Documentación
Artículos y Estudios
Identidad cristiana y configuración del mundo
Antonio Aranda

1. Introducción: fundamentos teológicos
Las raíces teológicas de la luz fundacional otorgada a Josemaría Escrivá de Balaguer deben ser buscadas, a mi entender principalmente en la doctrina de la creación y de la redención en el Verbo, conforme se encuentra revelada en el cuarto Evangelio y en la enseñanza paulina. San Juan desvela, en efecto, en unas breves palabras del inicio de su Evangelio (cfr. Jn 1,1-3), el nexo que corre entre el Verbo que estaba en Dios, y era Dios, y la creación de todas las criaturas en él y por medio de él. No cabe ahondar en el mensaje fundacional de san Josemaría sin meditar en lo que en esos párrafos se da a conocer respecto al significado cristológico del mundo. Pero es la doctrina de San Pablo acerca del misterio del Redentor, tal como es formulada sobre todo en las Cartas a los Romanos, a los Efesios y a los Colosenses, la que ilumina con mayor claridad el trasfondo teológico del mensaje. Su mejor síntesis se encuentra en la fórmula de Ef 1,10: «recapitular en Cristo todas las cosas, las de los cielo y las de la tierra», con la que el Apóstol da a conocer el misterio de la voluntad divina referida a la plenitud de los tiempos. En el Hijo de Dios encarnado, como se lee en Col 1,16-17, fueron creadas todas las cosas en los cielos y sobre la tierra: «Todo ha sido creado por él y para él. Él es antes que todas las cosas y todas subsisten en él». Y justamente en Cristo, en su misterio redentor la entera creación ha sido reconciliada con Dios («por medio de su sangre derramada en la Cruz» (Col 1,20), dirá el Apóstol).
Ahora bien, siguiendo el hilo de la teología paulina, la reconciliación con Dios ha de llegar a las demás criaturas por medio del hombre reconciliado. Dios había entregado la guía y el perfeccionamiento de la creación material al hombre, y éste la arrastró consigo a la oscuridad y al sinsentido del pecado. Las criaturas sufren todavía por causa de aquella violencia y esperan su redención efectiva, que ha de llegar a través de la manifestación de los hijos de Dios (cfr. Rom 8,19-24), configurados con el Primogénito (8,29), llamados a ser en él –podemos concluir nosotros con san Josemaría– «alter Christus, ipse Christus» (1)
En el escenario de la creación y de la redención en el Verbo encarnado, escenario de la plenitud de los tiempos en que la Iglesia desarrolla su misión, se desenvuelve la presente economía de la salvación. En él y al servicio de dicha misión hizo Dios brotar el Opus Dei por medio de Josemaría Escrivá. Y el Fundador, tomando ocasión de la citada doctrina paulina de la recapitulación en Cristo de todas las cosas, y apoyado en la certeza del espíritu recibido, escribe: «Hay que unirse a El por la fe, dejando que su vida se manifieste en nosotros, de manera que pueda decirse que cada cristiano es no ya alter Christus, sino ipse Christus, ¡el mismo Cristo! Instaurare omnia in Christo (...) (Eph. I, 10); informar el mundo entero con el espíritu de Jesús, colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas. Si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Ioh. XII, 32), cuando sea levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí»
Las múltiples realidades que se encierran en la acción de configurar cristianamente el mundo, conforme al espíritu del Opus Dei, están presentes en ese pasaje. Ahí está mencionado el sujeto de la acción: el cristiano corriente, «alter Christus, ipse Christus»; ahí está señalado el modo de llevarla secularmente a cabo; ahí queda también indicada la finalidad por la que vale la pena realizarla: levantar en alto a Cristo sobre la tierra para que atraiga hacia Él todas las cosas.
2. Poner en el seno del mundo el fermento de la Redención
La misión apostólica del cristiano sólo admite ser concebida como una activa y eficaz participación en la misión redentora de Cristo y en la misión evangelizadora de la Iglesia. Sus horizontes propios se identifican, en consecuencia, con los del encargo confiado por el Maestro a sus discípulos cuando llega su hora de volver al Padre: «Id, pues, y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). El encargo incluye, pues, diversos aspectos –ir, hacer discípulos, bautizar, enseñar–, que dan razón de la misión evangelizadora de los cristianos en la historia, de configurar el mundo con el espíritu de Cristo.
Tal ha de ser también la sustancia de la misión del cristiano en el Opus Dei, que habrá de llevarla a cabo conforme a su peculiar vocación, es decir, de acuerdo con su condición de «cristiano corriente» en medio del mundo con la misión de «poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas» (3). Las claves para un análisis teológico de su naturaleza y de los modos de su ejercicio se hallan impresas en los dones vocacionales que ha recibido, esto es, dentro del espíritu de Opus Dei. Vamos a limitar nuestro estudio a dos de dichas claves, a nuestro entender las más específicas, que son su plena secularidad y su realización por medio de la santificación del trabajo cotidiano. De acuerdo con nuestro objetivo final las estudiaremos desde la perspectiva de la fuerza configuradora del mundo que las acompaña.
Como puerta de entrada, y al mismo tiempo como marco de nuestra reflexión, dejamos constancia de estas palabras orientadoras de san Josemaría: «Los hijos de Dios no debemos desentendernos de las actividades terrenas, en las que nos coloca Dios para santificarlas, para impregnarlas de nuestra fe bendita, la única que trae verdadera paz, alegría auténtica a las almas y a los distintos ambientes. Esta ha sido mi predicación constante desde 1928: urge cristianizar la sociedad; llevar a todos los estratos de esta humanidad nuestra el sentido sobrenatural, de modo que unos y otros nos empeñemos en elevar al orden de la gracia el quehacer diario, la profesión u oficio. De esta forma, todas las ocupaciones humanas se iluminan con una esperanza nueva, que trasciende el tiempo y la caducidad de lo mundano» (4).
En la enseñanza del Fundador del Opus Dei hay una intensa conciencia de la voluntad salvífica divina, o dicho de otro modo, un sentido muy vivo de la obra redentora de Cristo. La luz del misterio del Salvador ilumina hasta la raíz el pensamiento del Fundador, que muestra a partir de ella una particular fecundidad a la hora de expresar el significado de la vocación cristiana: «Abrazar la fe cristiana es comprometerse a continuar entre las criaturas la misión de Jesús» (5) . He aquí el verdadero punto focal de la vocación del cristiano corriente: continuar la misión de Jesús. El cristianismo está caracterizado por la impronta de una misión redentora, que ya quedó consumada en la Cruz y en la gloria del Resucitado, pero que ha de continuar realizándose «hasta que llegue la hora del Señor» (6) . ¿Cómo ha de continuar haciéndose? Ciertamente, según ha sido concebida por la misericordia de Dios, es decir, como algo ya definitivamente acaecido en el acontecimiento de Cristo, pero que ha de acaecer todavía en cada tramo de la historia, a través de la Iglesia, en el corazón de los hombres y en la entraña de la creación material. «Cada generación de cristianos ha de redimir, ha de santificar su propio tiempo, (...) comprender y compartir las ansias de los otros hombres, (...) darles a conocer, con don de lenguas cómo deben corresponder a la acción del Espíritu Santo» (7) : ese es el contenido de la misión corredentora, que alimenta a su vez de significado la vocación del cristiano corriente. Se trata de un punto importante en el pensamiento de san Josemaría, que insistirá en que hemos de «considerarnos corredentores con Cristo, de salvar con Él a todas las almas, porque somos, queremos ser ipse Christus, el mismo Jesucristo, y Él se dio a sí mismo en rescate por todos» (8).
Conciencia, pues, de misión y de misión formalmente corredentora. ¿Cómo expresarla conforme al espíritu del Fundador? Los específicos acentos puestos por él son muy precisos: se trata de «santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención» (9) . Ese llevar al mundo el fermento de la Redención quiere decir para san Josemaría: «informar el mundo entero con el espíritu de Jesús, colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas. Si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Ioh. XII, 32), cuando sea levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí» (10) . En esta exaltación y atracción se encuentra escondida una poderosa luz fundacional.
3. La fuerza configuradora de la secularidad
¿Cómo podrá desarrollar un «cristiano corriente», uno más entre sus iguales, esa inmensa tarea de levantar en alto sobre la tierra la Cruz del Salvador? La fuerza está, y ahí habrá de buscarla, en la entraña de su personal y específica vocación-misión. Fijémonos en una de sus claves
esenciales: la plena secularidad (11).
En la enseñanza de san Josemaría es habitual la mención a la plena secularidad de su espíritu fundacional y de todo lo que en él se inspira, como son, por ejemplo, la vida espiritual de los fieles, laicos y sacerdotes, del Opus Dei; las actividades apostólicas que promueven; etc (12) . Como hemos estudiado en otro contexto (13) , la secularidad del espíritu del Opus Dei es concebida por el Fundador como una propiedad justamente fundacional: originaria, plena, definitoria, no derivada, no amoldada a posteriori a las características de sus fieles, no añadida: algo en definitiva que él asocia al contenido de las luces carismáticas fundacionales. Los ejemplos podrían multiplicarse; basten por ahora estas concisas y explícitas referencias: la plena secularidad («nuestra plena secularidad», escribe el Fundador) es «característica esencial» del espíritu del Opus Dei (14) ; «la condición secular de los miembros del Opus Dei no es un simple ropaje jurídico: es una característica real y esencial» (15) ; la secularidad, «empapa todo el modo de nuestra acción apostólica, tanto individual como colectiva» (16) ; «la secularidad, en el Opus Dei, no es una máscara; es algo que pertenece a la esencia misma de nuestro camino» (17).
No se trata, pues, para san Josemaría de un elemento accidental de su espíritu (como podría ser el caso, por ejemplo, de una espiritualidad no secular adaptada externamente al estilo o condición de vida de unos laicos y de unos sacerdotes seculares), sino de algo que, por pertenecer a su misma sustancia, permite definirlo. El énfasis puesto por el Fundador en la sustancia secular del hecho teológico y pastoral del Opus Dei -esto es, de la vocación-misión que caracteriza el existir cristiano de sus miembros–, es un punto digno de reflexión antes incluso de plantearse estudiar su contenido doctrinal o sus características teológicas. Lo es más aún, a mi entender, si se tiene en cuenta lo infrecuente del tratamiento de la temática de la secularidad como elemento esencial de la espiritualidad cristiana en la literatura ad hoc del primer tercio del siglo pasado (el Opus Dei nace en 1928), e incluso en la del periodo 1940-1960, ventenio donde se sitúa la mayor parte de los textos sobre los que principalmente estamos aquí trabajando. La enseñanza de san Josemaría, en cambio, insiste en subrayar las dimensiones positivas de la secularidad como noción cristiana, así como a revalorizar, principalmente en el plano espiritual y pastoral, su esencial influjo en la conformación de la existencia cristiana.
La noción teológica de secularidad comporta una visión afirmativa del mundo manifestada como amor a la entera creación, cuyo destino ha sido irrevocablemente puesto por querer divino en dependencia del nuestro. Incluye, en efecto, no sólo referencia al mundo por parte del hombre (su ser y su estar en el mundo), sino también, y ante todo, la comprensión del significado del mundo como creación y don de Dios al hombre, realidad amada a causa suya e inseparablemente de él. A la luz del misterio del Verbo encarnado el mundo debe ser contemplado no como una realidad simplemente exterior al hombre sino como el hogar material que le acoge y acompaña, el hogar de los hijos de Dios en Cristo, que en el mundo y junto con él, llevándolo consigo, se encaminan hacia su destino trascendente, es decir, hacia la casa del Padre, lugar de la plena y eterna comunión. Estos elementos de la doctrina revelada no deben ser descuidados a la hora de tematizar ciertas nociones teológicas que, como la de secularidad, ayudan a penetrar en los estratos profundos de la cosmovisión cristiana, y ofrecen por esa misma razón un firme punto de apoyo al entender y al existir del discípulo de Cristo que se afana en configurar el mundo según el espíritu del cristianismo.
En la idea de secularidad que late en el pensamiento de san Josemaría –más como efecto de los dones carismáticos concedidos que como punto de llegada de consideraciones teológicas personales–, se entrecruzan diversos elementos doctrinales, todos ellos necesarios y ninguno suficiente en solitario. Captados en unidad cabría expresarlos así:
a) la afirmación del mundo en su objetividad, en su consistencia ontológica, en su revelada razón creatural de ser que es la manifestación del amor y de la gloria de Dios, puntos todos ellos centrales de la intelección cristiana del mundo y de la relación del hombre con él;
b) la comprensión del amor al mundo por parte del cristiano como participación (y, en ese sentido, también manifestación) del amor con que Dios lo ama en el Verbo, por quien ha sido hecho y en quien subsiste;
c) la comprensión del mundo como don entregado originariamente al hombre –no heterogéneo con su propia condición creatural y con la finalidad de su condición de imagen divina– para que lo condujera a cumplimiento a través de su propio obrar, esto es, a través del trabajo, que es su modo personal de entrar en relación con la naturaleza y el devenir de la criatura impersonal;
d) la proclamación del deber cristiano de edificar en Cristo el mundo, reconduciendo la entera creación hacia el destino previsto en el plan divino, lo que significa a la luz del misterio del Verbo encarnado la responsabilidad de rescatar y remodelar el mundo con el sello glorioso de la Cruz.
e) la secularidad cristiana, en fin, ha de ser entendida sin desproveerla de su esencial dimensión sacerdotal, inseparable de los anteriores elementos en su mutua relación; su principal fuente de intelección es la comprensión del amor redentor de Cristo como amor sacerdotal al hombre y al mundo, fundado en su amor filial al Padre y realizado en la tierra a través de la donación de su propia existencia.
Sobre esos presupuestos, la noción cristiana de secularidad abre una privilegiada vía de acceso al significado teológico –significado en Cristo– de las realidades creadas en su interrelación e interdependencia, y de su destino –el cielo nuevo y la tierra nueva (cfr. Apoc 21,1)– ligado al del hombre. Quizás no haya sido ésta una vía suficientemente explorada por la inteligencia cristiana, y quizás también subsiste por ese motivo una cierta insuficiencia nocional respecto de ella, así como un cierto déficit (filosófico, teológico y canónico) en el estudio de otras nociones cristianas en relación con la de secularidad. Cabe desear y alentar en este sentido el desarrollo de una auténtica teología de la secularidad, en la que no se prescindiera de la peculiar luz que ella misma arroja sobre otras realidades. Las grandes nociones, por ejemplo, de la espiritualidad cristiana, constantemente repensadas a lo largo del tiempo, pedirían ser nuevamente visitadas desde una perspectiva coherente con la esencial dimensión secular de la creación y de la redención en el Verbo encarnado. Ese camino permitiría expresar también con mayor profundidad el contenido y el significado del mensaje cristiano de salvación, y ayudaría a desarrollar un diálogo serio con el pensamiento no cristiano acerca de las cuestiones humanas esenciales, contribuyendo del mejor modo posible a la evangelización.
Los textos de san Josemaría ayudan a ello, aunque más que de la noción de secularidad en general o en abstracto –es decir, más que de los perfiles intelectuales de la noción– dan sobre todo razón de qué significa configurar cristianamente el mundo, y de cómo hacerlo desde el espíritu plenamente secular del Opus Dei. Esa es la misión del cristiano del Opus Dei, uno más entre sus iguales como «ciudadano de la ciudad de los hombres», pero también «otro Cristo», «con el alma llena del deseo de Dios» (18). En el pensamiento del Fundador esos dos aspectos –que considerados por separado no necesitarían de la referencia al otro para estar dotados de significado propio– forman necesariamente unidad, y sólo así son expresivos de su espíritu fundacional.
Lo encontramos perfectamente formulado en una frase concisa y elocuente de san Josemaría: «Somos una inyección intravenosa, puesta en el torrente circulatorio de la sociedad, para que vayáis –hombres y mujeres de Dios– (...) a inmunizar de corrupción a todos los mortales y a iluminar con luces de Cristo todas las inteligencias» (19). Todo en ese texto, cada aspecto de la realidad humana que menciona, es esencialmente secular; todo se concibe en sus términos naturales: la sociedad, los flujos vitales que la conforman, las gentes que la pueblan, las inteligencias que la mueven... El cuadro que describe, al ser contemplados esos aspectos desde Cristo, esto es, desde la perspectiva de la economía salvífica, desborda –sin mudar de escenario y sin cambiar las claves seculares de su realidad– de contenido apostólico y cristiano. «El torrente circulatorio de la sociedad» es así, tal cual es, y sin salir de él –ni siquiera para volver luego a entrar–, el objetivo de la misión del cristiano, que por cristiano y porque aquel torrente vital es su lugar nativo, es capaz de redimirlo con Cristo desde dentro. Sin salir de su sitio en la Iglesia y en la sociedad, ese alter Christus está capacitado para conformar cristianamente las realidades cotidianas al entenderlas y vivirlas desde dentro con intencionalidad secular: respetando la naturaleza –la verdad– de las cosas y viendo en ellas, y en los dinamismos de relación que las engloban, ocasiones irrepetibles de «realizar el espíritu de Cristo» (20).
Este es el profundo sentido de la secularidad cristiana y de su fuerza configuradora. «La fe en Cristo, –dirá san Josemaría– ilumina nuestras conciencias, incitándonos a participar con todas las fuerzas en las vicisitudes y en los problemas de la historia humana» (21). De una historia, cabe concluir, que se escribe día a día, más aún, que cada cual ha de escribir en las páginas abiertas de su existencia presente, de su vida cotidiana. Las vicisitudes y los problemas de la historia se materializan para ese ciudadano común, que es también un cristiano, en situaciones reales y concretas que Josemaría Escrivá exhorta a vivir, por pequeñas y corrientes que parezcan, como «ocasión de un encuentro con Cristo y etapa de nuestro caminar hacia el Reino de los cielos» (22). Encontrar a Cristo en esos entornos de realidad cotidiana significa encontrarlo ante todo en uno mismo, y saberlo traer a esa situación «viviendo cristianamente entre nuestros iguales, de una manera ordinaria pero coherente con nuestra fe», siendo allí «Cristo presente entre los hombres» (23). En ese entorno de la cotidianidad se engloban «todas las encrucijadas de la tierra» (24), entendidas en su más estricta condición terrena como objetivo de un obrar cristiano secular, que en su propio realizarse configura cristianamente el mundo al tiempo de edificarlo.
San Josemaría llama desde esa luz de la secularidad del cristiano a «santificar todas las realidades limpias de nuestra vida» (25) , a «santificar la sociedad desde dentro» (26) . La meta, en cierto modo inabarcable con el pensamiento, es sin embargo concreta; y tan real como el propio existir cotidiano: «todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas»(27) , «todos los senderos de la tierra» (28) , han de quedar abiertos mediante las obras del cristiano al amor de Dios. No hay fronteras para esa misión corredentora. Se ha de extender «hasta los últimos rincones del mundo» (29) , «hasta los últimos confines» (30) , pues nada hay en el mundo del hombre –salvo el pecado– ajeno (y en ese sentido impermeable) al mensaje cristiano que proclama el amor paterno de Dios y la «Realeza de Cristo» (31) , que con tan singulares tonos resuenan en el mensaje del Opus Dei.
La fuerza configuradora de la secularidad del alter Christus es propiamente, y reafirmamos así lo que venimos diciendo, la que se desborda sobre la creación desde su mismo sujeto, desde su persona y su existir de hijo de Dios y ciudadano del mundo, a través de su obrar libre y responsable. Son sus obras cristianamente seculares las que, insertas por la gracia del Espíritu Santo en la acción santificadora del Salvador, mientras edifican –como les es propio– el mundo respetando la naturaleza de las cosas y desarrollando sus potencialidades, van también santificándolo en Cristo: lo conducen hacia el Padre con la intención de darle toda la gloria.
Estas últimas ideas nos ponen ante la cuestión del trabajo santificado en el espíritu del Opus Dei, realmente la más central de nuestro tema, y clave a su vez la más profunda, a nuestro entender, de toda la doctrina espiritual de san Josemaría.
4. La fuerza configuradora del trabajo santificado
Al preguntarnos por el contenido de la expresión «trabajo santificado» en la enseñanza del Fundador del Opus Dei –y más aún al preguntarnos, como es el caso, por la fuerza configuradora del mundo que se desprende del trabajo santificado del alter Christus– hemos de ser conscientes de que entramos en las aguas más profundas del espíritu fundacional y, en consecuencia, en la zona más interesante de estas reflexiones (32) . Para situarse adecuadamente ante la cuestión es oportuno aludir desde el principio, aunque suponga una cierta anticipación de contenidos, a la que a mi entender es la auténtica puerta de entrada al estudio del binomio «trabajo-santificación» según el espíritu del Opus Dei.
En dicho binomio se ponen en relación dos conceptos de gran densidad antropológica, que admiten diversas vías de acercamiento y de tratamiento intelectual. La nuestra ha de ser de naturaleza teológica, y de modo más preciso teológico-espiritual, para no alejarnos del plano en el que están situados los textos que estudiamos. Así, pues, nos aproximamos a esos conceptos y al estudio de su mutua relación en el espíritu de san Josemaría por el camino de su significado cristiano básico, o lo que es lo mismo a través de las claves primarias de interpretación ofrecidas por la doctrina revelada y manifestadas por la Iglesia. Eso quiere decir que accedemos principalmente a esas nociones –como el propio san Josemaría, cuya inteligencia cristiana antes que por ésta o aquella teología está estructurada por la doctrina de fe– desde la perspectiva de su significado en la economía de la salvación, esto es, leídas ya y concebidas según la hermenéutica cristológica a la que nos inclina y nos habilita la fe de la Iglesia. Contemplamos, pues, los elementos que componen la realidad «trabajo santificado», que es nuestro tema de estudio, bajo la luz que procede del misterio del Verbo encarnado, y más en concreto de la existencia humana cotidiana de Cristo, que concebimos con san Josemaría como la fuente misma de significado del existir cotidiano del cristiano corriente. Esta es la primera y fundamental determinación de nuestro tema.
Por otra parte, nos interesa analizar la cuestión desde la perspectiva señalada en el título: «la fuerza configuradora del trabajo santificado». Esta es la segunda y definitiva determinación del tema de estudio, cuyo objetivo queda entonces concretado en tratar de explicar porqué y cómo el trabajo santificado del alter Christus tiene fuerza para configurar cristianamente el mundo, y qué significa eso en el contexto de la secularidad del cristiano corriente, contexto del que no hemos salido, más aún en el que estamos cada vez más profundamente inmersos. Establecido el marco de reflexión hay que determinar cuál es la que hemos denominado auténtica puerta de entrada a la cuestión, para a continuación adentrarnos a través de ella en los contenidos que ofrecen los textos de san Josemaría.
Queda indicada y completamente abierta en esta batería de pasajes del Fundador –podríamos haber escogido otros análogos– que transcribimos de forma continua y, por ahora, sin comentario:
«Dentro de la espiritualidad laical, la peculiar fisonomía espiritual, ascética, de la Obra aporta una idea, hijos míos, que es importante destacar. Os he dicho infinidad de veces, desde 1928, que el trabajo es para nosotros el eje, alrededor del cual ha de girar todo nuestro empeño por lograr la perfección cristiana. Al buscar en medio del mundo la perfección cristiana, cada uno de nosotros ha de buscar también necesariamente la perfección humana, en su propia labor profesional. Y, a la vez, ese trabajo profesional es eje alrededor del cual gira todo nuestro empeño apostólico» (33).
«Toda la espiritualidad del Opus Dei se apoya, como la puerta en el quicio, en el trabajo profesional ejercido en medio del mundo. Sin vocación profesional, no se puede venir al Opus Dei: faltaría la misma materia que hay que santificar y con la que tenemos que santificar» (34).
«La característica peculiar de la espiritualidad del Opus Dei, como tantas veces os he dicho, consiste en que cada uno ha de santificar la profesión, su trabajo ordinario, santificarse en su profesión y santificar a otros con su profesión» (35).
Son afirmaciones llenas de interés, que enmarcan y abren de par en par la puerta de entrada al estudio de la relación trabajo-santificación conforme al espíritu fundacional de san Josemaría, que se puede enunciar sencillamente así: la santificación del trabajo ordinario es el quicio en el que se apoya la vida espiritual del cristiano corriente, en su doble dimensión de búsqueda personal de la santidad y de positiva cooperación apostólica en la santificación de los demás. La singular aportación de esta enseñanza, presentada incansablemente por san Josemaría como perteneciente al núcleo mismo del carisma fundacional, ha de ser captada ante todo en el dinamismo implícito en el lenguaje con que la manifiesta. Al mismo tiempo, y justamente por su pertenencia al núcleo de un carisma fundacional, debe ser leída no ingenuamente, no acríticamente, como si se tratase de algo en sí mismo evidente, sino esforzándose en comprender sus articulaciones teológicas internas, nada obvias.
Con las imágenes del quicio y el eje el Fundador no está ciertamente haciendo teología de su propio mensaje sino simplemente comunicando su contenido esencial. Pero al hacerlo desvela claves teológicas, y según un lenguaje que para él es indudablemente expresivo y claro pues si no fuera así formularía de otro modo ese punto esencial de su espíritu, y en cambio lo hace con las imágenes del quicio y del eje. Con ellas quiere formular gráficamente la centralidad, focal y estructuradora, del trabajo ordinario santificado en el espíritu del Opus Dei.
Dicho de otro modo, el trabajo cotidiano santificado no es concebible en el espíritu de san Josemaría –según sus elementos definitorios, esencialmente seculares– simplemente como medio-para- otras-cosas (para distribuir el tiempo, para aportar recursos económicos, para desarrollar la propia personalidad, para producir riqueza, para contribuir al bien de la sociedad, para evitar el ocio, o cosas semejantes). Ni siquiera es simplemente concebible, y esto ha ser bien entendido porque parecería contradecir lo que estamos diciendo, como medio-para-santificarse. No. El trabajo santificado (en su doble dimensión, objetiva y subjetiva, es decir, de obra hecha y de acción intencionada a hacerla, ambas en Cristo), tiene significado propio: significa algo en sí mismo y por sí mismo, es algo sustantivo y no sólo accidental o instrumental en el plano de la economía de la salvación, es decir, en el misterio de Cristo. Y por eso posee la cualidad de ser quicio en que se apoya o eje sobre el que gira el dinamismo de la vida espiritual del cristiano secular, porque para ser quicio o eje hay que ser algo, poseer una propia consistencia ontológica que no sea reducible a pura instrumentalidad. El trabajo santificado (en su dimensión objetiva y subjetiva) es el esencial momento interno de ese dinamismo de santificación, y no simplemente marco o instrumento externo o accidental para desarrollarlo.
Es patente que en los textos del Fundador no se encuentra expresada esta idea conforme al modo de decir que hemos utilizado, pero la idea es, sin duda, completamente suya. Y no sólo para nosotros, en cuanto que la hemos tomado de él, sino porque de hecho –en la medida de cuanto conocemos– ningún otro la ha enseñado así en la historia de la espiritualidad cristiana. ¿Cómo nace esta idea, tan fecunda en el plano espiritual y en el pastoral, en el alma del Fundador? Se trata de una cuestión de gran interés que habrá de ser estudiada con atención en el futuro. No es oportuno detenerse ahora en una búsqueda sistemática de textos, pero sí podemos avanzar alguna sugerencia en el plano de las hipótesis de trabajo.
Esa concepción del trabajo como realidad santificable y (sólo así) santificadora, que es el elemento más específico de la espiritualidad del Opus Dei, verdadera tarjeta de presentación en la Iglesia de su espíritu fundacional, de su naturaleza teológica y de sus modos apostólicos, ha sido concebida por san Josemaría, a mi entender, en dos tiempos, a partir de la luz fundacional y bajo la impronta de los dones que la acompañan. Entre esos dos tiempos corre un espacio no ya de orden cronológico (cuestión en la que no vamos a entrar) sino de orden intelectual. En el primer momento, bajo el impacto espiritual, si se nos permite hablar así, del desvelamiento de su misión fundacional, que irrumpe de improviso, san Josemaría expresará en términos inequívocos lo que Dios quiere como llamada a la santidad, en el mundo y a través del propio trabajo: santidad, secularidad y trabajo son en la iluminación del 2 de octubre de 1928 las tres realidades relacionadas e inseparables a las que dice necesaria referencia la doctrina del Fundador. Pienso que esta idea puede quedar suficientemente ilustrada (aunque ahora no probada), por ejemplo, con este pasaje: «Al suscitar en estos años su Obra, el Señor ha querido que nunca más se desconozca o se olvide la verdad de que todos deben santificarse, y de que a la mayoría de los cristianos les corresponde santificarse en el mundo, en el trabajo ordinario. Por eso, mientras haya hombres en la tierra, existirá la Obra. Siempre se producirá este fenómeno: que haya personas de todas las profesiones y oficios, que busquen la santidad en su estado, en esa profesión o en ese oficio suyo, siendo almas contemplativas en medio de la calle» (36).
Estas interesantes palabras, en las que nada de lo que se dice es aislable del resto, presentan un escenario con tres equipotentes puntos de luz: secularidad, como el estar en el mundo como en el lugar nativo; trabajo ordinario, como expresión o realización de ese estar en el mundo; santidad en y a través de ese trabajo, y por eso «en medio de la calle». Todo apunta además a la finalidad apostólica de la misión recibida. Las tres nociones, esos tres puntos de luz, están tan íntimamente conectados que, ante los ojos de san Josemaría componen una única realidad: lo que Dios quiere respecto de la Obra. En el estilo del texto esa íntima conexión de elementos y fines debe ser interpretada, como es evidente, como una descripción de la naturaleza de la misión recibida y, con ella, del Opus Dei. Todo está tan integrado en la unidad de la descripción, es todo tan una sola cosa, que resultaría imposible introducir en ella sin destruirla una ordenación artificial (por ejemplo, un ordenamiento según prioridad o importancia) de esos puntos de luz. Pero eso no obsta para sostener que la idea de santidad personal es la que, a mi entender, tiene un mayor espesor o un mayor grado de presencia y de influencia en el conjunto. El texto enuncia sobre todo un mensaje de santidad en el trabajo y a través del trabajo ordinario. Y el trabajo está visto allí, en cierto modo, en función de la santidad del sujeto que lo realiza: se trataría, pues, de una santidad especificada por el trabajo como lugar y medio de realización.
Ya sólo esto que acabamos de decir sería digno de ser resaltado como valioso elemento caracterizador de una espiritualidad. Pero en el texto recién transcrito no está dicho todo lo que realmente especifica el espíritu del Opus Dei y su finalidad fundacional, pues en él no está expresada con toda nitidez, aunque sí de manera implícita, la gran afirmación del trabajo en sí mismo como realidad santificable y santificadora. Oigámosla en toda su plenitud de labios del Fundador: «El fin del Opus Dei es santificar el trabajo ordinario –la profesión o el oficio– de cada uno, la tarea humana intelectual o manual; y, por el trabajo santificado, cada uno en el lugar que en la vida le corresponda, dar a los demás de modo apto la doctrina de Jesucristo, siempre en tareas laicales y seculares, hechas por vosotros como ciudadanos, entre vuestros iguales» (37) . O bien: «Nuestro trabajo profesional es la materia que hemos de santificar, la que nos santifica y la que hemos de emplear para santificar a los demás» (38) . O bien, en definitiva: «Lo propio de nuestra vocación es la santificación del trabajo ordinario. Hacemos divinos todos los caminos de la tierra: Yo hice el cielo y la tierra; y te doy este mismo poder, para que hagas que la tierra se convierta en cielo (San Juan Crisóstomo, In Genes. hom.). No hay en la tierra una labor humana noble que no se pueda divinizar, que no se pueda santificar. No hay ningún trabajo que no debamos santificar y hacer santificante y santificador, que no pueda estar comprendido en la consecratio mundi» (39).
Así, pues, sin dejar de señalar la importancia doctrinal y pastoral de la doctrina del Fundador del Opus Dei acerca de la santificación del cristiano en el mundo en y por medio del trabajo ordinario, o lo que es igual su mensaje fundacional de que «se han abierto los caminos divinos de la tierra», es preciso destacar aún con mayor intensidad su previo y peculiar fundamento. En el espíritu del Opus Dei, en efecto, el trabajo del «cristiano corriente» no es sólo concebido como ámbito o medio de santificación en el mundo, sino ante todo como realidad en sí misma santificable. Es decir, a la luz del carisma fundacional el significado del trabajo no admite una simple lectura en clave instrumental, como la que pudiera darse, por ejemplo, desde un hacerse presente en el seno del mundo laboral, quizás por razones apostólicas, pero sin encontrarse naturalmente en dicho seno como en lugar propio y nativo. El trabajo no es concebido por el B. Josemaría simplemente como un instrumento-para-otras-cosas, ni siquiera para cosas tan altas como ser instrumento-de-santificación, o instrumento-de-presencia-apostólica-en-el-mundo. Al presentarlo con luces carismáticas como realidad santificable, el Fundador está refiriendo el espíritu y la misión del Opus Dei no sólo al mensaje de que «se han abierto los caminos divinos de la tierra», sino también y ante todo a la finalidad misma de abrirlos, que es algo mucho más profundo. «Dios nos ha llamado», escribe, «para llevar su doctrina a todos los rincones del mundo, para abrir los caminos divinos de la tierra, para hacer que conozcan a Jesucristo tantas inteligencias que nada saben de El» (40).
Los caminos de la tierra manifiestan la dimensión trascendente ínsita en la creación sólo cuando son abiertos desde dentro con la llave del amor redentor del Verbo encarnado al mundo. Sólo al quedar así abiertos muestran ser en su raíz no sólo «caminos de la tierra» sino «caminos divinos de la tierra». Así, pues, el mensaje de santificación en el mundo mediante el trabajo que proclama san Josemaría no consiste sólo en trabajar, o en estar presente en el mundo del trabajo con afán de santidad y de apostolado, sino en santificar el propio trabajo y con él el propio mundo, asumiéndolo a radice como tarea corredentora en Cristo. En una palabra, rescatándolo para Dios. Sólo así, como dice el Fundador –y sólo él puede afirmarlo con tal autoridad–, «ese trabajo humano que realizamos puede, con sobrada razón, considerarse opus Dei, operatio Dei, trabajo de Dios» (41).
Tratemos de penetrar más hondamente en su pensamiento, volviendo a alguno de los textos anteriores en los que utiliza las imágenes del quicio y del eje, como por ejemplo éste: «Toda la espiritualidad del Opus Dei se apoya, como la puerta en el quicio, en el trabajo profesional ejercido en medio del mundo. Sin vocación profesional, no se puede venir al Opus Dei: faltaría la misma materia que hay que santificar y con la que tenemos que santificar» (42) . O bien éste otro: «Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Esta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo; ese hogar, esa familia vuestra; y esa nación, en la que habéis nacido y a la que amáis» (43).
Encierran esos pasajes ciertas características destacables: a) el trabajo es visto bajo la óptica esencialmente secular de trabajo profesional, profesión u oficio, labor profesional e incluso –y es el mejor modo de expresar su dimensión secular– como «vocación profesional»; b) dicha vocación profesional, que forma naturalmente parte de la «vocación humana», entendiendo por ésta el estatuto personal de cada uno en el mundo, es vista aquí a la luz de la vocación divina y contemplada también como «parte importante» de ella: se trata de una idea verdaderamente central en el contexto del «abrir los caminos divinos del tierra»; c) ese trabajo profesional es lo que ha de ser santificado, santificándose así en él el trabajador y colaborando con él en la santificación de los demás. Las frases de san Josemaría son escuetas y aseverativas. No hace teología sino que transmite a los suyos la luz fundamental, manifestada otras muchas veces (44) y de muchas maneras. ¿Cómo pide ser entendida esta doctrina en la que de manera sencilla se está diciendo algo de extraordinario alcance espiritual y apostólico?
Ante todo es preciso enunciar una premisa: captar la íntima correlación entre vocación profesional y vocación divina al Opus Dei es el camino para captar la esencia teológica de la misión para la que Dios eligió a san Josemaría. Quienes han recibido la vocación al Opus Dei dan testimonio de que, desde que se supieron llamados a la Obra comprendieron con ayuda de la gracia, quizás al principio más intuitivamente que reflejamente, aquella correlación entre su estatuto personal-profesional y su vocación divina. Lo profesional (el ejercicio del propio trabajo intelectual o manual, del propio deber), que era el ámbito y el medio de su inserción activa y natural en la sociedad secular, y más profundamente, en el hacerse del mundo, no sufría variación con la vocación e incorporación a la Obra sino que, por el contrario, adquiría un nuevo sentido –un significado sobrenatural– al pasar a estar referido vocacionalmente a Dios. La vocación divina no cambiaba la orientación y el contenido naturales de la propia identidad personal, social y profesional (o, en sentido amplio, la propia vocación humana), sino que los asumía dándoles un significado trascendente de encuentro con Cristo, de donación a Él, de participación consciente y activa en su obra redentora.
Es decir, la base de apoyo de la vocación divina era la misma base de apoyo de la vocación humana –sintetizada en el trabajo personal–,elevada ahora a un nuevo plano de realidad y de significado. El Fundador, como hemos visto, escribe: «Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Esta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo; ese hogar, esa familia vuestra; y esa nación, en la que habéis nacido y a la que amáis» (45).
«Precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente». Esa misma idea, ahora en palabras nuestras, se podría expresar así: realizando vuestro trabajo con sentido de misión corredentora. De hecho es el propio Fundador quien, describiendo un panorama de los frutos que vendrán con el tiempo al hilo del desarrollo de la Obra, hace esta afirmación: «habremos metido un sentido de vocación en el trabajo ordinario» (46) . Ahí está la clave de la cuestión, que hunde sus raíces en la profunda tierra de la creación en el Verbo y de la redención mediante la Cruz. Aquello por lo que una persona se insiere activamente y con derecho propio en el hacerse de la sociedad, en el desarrollarse de la historia y del mundo, ese camino suyo natural, compartido en la tierra con tantos iguales, es decir, su trabajo ordinario, adquiere mediante la vocación personal al Opus Dei una nueva clave de significado, un sentido de misión, de estar empeñado con Cristo, para gloria del Padre, en la obra de redimir al hombre y al mundo, y de contribuir a reconducirlos hacia su verdadero fin.
Así como la persona llamada con esa vocación se sabe «alter Christus, ipse Christus», así también su trabajo ordinario, concebido y desarrollado con una nueva intencionalidad (la de obrar como un hijo de Dios en Cristo) adquiere, sin perder su consistencia natural, una nueva consistencia en el plano de la economía de la salvación, ligada a una nueva finalidad. Es ahora expresión de un obrar filial y corredentor que lleva al mundo del trabajo del hombre la luz y la eficacia redentora de Cristo. De abrir sólo caminos humanos –caminos de relación interhumana y de relación de dominio y de guía respecto de las demás criaturas– el trabajo en Cristo del alter Christus pasa a «abrir caminos divinos en la tierra», caminos trazados e iluminados con la luz que brota del misterio del Verbo encarnado –en quien todo fue hecho y todo subsiste–, más aún, con la fuerza que proviene de su Cruz y de su Glorificación.
Los caminos divinos abiertos en la tierra con el trabajo humano santificado tienen como signos propios los que acompañan a las obras del Redentor. Ante todo, estar finalizados a la alabanza y gloria del Padre, y por eso: al desvelamiento del sentido originario de la creación desde el interior mismo de la realidad creada y redimida; a la reordenación de las criaturas a su Creador; a la de los ambientes del trabajo humano con la sabiduría de la Cruz. Por estar realizado y santificado en Cristo, el trabajo del alter Christus es también trabajo santificador. A través de él, y sólo a través de él, es posible realizar desde dentro de la creación y de la historia humana la misión de «poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas» (47) , meta última y específica de la actividad apostólica del Opus Dei, marcada con el signo salvífico de la Cruz.
5. ¿Qué significa santificar el trabajo?
a) Imitar el trabajo santo y santificador de Cristo
Ahora bien, la prioridad del discurso espiritual no significa exclusividad, pues no es posible traer a la luz la ejemplaridad del existir de Cristo si la reflexión no está alimentada en la raíz teológica de su misterio. Y eso en san Josemaría, cuyo pensamiento es esencialmente cristocéntrico, se advierte con mucha claridad. Con la atención puesta en la noción de trabajo santificado tomamos algunos pasajes del Fundador que tienen como horizonte la vida ordinaria de Cristo en Nazaret, y dentro de ella su trabajo cotidiano, tratando de mostrar su estructura teológica interna. Es conocido, y lo hemos estudiado en otro momento (49) , que el pensamiento de san Josemaría se apoya en un fundamento cristológico primario que le da también su estructura básica: la inseparable unidad en Cristo (y participadamente en el cristiano que le sigue y le imita) entre persona y misión. Lo expresa bien, por ejemplo, esta afirmación: «No cabe disociar la vida interior y el apostolado, como no es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor. (...) Para el cristiano, el apostolado resulta connatural: no es algo añadido, yuxtapuesto, externo a su actividad diaria, a su ocupación profesional. ¡Lo he dicho sin cesar, desde que el Señor dispuso que surgiera el Opus Dei! Se trata de santificar el trabajo ordinario, de santificarse en esa tarea y de santificar a los demás con el ejercicio de la propia profesión, cada uno en su propio estado» (50) . Todo lo que estudiamos está presente en ese texto: la alusión al origen carismático de la doctrina fundacional; el fundamento cristológico de la unidad entre santidad y trabajo ordinario; la afirmación implícita de la prioridad de la santificación del trabajo sobre la santificación en él o por medio de él. Es este último aspecto el que nos interesa considerar.
Como se viene sosteniendo en estas páginas, la doctrina de san Josemaría en torno al binomio santificación-trabajo lleva inscrita, a nuestro entender, una objetiva precedencia conceptual del trabajo santificado sobre la santificación en o por medio del trabajo. O lo que es igual: sólo el trabajo santificado puede ser entendido y presentado como cauce de la santificación del «cristiano corriente» y, paralelamente, de su eficacia apostólica. Dicho de otro modo, el trabajo santificado (las obras realizadas en Cristo, que construyen el mundo según Dios y santifican al sujeto que las realiza) tiene primacía conceptual sobre el sujeto que se santifica por medio de él, y no a la inversa, aunque ambos aspectos sean inseparables. Si esto es así se deduce inmediatamente la importancia de la intencionalidad actual, o al menos habitual, del sujeto de realizar en Cristo su existencia cotidiana y dentro de ella, como su cifra y resumen, su ordinario trabajo. La intención actual o habitual de vivir y trabajar en Cristo es el primer paso para inserirse eficazmente en el dinamismo del obrar santo y santificador del Verbo encarnado, y para participar personalmente de su eficacia redentora.
¿Tiene lo que estamos diciendo una base teológica firme? Pienso que, en efecto, la tiene, y que se encuentra en el interior de las raíces cristocéntricas del pensamiento de san Josemaría. Situada la reflexión en ese punto se abre paso con sencillez una conclusión importante. Expresada directamente sonaría de este modo: así como Cristo ha santificado su existencia ordinaria (su trabajo, sus deberes) viviéndola como quien es, el Hijo enviado del Padre, y sin necesidad de santificarse Él mismo, pues es ya de por sí el Santo de Dios, así también el alter Christus, que imita vocacionalmente aquella vida escondida, se encuentra movido por la gracia del Espíritu Santo a entender su existencia y su trabajo cotidiano precisamente como objeto de santificación. «Imitamos la vida oculta de Jesucristo», escribe el Fundador, «y, por eso, llevando dentro una gran luz, un fermento de fecunda novedad, sin rarezas –porque no estamos llamados al espectáculo– procuramos santificar la vida ordinaria: el trabajo, la amistad, la familia, los afanes nobles del mundo, la edificación de la sociedad temporal...» (51) . Es interesante advertir las conexiones y correlaciones internas que hay en esas palabras: puesto que imitamos vocacionalmente (con la luz y el fermento de la vocación personal) la vida oculta de Cristo, procuramos santificar la vida ordinaria..., pues ése ha sido –podemos concluir– el objeto inmediato del cotidiano existir del Redentor.
He aquí un texto que explícita aún más la idea: «Al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora» (52) . Si así se presenta el trabajo de Cristo, así análogamente debe ser comprendido el trabajo del cristiano en Cristo. Esta es una específica aportación del mensaje espiritual del Fundador, de gran proyección evangelizadora. En ella está de algún modo la clave última de la configuración cristiana del mundo por parte del «cristiano corriente».
Late fuertemente en el espíritu de san Josemaría el misterio del obrar humano santo de Jesús en sus años de Nazaret: «Hemos venido a llamar de nuevo la atención sobre el ejemplo de Jesús que, durante treinta años, permaneció en Nazareth trabajando, desempeñando un oficio» (53) . Las obras de Cristo, las de su vida escondida como las de su vida pública, dan inequívoco testimonio de él y del Padre que obra en él (cfr. Jn 14,10). Aquel trabajo humano del Hijo de Dios, principalmente realizado, como todo lo suyo, para dar al Padre la gloria que le es debida, está plenamente integrado en la finalidad de su misión redentora. Debe, pues, ser contemplado a la luz y en el interior de aquel: «Yo te he glorificado en la tierra: he completado la obra que me encomendaste, y ahora glorifícame tu, Padre, con la claridad que tenía junto a Ti antes de que el mundo fuere» (Jn 17,4-5).
El trabajo del Verbo encarnado en Nazaret, santificado por razón de quien lo realizaba y por la finalidad con que era realizado, es también por eso mismo santificador: «tarea divina, labor redentora, camino de salvación» (54) , dirá san Josemaría. Aquel por quien todo se hizo y en quien todo subsiste retoma en cierto modo, haciéndose él mismo uno de nosotros, cuanto él mismo quiso dar al hombre en los orígenes, y retoma también por lo tanto en sus manos humanas, con el trabajo de sus manos, el mundo. Lo ha redimido junto al hombre con su propia sangre, lo ha remodelado con el molde nuevo de la Cruz y lo ha entregado de nuevo, ya rescatado, al cristiano para que lo edifique, lo santifique, lo reconduzca al Padre.
Es bien sabido que en la historia de la espiritualidad católica el acontecimiento de Nazaret ha sido objeto de importantes desarrollos, y despierta siempre grandes resonancias. No podía ser de otro modo. En torno a sus significados ha brotado, por ejemplo, una espiritualidad de la familia y de la iglesia doméstica cuyo punto de referencia es el hogar santo de Jesús, María y José. Su influjo en toda la Iglesia, a partir principalmente del siglo XVII, ha sido y es muy grande, y ha encontrado singulares ecos en los siglos XIX y XX, hasta desembocar, por ejemplo, como se podría mostrar, en el n. 41 de Lumen gentium dentro del contexto de las múltiples formas de realizar la llamada universal a la santidad. En torno también a la vida oculta de Cristo en Nazaret, y a partir de la contemplación de la pobreza y humildad de aquel hogar y lugar de trabajo de Cristo, ha encendido una fuerte luz en la Iglesia el mensaje espiritual de Charles de Foucauld. Su deseo de imitar a Jesús, que ha escogido el último puesto, ese Jesús pobre que realiza su humilde trabajo y su vivir cotidiano entre los demás, con espíritu de caridad, en amistad con todos, ha despertado atención e interés en la Iglesia.
Y así también el hecho trinitario y cristológico de Nazaret, el misterio de los años escondidos del Verbo hecho hombre, años de existencia ordinaria en el seno de su Familia y entre sus conciudadanos, de cumplimiento amoroso de la voluntad del Padre, pone un sólido fundamento en la doctrina espiritual del Fundador del Opus Dei. Pero la acentuación específica de su enseñanza es, como estamos viendo, la del trabajo santificado y santificador de Jesús. Como es lógico, san Josemaría no deja de subrayar con la tradición que le precede, y en la que se ha forjado su alma católica y sacerdotal, aquellos otros aspectos: caridad, vida de familia, humildad, desprendimiento, espíritu de servicio, etc., que lucen en el hogar de Nazaret en cuanto hogar terreno del Hijo de Dios, de su Madre Santísima y de San José. Ciertamente hace fuerte hincapié en ellos. Pero ante sus ojos brilla con luz poderosa sobre todo el trabajo santificado de Cristo, signo y realidad de su existir cotidianamente en comunión con el Padre en el Espíritu Santo, lleno del deseo de darle gloria y de que se cumpla su voluntad de que todos los hombres se salven. Así es la vida de Cristo: una vida de «trabajo santo», de «labor cotidiana convertida en obra de Dios, obra de Amor» (55).
Pienso, pues, y sostengo que en la historia de la espiritualidad católica ya no se podrá hablar del significado de Nazaret y de la vida escondida de Cristo, sin aludir explícitamente a la doctrina de san Josemaría sobre la existencia ordinaria y el trabajo santificados y santificadores del Verbo encarnado y redentor, y en él, del cristiano. El trabajo del cristiano en Cristo puede y debe santificarse, es decir «convertirse en quehacer divino» para así santificarse cada uno por medio de él y contribuir a la santificación de los demás. El Fundador ve la misión del Opus Dei finalizada a la realización efectiva en el mundo de esa doctrina. «Como somos coherederos con Cristo, omnia enim vestra sunt... vos autem Christi: Christi autem Dei, todo es nuestro, y nosotros de Cristo, y Cristo de Dios (I Cor. III, 22-23). Luego hemos de santificar las estructuras del mundo, porque son nuestras, pero no son para nosotros, ya que nosotros somos del Señor. De aquí se deduce que, por la llamada al Opus Dei, debemos permanecer en medio de las actividades seculares –omnia vestra sunt–, cada uno en su propio estado, consagrando por vocación divina esas tareas humanas y entregándolas a Dios –vos autem Dei–, por medio de nuestro trabajo profesional de cada día, santificado y santificador» (56).
b) Trabajar como Cristo, con la máxima perfección humana posible
En cuanto deber personal del cristiano la santificación del trabajo requiere, como se ha dicho, la intención de realizarlo conforme al modelo y ejemplo de Cristo. Pero eso significa necesariamente que sea realizado con la mayor perfección humana posible. Como en los puntos que hemos analizado hasta ahora, también en éste de la perfección humana del trabajo no encontramos un modo mejor de decir que las palabras de san Josemaría: «Parte esencial de esa obra –la santificación del trabajo ordinario– que Dios nos ha encomendado, es la buena realización del trabajo mismo, la perfección también humana, el buen cumplimiento de todas las obligaciones profesionales y sociales. La Obra exige que todos trabajen a conciencia, con sentido de responsabilidad, con amor y perseverancia, sin abandonos ni ligerezas» (57).
Desde la perspectiva de un trabajo personal que se quiere santificar, realizándolo con sentido de misión corredentora y con la intención última de imitar eficazmente el trabajo de Cristo, el empeño por alcanzar la mayor calidad posible y de llevarlo a cabo con perfección es sinónimo sencillamente de coherencia sobrenatural y humana. Significa tener conciencia de que las obras del alter Christus, y en concreto su relación por medio del trabajo con las criaturas impersonales, participan en su sujeto –y en la misma medida en que éste es capaz– de eficacia corredentora: son obras realizadas en Cristo y en el Espíritu Santo. Es un obrar que, en su sujeto, nace ya en el mismo nivel de intencionalidad filial (dar toda la gloria al Padre) y apostólica (que a todos alcance la salvación) en el que está situada la existencia del alter Christus. Sólo cabe, pues, que sea una «labor hecha a conciencia, con profundidad (...), con la perfección también humana que cada uno pueda alcanzar, cuidando los detalles» (58).
Ha de poseer ese trabajo santificado, para que pueda llegar a serlo, una cualidad indispensable, implícita en cuanto se ha dicho y que conviene explicitar. Por ser un trabajo que intencionalmente imita y, en la medida de la gracia, participa de la eficacia de las acciones humanas del Verbo encarnado (en quien todo subsiste según su propio modo de ser), no admite ser hecho sino en conformidad con la naturaleza de las cosas, es decir, con su verdad propia. Eso es lo propio del trabajo del Verbo hecho hombre. Un obrar humano del Verbo contrario a la verdad de las cosas es inconcebible en cuanto contradictorio con su condición de Creador. El trabajo del cristiano en Cristo sólo es digno de ese nombre en cuanto relación dinámica, creativa y plenamente respetuosa de la verdad de las criaturas. O en otras palabras, como enseña san Josemaría: «El cristiano, cuando trabaja, como es su obligación, no debe soslayar ni burlar las exigencias propias de lo natural. Si con la expresión bendecir las actividades humanas se entendiese anular o escamotear su dinámica propia, me negaría a usar esas palabras» (59) . Es patente el espíritu de secularidad que se desprende de esas frases, cuyo significado primero es –ya lo hemos escrito antes– cristológico: hunde su raíz en el misterio del Verbo encarnado y de la creación en él y por él. Por ser una secularidad de raíz cristológica es también, secundariamente, una secularidad de raíz eclesiológica, esto es, referida al misterio de la Iglesia in terris, y expresable también, en consecuencia, de acuerdo con sus características (60) . Se abren aquí interesantes perspectivas en las que no es momento de entrar.
6. Epílogo: «Poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas»
A lo largo de estas páginas hemos estudiado el contenido y significado de la configuración cristiana del mundo en la enseñanza del Fundador de Opus Dei. La hemos querido analizar en cuanto en cuanto vocación-misión del «cristiano corriente», «alter Christus, ipse Christus», poniendo especial atención en su secularidad y en su trabajo santificado y santificador. El contenido de cada una de esas nociones y el de su mutua relación en el espíritu de san Josemaría, ha permitido poner de manifiesto el núcleo carismático esencial de dicho espíritu. No es ahora el tiempo de añadir nada nuevo pero sí de recordarlo: «Este es el secreto de la santidad que vengo predicando desde hace tantos años: Dios nos ha llamado a todos para que le imitemos; y a vosotros y a mí para que, viviendo en medio del mundo -¡siendo personas de la calle!-, sepamos colocar a Cristo Señor Nuestro en la cumbre de todas las actividades humanas honestas» (61).
«Colocar a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas»: ésa es la finalidad de la vocación-misión del alter Christus que vive su existencia cristiana bajo la luz y el impulso del espíritu de san Josemaría; ese es también, en consecuencia, el horizonte inmenso y atrayente de su acción configuradora del mundo. ¿Cómo sería un mundo en el que los ciudadanos cristianos se empeñasen seriamente en construirlo mediante su trabajo con esa intencionalidad y de cara a esa meta? La imagen definitiva de ese mundo sólo se encuentra en el horizonte escatológico del nuevo cielo y la nueva tierra, y no es humanamente descriptible. Pero los pasos que conducen dinámicamente hacia él en el caminar terreno, etapa tras etapa, del alter Christus, ipse Christus, sí pueden ser concebidos por adelantado en la fe y, consecuentemente, parcial o temporalmente descritos. Con la fe firme de un Fundador, Josemaría Escrivá lo expresaba muchos años atrás con estas palabras, que son también el punto final de nuestras reflexiones:
«Mirad cómo será, cuando pase el tiempo, si somos fieles y generosos en la siembra –quae enim seminaverit homo haec et metet; porque lo que siembre un hombre, eso recogerá (Galat. VI, 8)–, el buen grano, fruto de nuestros afanes: entre grandes selecciones humanas, habremos metido un sentido de vocación en el trabajo ordinario; contribuiremos a que desaparezcan suspicacias y rivalidades, entre los católicos que trabajan juntos; empaparemos de espíritu cristiano el mundo de la industria y del comercio; ayudaremos a dar unidad al pensamiento moderno, para defensa y servicio de Jesucristo y de su Iglesia; procuraremos hacer comprender a los católicos que ninguna diferencia de costumbres, razas o lenguas puede separar a los que son uno en Cristo Jesús; trataremos con delicada caridad a todas las almas, sin distinción de estirpe ni de credos —dentro del orden debido—, acercándolas al Señor Dios Nuestro con esa luz y ese calor de nuestra vida cristiana; cooperaremos a crear una ambiente de serenidad, de limpieza y de comprensión en las relaciones internacionales, que facilitará la labor del Espíritu Santo en las mentes y en la vida de los estadistas, y traerá la paz y el bienestar a los pueblos» (62).
Notas
(1) Sobre el significado y contenido teológico y espiritual de esa denominación del cristiano por el B. Josemaría, se puede ver lo que hemos escrito en: «El bullir de la sangre de Cristo». Estudio sobre el cristocentrismo del beato Josemaría Escrivá, Madrid : Ediciones Rialp, 2001, 203-254.
(2) JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, Madrid:Rialp, 1973, 1ª ed., 104-105
(3) La expresión «poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas» es propia del Fundador del Opus Dei, que la utilizaba habitualmente desde los inicios de su misión eclesial para manifestar de manera gráfica y elocuente la esencia de la tarea que Dios había encomendado al Opus Dei en la Iglesia y en la sociedad; cfr., por ejemplo: Es Cristo que pasa, 156.182.183; Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Madrid : Rialp, 1968, 1ª ed., 59.
(4) JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, Madrid : Rialp, 1977, 1ª ed., 210.
(5) Es Cristo que pasa, 183.
(6) Es Cristo que pasa, 121.
(7) Es Cristo que pasa, 132
(8) Es Cristo que pasa, 121.
(9) Es Cristo que pasa, 183.
(10) Es Cristo que pasa, 104-105.4
(11) Sobre este punto se puede ver J. L. ILLANES, Iglesia en el mundo: la secularidad de los miembros del Opus Dei, en en P. RODRIGUEZ-F. OCARIZ-J. L. ILLANES, El Opus Dei en la Iglesia: introducción eclesiológica a la vida y al apostolado del Opus Dei, o.c.
(12) Entre tantos textos significativos pueden ser mencionadas, a modo de ejemplo, estas palabras: «Praelatura sibi proponit suorum fidelium, iuxta normas iuris particularis, sanctificationem per exercitium in proprio cuiusque statu, professione ac vitae condicione virtutum christianarum, secundum specificam ipsius spiritualitatem, prorsus saecularem» (Codex iuris particularis Operis Dei, n. 2, § 1).
(13) Cfr. A. ARANDA, «El bullir de la sangre de Cristo», o.c., pp. 260-275.
(14) Cfr. Carta 19-III-1954, n. 23.
(15) Carta 19-III-1954, n. 22.
(16) Carta 25-I-1961, n. 35.
(17) Carta 25-I-1961, n. 37.
(18) Es Cristo que pasa, 99
(19) Instrucción 19-III-1934, n. 42.
(20) Es Cristo que pasa, 112
(21) Es Cristo que pasa, 99
(22) Es Cristo que pasa, 22
(23) Cfr. Es Cristo que pasa, 112
(24) Es Cristo que pasa, 104-105
(25) Es Cristo que pasa, 22
(26) Es Cristo que pasa, 125
(27) Es Cristo que pasa, 104-105
(28) Es Cristo que pasa, 150
(29) Es Cristo que pasa, 150
(30) Es Cristo que pasa, 147
(31) Es Cristo que pasa, 104-105
(32) Pueden consultarse con aprovechamiento sobre esta cuestión los trabajos de J. L. ILLANES, Ante Dios y en el mundo: apuntes para una teología del trabajo, Pamplona: EUNSA, 1997; ID., La santificación del trabajo: el trabajo en la historia de la espiritualidad, Madrid: Palabra, 2001; P. RODRIGUEZ, Vocación, trabajo, contemplación, Pamplona: EUNSA, 1987.
(33) Carta 25-I-1961, n. 10.
(34) Carta 15-X-1948, n. 6
(35) Carta 14-II-1950, n. 15.
(36) Carta 9-I-1932, n. 92.
(37) Instrucción, 8-XII-1941, n. 73.
(38) Ibidem, n. 128.
(39) Carta 31-V-1954, n. 17.
(40) Carta 16-VII-1933, n. 1.
(41) Carta 11-III-1940, n.13.
(42) Carta 15-X-1948, n. 6.
(43) Es Cristo que pasa, 46
(44) «Dentro de la espiritualidad laical, la peculiar fisonomía espiritual, ascética, de la Obra aporta una idea, hijos míos, que es importante destacar. Os he dicho infinidad de veces, desde 1928, que el trabajo es para nosotros el eje, alrededor del cual ha de girar todo nuestro empeño por lograr la perfección cristiana. Al buscar en medio del mundo la perfección cristiana, cada uno de nosotros ha de buscar también necesariamente la perfección humana, en su propia labor profesional. Y, a la vez, ese trabajo profesional es eje alrededor del cual gira todo nuestro empeño apostólico» (Carta 25-I-1961, n. 10).
(45) Es Cristo que pasa, 46; el libro está editado en 1973; el pasaje citado pertenece a una homilía fechada el día 19 de marzo de 1963
(46) Instrucción, V-1935/IX-1950, n. 96.
(47) Cfr. A. ARANDA, «El bullir de la sangre de Cristo», o.c., 255-277.
(48) Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, n. 55.
(49) Cfr. «El bullir de la sangre de Cristo»..., o.c., 237-239.
(50) Es Cristo que pasa, 122
(51) Carta 6-V-1945, n. 10.
(52) Es Cristo que pasa, n. 47.
(53) Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, n. 55.
(54) Cfr. Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, n. 55.
(55) «Ábrenos la puerta del taller de Nazaret, con el fin de que aprendamos a contemplarte a Ti, con tu Madre Santa María, y con el Santo Patriarca José -a quien tanto quiero y venero–, dedicados los tres a una vida de trabajo santo. Se removerán nuestros pobres corazones, te buscaremos y te encontraremos en la labor cotidiana, que Tú deseas que convirtamos en obra de Dios, obra de Amor» (Amigos de Dios, 72).
(56) Instrucción, 19-III-1934, n.1.
(57) Carta 31-V-1954, n. 18.
(58) Carta 30-IV-1946, n. 47.
(59) Es Cristo que pasa, 184.
(60) Por ejemplo, como oposición a toda visión falseada del trabajo del cristiano. «Personalmente no me ha convencido nunca» –continúa el último párrafo citado del B. Josemaría– «que las actividades corrientes de los hombres ostenten, como un letrero postizo, un calificativo confesional. Porque me parece, aunque respeto la opinión contraria, que se corre el peligro de usar en vano el nombre santo de nuestra fe, y además porque, en ocasiones, la etiqueta católica se ha utilizado hasta para justificar actitudes y operaciones que no son a veces honradamente humanas» (Es Cristo que pasa, 184).
(61) Amigos de Dios, 58.
Actas del Congreso "La grandeza de la vida corriente", Vol. I Vocación y misión del cristiano en medio del mundo, EDUSC, 2002.
Español










Oración
RSS
FACEBOOK
TWITTER
YOUTUBE