San Josemaría Escrivá
La Vida

La expansión apostólica

Etiquetas: Enfermedad, Fe, Formación, Opus Dei, Plan de Vida
De 1946 a 1960 el Opus Dei comenzó la labor apostólica en diversos países: Portugal, Italia, Gran Bretaña, Francia, Irlanda, Estados Unidos, Kenia, Japón, son sólo algunos.

Durante los trabajos de  construcción de Villa Tevere
Durante los trabajos de construcción de Villa Tevere
Fueron años de dolor físico, la diabetes era para el Padre, causa de fortísimos sufrimientos. Vivía con un constante dolor de cabeza, tenía mucha sed, sobrepeso y otras disfunciones caprichosas propias de esa enfermedad. Cada día tenía que inyectarse altas dosis de insulina. Pero no perdía su talante alegre. Y bromeaba sobre su exceso de azúcar en la sangre:
“Deberían llamarme Pater dulcissimus”.

Abril de 1954. San Josemaría residía ya desde hacía años en Villa Tevere, la Sede Central del Opus Dei, en viale Bruno Buozzi, y la diabetes que sufría se había agudizado. Todas las semanas se le hacían análisis y, a pesar del régimen alimenticio tan riguroso que observaba, y de la alta dosis de insulina que se le aplicaba diariamente, el resultado era cada vez más negativo. El 27 de abril, siguiendo las instrucciones del médico, Álvaro del Portillo le puso una inyección de insulina. A continuación bajaron al comedor.

De repente, sentado ya en la mesa, sufrió un shock, e inmediatamente pidió la absolución a don Álvaro.

—Álvaro, dame la absolución.
—Pero, Padre, ¿qué dice? —preguntó don Álvaro, sin comprender qué pasaba.
—¡La absolución!
Como don Álvaro no entendía, san Josemaría comenzó a decir la fórmula de la absolución —ego te absolvo...— y se desvaneció.
Era un shock anafiláctico. Tras darle la absolución, don Álvaro intentó que tomara algo de azúcar y avisó rápidamente al médico. Cuando éste llegó, ya empezaba a recobrarse, aunque se había quedado ciego. La ceguera le duró algunas horas, le quedaron sólo algunas secuelas de la enfermedad que había sufrido durante diez años, pero ya no era diabético, estaba completamente curado. Había sido una caricia de su Madre la Virgen en el día de la fiesta de Montserrat.

Villa Tevere, la sede romana

En la sede de Roma, en viale Bruno Buozzi —que también había comprado sin recursos, confiando en la providencia de Dios y con el estímulo de varias personalidades de la Santa Sede—, se vivía en medio de obras. Al principio se tuvieron que instalar en el pequeño edificio de la portería, que llamaban il pensionato, donde no había ni camas. Ahora el proyecto de la casa iba tomando forma. Una casa, decía el Fundador, no lujosa pero sí duradera, precisamente por amor a la pobreza: Villa Tevere.

En 1946, algunos fieles del Opus Dei comenzaron la labor apostólica en Portugal, Italia y Gran Bretaña. En 1947 fueron a Francia e Irlanda. En 1949 y 1950, a Estados Unidos, México, Chile y Argentina; en 1951, a Venezuela y Colombia; en 1952, a Alemania; en 1953, a Perú y Guatemala; en 1954, a Ecuador; en 1956, a Uruguay; en 1957, a Brasil. Mientras tanto se había comenzado en Austria, Canadá, Kenia y Japón.

Entre los padres de un hijo suyo irlandés
Entre los padres de un hijo suyo irlandés
La Obra arraigaba bien en esos lugares tan diversos, como una demostración de que era cosa de Dios. Y llegaba gente de todas partes provenientes de ambientes culturales y sociales muy diversos. Surgía la necesidad de proporcionar una formación más eficaz. Así, en 1948, en condiciones muy precarias, erigió el Colegio Romano de la Santa Cruz, y el 12 de diciembre de 1953, el Colegio Romano de Santa María, donde se formarían a partir de entonces en el corazón de la Iglesia y del Opus Dei, cientos de personas.

Los cooperadores del Opus Dei

Se cumplió también durante ese período otro deseo de san Josemaría: contar entre los cooperadores del Opus Dei con personas no católicas e incluso no creyentes. “El Opus Dei, desde que se fundó —decía en una entrevista—, no ha hecho nunca discriminaciones: trabaja y convive con todos, porque ve en cada persona un alma a la que hay que respetar y amar. No son sólo palabras; nuestra Obra, con la autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no católicos, cristianos o no”. Así que san Josemaría podía decir -bromeando pero con mucho respeto- a Juan XXIII: “Yo no he aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad”, porque los no católicos e, incluso los no cristianos podían ser cooperadores de la Obra antes de su pontificado.

Cuando los hombres y las mujeres marchaban para comenzar la labor apostólica en un nuevo país, el fundador les transmitía su fe, su confianza en la Providencia, y les alentaba con solicitud paternal. En muchos casos pudo preparar el terreno apostólico personalmente, a costa de realizar largos viajes, en los que daba a conocer a las autoridades eclesiásticas el espíritu del Opus Dei, antes de que llegaran los primeros fieles a ejercer su profesión en aquel nuevo país.

Por países de Europa

En 1945, Sor Lucia, la vidente de Fátima, pidió a san Josemaría que el Opus Dei comenzase lo antes posible en Portugal. En 1949, el Cardenal Faulhaber le recibió calurosamente en Baviera, y le solicitó los comienzos de la labor apostólica en tierras de Alemania.

El Fundador recorrió numerosas ciudades europeas como Zürich, Basilea, Bonn, Colonia, París, Amsterdam y Lovaina, preparando esa labor. Estuvo en Viena cuando se veía todavía por las calles a las fuerzas militares de la antigua URSS.

Durante un viaje a Inglaterra
Durante un viaje a Inglaterra
En la capital de Austria comenzó a rezar por aquellos países de la entonces llamada Europa Oriental, que habían quedado bajo el poder comunista tras la segunda guerra mundial, con una jaculatoria que repetiría miles de veces en su vida: Sancta Maria, Stella Orientis, filios tuos adiuva!, ¡Santa María, Estrella del Oriente, ayuda a tus hijos! Viajaba en un coche muy incómodo y las carreteras estaban en mal estado por el reciente conflicto bélico, pero alegraba el viaje a sus acompañantes con su amable conversación y entonando canciones. Con frecuencia dirigía la meditación en el coche, comentando las palabras del Señor: Yo os he elegido para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca.

No faltaba nunca durante esos viajes apostólicos, una visita a los santuarios marianos más conocidos. Estuvo también durante esos años —finales de los cincuenta, comienzos de los sesenta— en Inglaterra, donde conoció sus famosas ciudades universitarias. Esperanzado, escribía en sus cartas: “Si nos ayudáis, vamos a trabajar firme en esta encrucijada del mundo: rezad y ofreced, con alegría, pequeñas mortificaciones”.

En agosto de 1958, cuando caminaba por las calles de Londres, al ver aquel ambiente cosmopolita, con personas provenientes de naciones tan diversas e instituciones consolidadas desde hacía tantos siglos, se preguntó cómo podía llevar la realidad eclesial aún tan joven del espíritu del Opus Dei, a tantos países. Experimentó vivamente el peso de su personal debilidad.
—Yo no puedo, Señor, yo no puedo —exclamó en su oración.
—Tú no puedes —le hizo comprender el Señor en el fondo del alma—, pero Yo sí.

Un día en Roma

En Roma
En Roma
En Roma, su vida discurría de forma ordenada —era ordenado por temperamento y se esforzaba por cultivar esa virtud por amor a Dios y caridad con los demás—: rezaba, trabajaba en las tareas de dirección y de impulso apostólico del Opus Dei, y recibía a muchas personas que deseaban verle —unas del Opus Dei y otras no—, a las que procuraba acercar al Señor.

Se levantaba temprano, hacía media hora de oración mental junto con el grupo de hombres que vivían en Villa Tevere, la Sede Central del Opus Dei. Luego celebraba la Santa Misa con gran devoción: el sacrificio eucarístico era el centro y la raíz de sus afanes de cada día y de su vida entera. Tras el desayuno, sencillo y frugal, daba una ojeada a la prensa. Habitualmente encontraba una noticia que le llevaba a unirse íntimamente con Dios en oración, para reparar, para dar gracias o para encomendar a las personas de aquél suceso.

A continuación, trabajaba junto con Álvaro del Portillo, entonces Secretario General del Opus Dei, en diversas cuestiones: planes apostólicos y de formación cristiana, iniciativas de servicio a la Iglesia, respuestas a cartas que le llegaban de todo el mundo.

Luego venían las visitas, y tras la comida tenía un rato de tertulia familiar con sus colaboradores. Al terminar, regresaba al trabajo, a la oración, al rezo del Rosario, a la preparación de diversos escritos, viendo almas detrás de aquellos documentos y papeles.