritual e histórica: los acontecimientos de la vida de la Iglesia y de la Obra y, en general, de la historia humana, tal como los percibía, le brindaban la materia indispensable para el ejercicio de su responsabilidad, también de su responsabilidad ante el tesoro que Dios había puesto en sus manos.

Cuando Josemaría Escrivá predicó al aire libre en el campus de nuestra Universidad, estaba casi recién acabado el Concilio Vaticano II. La Constitución Lumen Gentium había proclamado, con una solemnidad sin precedentes, la llamada universal de los cristianos a la santidad; por su parte, la Constitución Gaudium et Spes había subrayado la bondad originaria del mundo y el valor del trabajo humano a la hora de comprender las relaciones del mundo con la Iglesia. Dos temas, el de ambas Constituciones conciliares, que estaban ya en el centro del mensaje del 2 de octubre de 1928 y que en los años que siguen a la fundación del Opus Dei apenas si eran comprendidos por unos pocos. Este era el contexto eclesial inmediato de nuestra homilía: lo que había provocado en los años treinta del pasado siglo -entonces no tan lejanos- sospechas, incomprensiones, e incluso acusaciones de desviación doctrinal y herejía, era ahora doctrina conciliar. A mi parecer, este respaldo del Concilio Vaticano II y el clima de Gaudium et Spes ayudan a comprender el lenguaje y el estilo argumentativo con que el Fundador del Opus Dei abordó en esta ocasión la temática tantas veces predicada. Ese respaldo le permitía expresarse con un lenguaje teológicamente incisivo, casi polémico, que subraya las antítesis, lo que le confiere una fuerza pedagógica extraordinaria, que facilitaba que la doctrina quedara firmemente grabada en los oyentes.

Por otra parte, aquel octubre de 1967 está a un paso ya de aquel evento cultural conocido como "mayo del 68", en el que se juntaron un cúmulo de utopías y de desencantos. El curso académico 1967-68 fue un curso inolvidable. En el orden de la vida eclesial están ya dándose, de manera creciente, las manifestaciones de una interpretación secularista -así la llamó Pablo VI- del Concilio Vaticano II, con la tremenda crisis que provocó: primero, en el ámbito de las Ordenes y Congregaciones religiosas; desde ahí, en el clero secular; derivadamente, en la vida del entero Pueblo de Dios. Fue Louis Bouyer el que diagnosticó, a mi entender de forma certera, esta secuencia (13). Era la época en que resonaba en los ámbitos eclesiásticos de toda Europa la teología anglosajona de la secularización. Era la época en que el Honest to God de John A.T. Robinson divulgaba esta radical secularización del Cristianismo, que dejaba sin respiración a significativos sectores del clero y preparaba el éxodo en los seminarios españoles (14), y en que la revista Time dedicaba su Cover Story a la "teología de la muerte de Dios" (15). Era ésta, a la vez, la época del dominio marxista en las universidades europeas y del diálogo con el marxismo como único horizonte intelectual digno de los cristianos...

Si traigo a colación estos recuerdos históricos, es porque son el contexto de lo que oímos en el campus aquella mañana de octubre y, sin ellos, se pasa sobrevolando el humus cultural y teológico de aquel mensaje. El Gran Canciller de la Universidad de Navarra, predicando en el campus de su Universidad y en contra de lo que podría esperarse, no situó dialécticamente su homilía "frente a" esas falsas teologías de la secularización, sino que su palabra se movió críticamente -ya lo he apuntado- frente a posiciones de signo opuesto: en concreto, frente a una "tradicional" deformación de lo cristiano que podríamos calificar de clerical, sacralizante y falsamente piadosa. Fue desde esta posición dialéctica como San Josemaría anunció la novedad del Evangelio. Ofreció en aquella memorable Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra no un ataque al secularismo sino una profunda óptica cristiana para la comprensión de la secularidad. Perspectiva, ésta, llena de amor y fidelidad a la Iglesia, que superaba radicalmente, sin nombrarlos, tirando por elevación, los planteamientos de una falsa secularización.

5. Treinta y cinco años después
Han pasado 35 años desde aquel evento. Las circunstancias contextuales a las que acabo de aludir, que bajo otros aspectos han sufrido tan profundos cambios en estos siete lustros, no han hecho sino redoblar, a veces de manera devastadora, la presión secularista sobre las propuestas y los valores cristianos. Las graves consecuencias en el orden de la cultura, de la familia, de la vida social y, en general, a la hora del respeto a la vida humana bien las conocen Vds., que las sufren en su carne y en la de sus seres más queridos. Por eso parece inevitable esta pregunta: ¿Cómo habría planteado hoy San Josemaría la homilía del campus? ¿Se habría dejado impresionar ante el oleaje “globalizante” de la descristianización? ¿Habría, en consecuencia, “reconsiderado” su “estrategia”, buscando ahora no tanto la inserción de los cristianos en el mundo sino “espacios sagrados” en los que pudieran los cristianos ejercitar una especie de “derecho de asilo”? ¿Habría mirado el templo con otros ojos, viendo en él el baluarte protector desde el que hacer “incursiones” en el mundo común para “salvar almas”?

Ya se dan cuenta de que, en rigor, estoy planteando un futurible y por tanto algo que en sentido propio no tiene respuesta. Cada uno puede hacerse su composición de lugar. Yo, personalmente, les diré lo que pienso. Y lo que pienso es que San Josemaría no hubiera tocado una coma en el texto de su homilía, que por algo lo trajo escrito de la primera a la última palabra. Toda la investigación y el estudio del pensamiento de Josemaría Escrivá que, como les decía a Vds., se ha suscitado con ocasión de su Centenario y de su Canonización, ve esta homilía como un texto profético para el mundo de este tercer milenio, el mundo del Duc in altum.

Pero no podemos olvidar algo que me parece de la máxima importancia en nuestro análisis, y es que la homilía del campus presupone la catequesis cristiana. Quiero decir que el discurso de San Josemaría en aquella ocasión apuntaba a fundar la secularidad de la vida cristiana partiendo de la base de que su auditorio tenía asumidos los conceptos radicales de la identidad cristiana. Por eso, no se ve en la necesidad de hablar en la homilía del Bautismo, fuente de la identidad del cristiano en la Iglesia y, por tanto, de la vida que ha de ser vivida en esa secularidad que Josemaría Escrivá quiere hacer comprender. Y es que el Bautismo, los dones de la gracia, los sacramentos: todas estas realidades constitutivas del ser de la Iglesia y de lo cristiano son el presupuesto, continuamente subyacente en la homilía, de todo el discurso sobre la secularidad. La manera que el Fundador del Opus Dei tiene de hacer gravitar en el campus estas realidades es, como hemos visto, el marco eucarístico en que se mueve la homilía. La Eucaristía, que es el centro y la raíz -como él mismo dijo- de todo en la Iglesia y en el cristiano, es el permanente punto de referencia de todas las reflexiones que en este texto se contienen.

La demolición de los fundamentos de la vida cristiana a la que propende la cultura contemporánea hace que hoy haya mucha gente que se declara –al menos en las encuestas– cristiana y que carece de formación básica en materia de fe. Esto es fundamental a la hora de utilizar la “homilía del campus”. Sin la vida de Cristo en el alma, el mundo "material" se hace opaco e impenetrable. Dicho positivamente y con la palabra misma del predicador: "cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios" (116b). Sólo desde Cristo y la vida de la gracia se desempeña con amor lo pequeño y el mundo común se convierte en "epifanía" de Dios. En definitiva, para entender la secularidad cristiana hay que tener fe en Jesucristo y querer vivir con arreglo a esa fe. Por eso, los hombres y las mujeres de fe que viven en medio del mundo –en la secularidad cristiana– tienen como primera exigencia de esa fe hablar de Dios en los distintos ambientes: hablar de Jesucristo, de su misericordia y de sus sacramentos. Es un deber que, en estos inicios del tercer milenio, no podemos posponer y mucho menos olvidar.

El texto de la homilía del campus, con sus análisis y sus propuestas, leído hoy, muestra en efecto la extraordinaria vigencia de aquellos planteamientos. Precisamente la presión a la que el oleaje secularista somete a la vida cristiana pone de manifiesto, también en su máxima tensión, el temple humano y el formato espiritual que Dios quiere dar –y por tanto exige– a las mujeres y a los hombres de los que habla Josemaría Escrivá. La homilía del campus adelantó, en más de diez años, el Non avete paura que hizo emblemático Juan Pablo II y que tiene que ser relanzado en la nueva evangelización a la que hemos sido convocados por este anciano juvenil que es el Sucesor de Pedro.

Termino con la esperanza de que San Josemaría no encuentre demasiado inadecuadas las consideraciones que he hecho sobre sus palabras inolvidables.


Conferencia pronunciada en el Aula Magna de la Universidad el 18 de enero de 2003 en la sesión organizada por la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra.


Notas
(1) De esta homilía me ocupé de manera más extensa en el capítulo titulado Vivir santamente la vida ordinaria del libro AA.VV., Josemaría Escrivá de Balaguer y la Universidad, Prólogo de Álvaro DEL PORTILLO, Eunsa, Pamplona 1993, pp. 225-258. A él remito con frecuencia en estas notas
(2) HOMILÍA | pronunciada por el Excmo. y Revmo. Sr. | MONS. JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER | Gran Canciller de la Universidad de Navarra | durante la Misa celebrada en el campus de la | Universidad, con ocasión de la Asamblea General de la Asociación de Amigos | 8 de octubre de 1967 | PAMPLONA | MCMLXVII, 16 págs. Está impresa en E.M.E.S.A., Madrid. Es de notar la belleza tipográfica de esta edición. Hay otras ediciones exactas, hechas también por la Universidad, que se diferencian de la primera en el pie de imprenta de la última página. Ahora dice: GRAFINASA, Pamplona.(3)"Palabra" nº 27 (1967) pp. 23-27 reproducía qua talis el título descriptivo de la edición príncipe. "Nuestro Tiempo" 28 (1967) pp. 601-609 incluyó la homilía en su cuaderno de diciembre de ese mismo año, de carácter monográfico, donde se titula sencillamente: "Homilía del Gran Canciller".
(4) "La Table Ronde", nª 239-240, noviembre-diciembre 1967, pp. 231-241.
(5) "Studi Cattolici", nº 80, noviembre 1967, pp. 35-40.
(6) Ver sobre este tema mi estudio citado en nota 1, pp. 229-232.
(7) El texto de la homilía se incluye como último capítulo (nn. 113-123) en el libro Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, publicado en 1968 por Rialp y traducido a numerosos idiomas. Esta edición de Conversaciones es la más usual: a ella refiero las citas de la homilía poniendo entre paréntesis el número marginal correspondiente (y una letra cuando el número marginal comprende varios párrafos).
(8) Al hacer este elenco subrayaremos en los textos la expresión que comentamos. La cursiva por tanto no pertenece al texto original.
(9) Vid. mi estudio citado en nota 1, pp. 241-243.
(10) Vid. ibidem, pp. 244-249.
(11) Vid. sobre el tema J. L. ILLANES, Dos de octubre de 1928: alcance y significado de una fecha, en AA.VV., Mons. Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Pamplona 1985, pp. 65ss.
(12) Una de esas ocasiones, especialmente significativa, fue el 7 de agosto de 1931. Vid. sobre el tema P. RODRÍGUEZ, Omnia traham ad meipsum. El sentido de Juan 12, 32 en la experiencia espiritual de Mons. Escrivá de Balaguer, en "Romana", 7 (1991) pp. 331-352.
(13) Vid. L. BOUYER, La descomposición del Catolicismo, Madrid 1974.
(14) La traducción española del libro de Robinson es de 1967.
(15) Vid. Time, 8 de abril de 1966.