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Relatos biográficos

La alegría junto al fundador del Opus Dei

Jose María Casciaro

Etiquetas: Alegría, Buen humor, Caridad
La alegría de don Josemaría Escrivá y de los miembros de la Obra me impresionó profundamente desde mi primer contacto con el Opus Dei. Lo que yo observaba no era algo meramente natural. San Josemaría había dejado escrito: "La alegría que debes tener no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre-Dios" (Camino, 659). Muchísimas veces, entonces y después, le oí al Fundador de la Obra una frase breve, que resumé la raíz más honda de la alegría: "Que estén tristes los que no saben que son hijos de Dios".

San Josemaría, como consta por las investigaciones biográficas realizadas, fue un hombre alegre desde los primeros tiempos en que sintió que Dios le pedía algo -y él era generosísimo en no negarle nada de lo que le pedía-. Su persona rebosaba y contagiaba esa alegría sobrenatural. Estar cerca de él, convivir en tertulias, escuchar su predicación era siempre estimulante. Fue muy exigente en el cumplimiento de las virtudes cristianas, pero esa exigencia estaba impregnada de humanidad y de buen humor. Cuantos le han tratado testimonian que se pasaba muy bien junto a él, al mismo tiempo que se profundizaba en las urgencias de la lucha por la santificación cristiana, no sólo en un plano general y teórico, sino a la hora de la aplicación al detalle concreto de cada jornada, de cada momento. En medio de las contradicciones que Dios quiso que padeciera para forjar reciamente su alma, Josemaría Escrivá era un hombre a la vez profundo, serio y divertido, porque vivía en cada instante de la fe y del amor de Dios. Entre los muchos carismas sobrenaturales que Dios le concedió, estaba también su buen humor y su gracia humana al decir las cosas.

«Pepe, te estás poniendo como una canica»
Se me viene a la memoria una pequena anécdota (de casi diez años después del tiempo que estoy narrando): ocurrió a comienzos de 1952, no muchos meses después de mi ordenación sacerdotal. Hacía poco que había llegado yo a Roma y, a mis 28 años, tenía lo que se dice un buen apetito. La pasta asciutta, cocinada en diversas formas, desde los spaghetti hasta los maccheroni, base de la alimentación en Italia, me engordó ostensiblemente, de modo que la sotana, confeccionada meses antes, resaltaba la «curva de la felicidad».

En un momento en que me encontraba de pie, frente al Padre, me dijo con tono jovial: "Pepe, te estás poniendo como una canica". De manera amable, con buen humor, no dejaba de ser una advertencia clara de que moderara mi apetito, en otras palabras, que viviera mejor la templanza en la comida.

Tal alegría sobrenatural no fue patrimonio de unos años ya pasados, sino que sigue vigente, después de mas de sesenta y cinco años del nacimiento de la Obra, y tenemos la firme esperanza de que, con la gracia de Dios, seguirá calentando serenamente los corazones de tantos hombres y mujeres que sigan la enseñanza de San Josemaría: "Quiero que estés siempre contento, porque la alegría es parte integrante de tu camino. -Pide esa misma alegría sobrenatural para todos" (Camino, n. 665).

Varias veces oí decir a San Josemaría, explicando el ámbito sin límites de la alegría sobrenatural, está frase mas o menos al pie de la letra: "Padre, y si me abren la cabeza, ¿también tendré que estar alegre? -Sí, hijo mio, también, porque entonces es señal de que Dios quiere que la lleves abierta".

Sobre la alegría que me impresionó tanto al tratar al Fundador y a los primeros de la Obra he reflexionado después algunas veces. La encuentro en perfecta sintonía con lo que sabemos de los primeros seguidores de Jesucristo, tal como San Lucas nos la describe en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Cfr., por ejemplo, Act 2,46-47); y con los escritos cristianos de comienzos del sigio II. Recuerdo, entre éstos, por citar uno sólo, el Pastor de Hermas. A lo largo de este libro corre un aire de alegria que brota del personaje principal y de todos cuantos integran sus visiones. Es mas, tal júbilo acompaña, precisamente, a Hermas tras su conversión y su lucha sincera por perseverar y adelantar en el ejercicio de las virtudes, no obstante sus debilidades (Cfr. El Pastor de Hermas, Visión I, 2,3).

Caridad y cariño
En una meditación de aquellos meses le oí predicar algo que se me quedó grabado. Se refería a la historia de una mujer joven, enferma, cuidada por unas buenas religiosas. Cuando un sacerdote fue a visitarla para atender espiritualmente su alma le preguntó como se encontraba. Ella respondió que bien, que estaba muy bien atendida y que no le faltaba nada, pero añadió: «Aquí me tratan con caridad, pero mi madre me trataba con cariño». El Padre tomó pie de esta pequeña historia para explicarnos como era nuestra fraternidad en la Obra: llena de amor sobrenatural, de caridad, pero empapada de cariño humano, cariño verdadero, sacrificado, sin gazmoñerias, pero que sale del corazón, que está en los detalles grandes y pequenos, que trasluce el calor al mismo tiempo fraternal, paternal y materno. Tal amor divino-humano configura no sólo la convivencia entre los miembros de la Obra, sino que les da el colorido, la alegría de vivir, la confianza en el arropamiento de los demás, cuando uno se siente necesitado; evitando siempre delicadamente las intromisiones en el terreno de la profesión, de exclusiva responsabilidad personal.

Desde luego esta manera de entender y de practicar la fraternidad me causó honda sensación de seguridad junto al Padre y mis hermanos, desde la primera hora hasta el momento en que escribo estas cuartillas. Se vivió en los comienzos de la Obra, al calor de la presencia física del Padre, y se sigue viviendo al calor de su legado espiritual y humano, en algo que constituye como una herencia familiar. Pero tal sensación no es ciertamente sólo mía, sino que ha sido percibida por quienes han tratado directamente a San Josemaría y a sus hijos espirituales. Es lo que, por ejemplo, le ocurrió a mi madre con «los amigos de Pedro».


Vale la pena, Rialp Madrid 1998

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