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El lugar de la Ascensión

J. Gil

Etiquetas: Apostolado, Fe, Es Cristo que Pasa, Tierra Santa, Huellas de nuestra fe
Huellas de nuestra fe

Gráfico: J. Gil
Gráfico: J. Gil

Jesucristo realizó la obra de la redención humana principalmente por el misterio pascual de su pasión, de su resurrección de entre los muertos y de su gloriosa ascensión (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1067). Nos disponemos a considerar el último de esos episodios, que marca el final de su vida terrena. Desde el Nacimiento en Belén, han ocurrido muchas cosas: lo hemos encontrado en la cuna, adorado por pastores y por reyes; lo hemos contemplado en los largos años de trabajo silencioso, en Nazaret; lo hemos acompañado a través de las tierras de Palestina, predicando a los hombres el Reino de Dios y haciendo el bien a todos. Y más tarde, en los días de su Pasión, hemos sufrido al presenciar cómo lo acusaban, con qué saña lo maltrataban, con cuánto odio lo crucificaban.

Al dolor, siguió la alegría luminosa de la Resurrección. ¡Qué fundamento más claro y más firme para nuestra fe! Ya no deberíamos dudar. Pero quizá, como los Apóstoles, somos todavía débiles y, en este día de la Ascensión, preguntamos a Cristo: ¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel? (Hch 1, 6); ¿es ahora cuando desaparecerán, definitivamente, todas nuestras perplejidades, y todas nuestras miserias? El Señor nos responde subiendo a los cielos (Es Cristo que pasa, n. 117).

Los relatos bíblicos son muy escuetos sobre este acontecimiento que afirmamos en el Credo. San Marcos, tras narrar algunas apariciones de Cristo resucitado a sus discípulos, añade: el Señor, Jesús, después de hablarles, se elevó al cielo y está sentado a la derecha de Dios (Mc 16, 19). San Lucas, tanto en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, aporta algunos detalles de la escena: los sacó hasta cerca de Betania y levantando sus manos los bendijo. Y mientras los bendecía, se alejó de ellos y comenzó a elevarse al cielo. Y ellos le adoraron (Lc 24, 50-52). Estaban mirando atentamente al cielo mientras él se iba, cuando se presentaron ante ellos dos hombres con vestiduras blancas que dijeron:

Un recinto octagonal delimita el lugar de la Ascensión, que se recuerda en el centro, dentro de una capilla. Foto: Mattes (Wikimedia Commons).
Un recinto octagonal delimita el lugar de la Ascensión, que se recuerda en el centro, dentro de una capilla. Foto: Mattes (Wikimedia Commons).
—Hombres de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que de entre vosotros ha sido elevado al cielo, vendrá de igual manera a como le habéis visto subir al cielo.

Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que está cerca de Jerusalén a la distancia de un camino permitido el sábado (Hch 1, 10-12).
En armonía con estos datos, la tradición sitúa la Ascensión en la cima de la colina central del monte de los Olivos, a poco más de un kilómetro desde la ciudad, en dirección hacia Betfagé y Betania. En esa elevación, de unos 800 metros de altitud, fue construida una iglesia durante la segunda mitad del siglo IV. Según varias fuentes, la iniciativa partió de la noble patricia Poemenia, que habría peregrinado a Tierra Santa desde Constantinopla. Ese santuario era conocido con el nombre de Imbomon. Gracias a Egeria, sabemos que los fieles de Jerusalén se reunían en ese lugar para algunas ceremonias en la Semana Santa y el día de Pentecostés.

Al igual que el Santo Sepulcro y otros edificios de culto de Palestina, el Imbomon sufrió daños durante la invasión de los persas, en el año 614, y fue posteriormente restaurado por el monje Modesto. Contamos con una valiosa descripción transmitida por el obispo Arculfo, que lo visitó hacia el 670: se trataba de una iglesia de planta redonda con tres pórticos en el interior, y una capilla también redonda en el centro, no cerrada con bóvedas o tejado, sino a cielo abierto para evocar a los peregrinos la escena de la Ascensión; en la parte oriental de ese espacio había un altar protegido por una pequeña cubierta, y en medio una roca que gozaba de gran veneración, pues los fieles la consideraban el último punto donde el Señor había puesto sus pies, y reconocían sus huellas impresas en el relieve de la piedra (Cfr. Adamnano, De locis sanctis, 1, 23 (CCL 175, 199-200).

El santuario fue reformado durante la época de los cruzados, cuando una parte se convirtió en convento de los Canónigos Regulares de San Agustín. En el siglo XIII, los musulmanes derribaron todos los edificios excepto la capilla central —es la que ha llegado hasta nosotros— y posteriormente levantaron al lado una mezquita. Aunque el lugar forma parte aún hoy de las propiedades del waqf —institución religiosa islámica—, en la solemnidad de la Ascensión está permitido celebrar allí la Santa Misa: es un derecho que los franciscanos de la Custodia de Tierra Santa obtuvieron de las autoridades otomanas.

La capilla se alza en el centro de un recinto octagonal, circundado por un muro en el que todavía son visibles algunas basas de columnas del periodo cruzado. Según los estudios arqueológicos, la pequeña iglesia, también octagonal, presenta la planta un poco desplazada respecto a la obra bizantina; en cualquier caso, cumple la misma función: custodiar la memoria de las huellas de Jesús y de su Ascensión. En el exterior, tienen particular interés artístico los arcos y las pilastras, rematadas con capiteles finamente esculpidos, pues son originales del siglo XII; el tambor, la cúpula y el cierre de los vanos con muros de sillería se añadieron más tarde. En el interior, un hueco en el pavimento, enmarcado por cuatro piezas de mármol, deja ver la roca venerada.

En la capilla no hay culto, pero la Custodia de Tierra Santa tiene el derecho de celebrar la Santa Misa dentro cada año, por la fiesta de la Ascensión. Foto: Alfred Driessen.
En la capilla no hay culto, pero la Custodia de Tierra Santa tiene el derecho de celebrar la Santa Misa dentro cada año, por la fiesta de la Ascensión. Foto: Alfred Driessen.
Entrada definitiva
El misterio de la Ascensión comprende un hecho histórico y un acontecimiento de salvación. Como hecho histórico, «marca la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en el dominio celeste de Dios de donde ha de volver, aunque mientras tanto lo esconde a los ojos de los hombres» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 665).

Al considerar esta escena, san Josemaría ponía el acento muchas veces en la despedida del Señor: como los Apóstoles, permanecemos entre admirados y tristes al ver que nos deja. No es fácil, en realidad, acostumbrarse a la ausencia física de Jesús. Me conmueve recordar que, en un alarde de amor, se ha ido y se ha quedado; se ha ido al Cielo y se nos entrega como alimento en la Hostia Santa. Echamos de menos, sin embargo, su palabra humana, su forma de actuar, de mirar, de sonreír, de hacer el bien (...). Siempre me ha parecido lógico y me ha llenado de alegría que la Santísima Humanidad de Jesucristo suba a la gloria del Padre, pero pienso también que esta tristeza, peculiar del día de la Ascensión, es una muestra del amor que sentimos por Jesús, Señor Nuestro. Él, siendo perfecto Dios, se hizo hombre, perfecto hombre, carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. Y se separa de nosotros, para ir al Cielo. ¿Cómo no echarlo en falta? (Es Cristo que pasa, n. 117).

Como acontecimiento de salvación, la entrada de Cristo resucitado en el Cielo manifiesta nuestro destino definitivo: «Jesucristo, Cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con Él eternamente» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 665). El Papa Francisco, a las pocas semanas de haber sido elegido, nos hacía reflexionar sobre este significado de la Ascensión y sobre sus consecuencias en la vida de cada cristiano. Su punto de partida era la última peregrinación de Jesús a Jerusalén, cuando comprende que se aproxima la Pasión: «mientras sube a la Ciudad santa, donde tendrá lugar su éxodo de esta vida, Jesús ve ya la meta, el Cielo, pero sabe bien que el camino que le vuelve a llevar a la gloria del Padre pasa por la Cruz, a través de la obediencia al designio divino de amor por la humanidad. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que "la elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo" (n. 662). También nosotros debemos tener claro, en nuestra vida cristiana, que entrar en la gloria de Dios exige la fidelidad cotidiana a su voluntad, también cuando requiere sacrificio, requiere a veces cambiar nuestros programas» (Francisco, Audiencia general, 17-IV-2013).

Comentando estas palabras, el Padre recordaba: no olvidemos, hijas e hijos, que no hay cristianismo sin Cruz, no hay verdadero amor sin sacrificio, y tratemos de ajustar nuestra vida diaria a esta realidad gozosa, porque significa dar los mismos pasos que siguió el Maestro (Javier Echevarría, Carta, 1-V-2013).

Un hueco en el pavimento deja ver la roca desde la que, según la tradición, Jesús subió al cielo. Foto: Alfred Driessen.
Un hueco en el pavimento deja ver la roca desde la que, según la tradición, Jesús subió al cielo. Foto: Alfred Driessen.
En la misma audiencia, el Papa también sacaba una enseñanza del sitio elegido por el Señor para su partida: «la Ascensión de Jesús tiene lugar concretamente en el Monte de los Olivos, cerca del lugar donde se había retirado en oración antes de la Pasión para permanecer en profunda unión con el Padre: una vez más vemos que la oración nos dona la gracia de vivir fieles al proyecto de Dios» (Francisco, Audiencia general, 17-IV-2013).

Jesús se ha ido a los cielos, decíamos. Pero el cristiano puede, en la oración y en la Eucaristía, tratarle como le trataron los primeros doce, encenderse en su celo apostólico, para hacer con Él un servicio de corredención, que es sembrar la paz y la alegría (Es Cristo que pasa, n. 120).

"Me conmueve recordar que, en un alarde de amor, se ha ido y se ha quedado; se ha ido al Cielo y se nos entrega como alimento en la Hostia Santa. Echamos de menos, sin embargo, su palabra humana, su forma de actuar, de mirar, de sonreír, de hacer el bien"
San Lucas destaca que los Apóstoles, tras despedir al Señor, regresaron a Jerusalén con gran alegría (Lc 24, 52). Esa reacción solo se explica por la fe, por la confianza; los discípulos han comprendido que, aunque no verán más a Jesús, «permanece para siempre con ellos, no los abandona y, en la gloria del Padre, los sostiene, los guía e intercede por ellos» (Francisco, Audiencia general, 17-IV-2013).