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Testimonios

Esto está escrito para vos y para mí

Chelita Amato de Oliveira, abogado, Uruguay

1 de enero de 2002

Etiquetas: Santidad, Trabajo, Vida ordinaria
Un día lluvioso, a las corridas tras un taxi para ir al hospital a cuidar a su padre que se encontraba en estado terminal, un vecino le dio una estampa de San Josemaría. A la vuelta de los años se daría cuenta de que su trabajo, el de su marido, sus hijos y la vida cristiana eran una misma cosa.

Soy abogada y trabajo en instituciones bancarias. Tengo 7 hijos que van desde los 21 a los 8 años. Yo fui hija única y Dios me premió con una familia numerosa.

Conocí la Obra en dos etapas. Hace muchos años, cuando me faltaba poco para terminar la carrera, mi padre enfermó de cáncer con un desenlace muy rápido. Como hija única asumí la titularidad de su cuidado. Un día, poco antes de fallecer mi padre, salía desesperada de mi casa porque llegaba tarde, no encontraba taxi, llovía… en aquel momento los problemas mínimos, como no encontrar un taxi, me desbordaban, estaba mal, preocupada porque mi madre estaba además con quebrantos de salud. Era una etapa difícil de mi vida. Ese día llego a la esquina y me encuentro con un vecino, que vivía frente a mi casa, un muchacho más o menos de mi edad, que captó mi cara de angustia y mientras yo paraba el taxi, en medio de la lluvia sacó una estampa del Fundador del Opus Dei y me dijo: “vos rézale, es un santo, un santazo, rézale por tu padre”.

Así como me la dio, la guardé. Recuerdo que esa noche la saqué y la leí por primera vez y estuve horas rezando hasta bien entrada la madrugada. Debí haberla rezado cientos de veces pidiendo no la recuperación de papá, pero sí que muriera recibiendo los sacramentos, que muriera en paz, y también le pedía a Dios, por intermedio de ese sacerdote hasta ese día desconocido, que yo mantuviera la calma porque estaba desbordada, porque no tenía nada claro. Al poco tiempo, ya me sabía la oración de la estampa de memoria. Papá murió confortado con los sacramentos, en paz y yo quedé con una tranquilidad absoluta, con una serenidad total para tomar las decisiones que se deben tomar después de la muerte de alguien tan querido. Tenía una paz que me asombraba y di por hecho el favor. Ahí dejé de rezar la estampa y seguí mi vida, terminé la carrera, me casé y pasaron un montón de años.

Cuando estaba esperando mi primer hijo contactamos con un matrimonio que llevaba adelante una actividad con parejas jóvenes donde se tocaban temas muy interesantes referidos al matrimonio y la educación de los hijos. La gente que lo organizaba estaba inspirada por el espíritu del Opus Dei. Después de un tiempo alguien me invitó a un centro del Opus Dei y me reencontré con aquella estampa nuevamente.

A través de aquel matrimonio me llegó un libro sobre la santificación del trabajo. Me acuerdo que en aquel entonces me desvelaba mucho y aprovechaba a leer este libro que me habían prestado. Recuerdo que me llamó tanto la atención que desperté a mi marido y le dije: “esto tenés que escucharlo, esto está escrito para vos y para mí”, aunque especialmente para él ya que tengo “una máquina de trabajo” al lado. Yo había aprendido que un cristiano tenía que buscar la santidad pero este sacerdote –Josemaría Escrivá de Balaguer- lo remataba de una manera absolutamente revolucionaria: la posibilidad de ser santo a través de tu trabajo era como rescatar la grandeza de la vida ordinaria: levantarte, preparar el desayuno, las viandas, realizar la actividad diaria. Que todo eso sea materia de santificación, que sea un pasaporte para ganar el cielo, me parecía de locos. Cuando lo leí por primera vez me parecía que era algo inventado para nosotros dos.

Mi realidad laboral existió desde el “vamos” en mi vida de casada. Siempre uno se va repartiendo, uno se va multiplicando, pero gracias a Dios las cosas vienen de una en una, los hijos vienen de uno en uno, las responsabilidades se van sumando y uno va acomodando el cuerpo y Dios te ayuda.

El gran milagro que operó en mi vida el pensamiento transmitido por San Josemaría es que todo esto no fue una sumatoria a mis responsabilidades. Una vez un sacerdote me dijo que todo lo que me da la Obra, y a lo que uno se compromete con el Opus Dei, es como la chismosa cuando una va a hacer los mandados: uno no piensa que la chismosa es un peso sino que ayuda a traer los mandados. Yo no podría hacer lo que hago en mi vida si no tuviera incorporada esta espiritualidad.