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Sin miedo a grandes empresas
Entrevista a Don César Ortiz-Echagüe

D. César Ortiz-Echagüe
En enero de 1945 conoció a San Josemaría y en octubre de ese mismo año pidió la admisión en el Opus Dei. En 1959 comenzó a trabajar en tareas de formación y gobierno de los apostolados del Opus Dei en España. A partir de entonces, tuvo contacto con San Josemaría, tanto en España, como en Roma, a donde viajó durante esos años con frecuencia, trabajando allí al lado de San Josemaría. A partir de 1975, trabajó en el gobierno central del Opus Dei en Roma.
Vd. conoció de cerca al Fundador del Opus Dei, ¿podría acercarnos a su personalidad?
Tenía una personalidad muy rica, por lo que me resulta difícil resumirla en pocas palabras. Era muy humano, pero esa humanidad estaba enriquecida por las virtudes sobrenaturales, de las cuales destacaría su amor y confianza en Dios y su profunda humildad. Una anécdota que viví puede ayudar a comprenderlo.
A principios de los años 70, en la prensa española salían muchos artículos sobre el Opus Dei. En todos ellos había referencias al Fundador, del que se hablaba en pro o en contra. Durante uno de sus viajes a España después de leer varios de esos artículos, de distinto signo, nos dijo sonriendo:
"Veo que algunos escriben que soy un santo y yo sé bien que no es verdad, porque soy un pecador. Otros escriben que soy un diablo y tampoco es verdad, porque soy hijo de Dios".
Pienso que esas palabras explican, por una parte, la alegría que irradiaba, pues nunca se sentía ofendido y, por otra, su celo apostólico, que le llevaba a lanzarse a grandes empresas en servicio de la Iglesia, confiando plenamente en su Padre Dios.
¿Qué es lo que más le ha servido de esos años de su vida con San Josemaría?
Sin duda, lo mucho que me ayudó a conocer y amar más a Jesucristo. Ya desde que le conocí en 1945 me impresionó la intimidad con que San Josemaría trataba al Señor. Para mí, como para tantos cristianos, Cristo es Dios, pero, en aquél entonces, yo lo sentía como alguien lejano, que había vivido hace dos mil años, que está en el Cielo, pero que no pertenecía al círculo de mis “amigos íntimos“. En San Josemaría encontré un sacerdote, cuyo mejor amigo era, sin duda, Jesucristo.
Con un sacapuntas
San Josemaría me enseñó a tratar a Jesús como un amigo, utilizando las circunstancias de la vida diaria. Siendo yo todavía estudiante de arquitectura, me preguntó un día:
"César, dime algo que tienes que repetir muchas veces a lo largo del día".
Por aquél entonces, yo tenía que dibujar mucho y no disponíamos de lápices automáticos. Le contesté:
"Padre, dedico muchas horas al día a sacarle punta al lápiz". Y me sugirió:
"Pues aprovéchalo. Cada vez que des una vuelta con el sacapuntas, reza una jaculatoria al Señor, ofreciéndole tu trabajo. Se alegrará mucho".
Pero además, aprendí de él que, para ofrecer mi trabajo, la primera condición es procurar hacerlo muy bien y con sentido de servicio a los demás. Es algo que he intentado hacer toda mi vida.
El hecho de que San Josemaría fuera español, ¿influye en el espíritu del Opus Dei? ¿Lo entiende igual un alemán de Colonia que un madrileño?
San Josemaría amaba mucho España y la conocía muy bien, pues la había recorrido incesantemente. Conocía sus paisajes y su gente, y dominaba maravillosamente el castellano. No obstante tenía un espíritu católico, universal. Su mensaje de la llamada universal a la santidad, que fue luego proclamado solemnemente por el Concilio Vaticano II, es tan comprensible para un alemán de Colonia, como para un madrileño.
Para trasmitir su mensaje, San Josemaría predicó y escribió mucho y, salvo algunas veces que lo hizo en italiano, utilizó siempre el castellano. Ponía ejemplos muy vivos, que un alemán entiende tan bien como un español. Lo que no es tan fácil es que un alemán, incluso teniendo buenos conocimientos del castellano, pueda captar toda la riqueza del lenguaje hablado y escrito de San Josemaría. Un profesor alemán, el Profesor Flasche, ya fallecido, escribió una historia de la literatura castellana, en donde compara el estilo de San Josemaría, especialmente el de Camino, con el de los mejores clásicos castellanos, incluídos algunos relativamente recientes como Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado.
Las traducciones

Vista del santuario de Torreciudad, Huesca
San Josemaría, cuando era joven, quería ser arquitecto. Nos parece que Vd. estaba cerca de él cuando promovió lo que él llamaba "una locura de amor": el santuario de Torreciudad, ¿por qué quería San Josemaría realizar un proyecto como ése?
En efecto, tuve ocasión de seguir muy de cerca ese proyecto y su realización, en estrecho contanto con San Josemaría. Ya en los años 50 le había oido decir que no desearía morirse sin haber construido una iglesia, grande y bella, dedicada a la Virgen Santísima, como agradecimiento por los continuos favores que él personalmente, y el Opus Dei, habían recibido de sus manos, y para ayudar a que muchas personas, con la ayuda de la Virgen, acudieran a recibir el Sacramento de la Confesión. Pero la primera noticia concreta de que ese deseo se iba cumplir en Torreciudad, la tuve en septiembre de 1962, cuando acompañé a Barbastro al que entonces era el Vicario regional del Opus Dei en España, D. Florencio Sánchez Bella.
El proyecto se le encargó a un arquitecto mucho más joven que yo, Heliodoro Dols, que, como puede verse, cumplió estupendamente el encargo. A mí me correspondió la tarea de coordinar todo el conjunto, para el que no sólo trabajaron arquitectos, sino también escultores, pintores, policromadores, etc. Además, aprovechaba mis estancias en Roma para informar a nuestro Fundador primero de la marcha del proyecto y, luego, de las obras. También Helidoro fue algunas veces a Roma, para tratar su parte con San Josemaría. Los dos conocíamos bien su gran afición a la arquitectura, que provenía ya de su juventud, y de la que había adquirido una gran experiencia con las obras para la construcción de los edificios centrales del Opus Dei en Roma.
¿Cómo lo seguía?
Nos impresionó mucho la libertad que nos dejó en cuanto al estilo y las soluciones arquitectónicas, prescindiendo de sus ideas personales en ese campo. En cambio, nos dio muchas ideas y sugerencias que sirvieran para fomentar la piedad de los peregrinos que acudirían a Torreciudad y para que se les pudiera atender muy bien espiritualmente.
Son muchas las anécdotas que podría contar de esas numerosas conversaciones y reuniones de trabajo con San Josemaría durante los años del proyecto y de la realización de Torreciudad, pero me limitaré a contar una sola.
En numerosas ocasiones le habíamos sugerido que, aprovechando alguno de sus viajes a España, fuéramos con él a Torreciudad para que conociera el lugar, en el que sólo había estado en brazos de sus padres. Nos había contestado que iría cuando empezasen las obras para bendecirlas y pedir a la Santísima Virgen que no hubiera accidentes durante la realización de los trabajos. A finales de 1969 pudieron comenzar por fin las obras en aquel abrupto y alejado lugar y en abril de 1970 viajamos con San Josemaría hacia allí.
40 confesonarios
Dormimos en Zaragoza y, al día siguiente, después de rezar ante la imagen de la Virgen del Pilar, seguimos el viaje hacia Torreciudad. Yo conducía el coche. En alguna conversación anterior le había expresado a nuestro Fundador que, después de conocer el emplazamiento de Torreciudad, en una zona pobre y despoblada, me resultaba difícil entender su deseo de que debajo de la iglesia hubiera una gran cripta con cuarenta confesonarios. Además de la crisis que se empezaba a notar en la práctica de ese Sacramento, preguntaba yo, ¿de dónde acudiría la gente para utilizarlos?
San Josemaría no me contestó en aquella ocasión, pero durante el trayecto desde Zaragoza, a medida que nos íbamos acercando a Torreciudad, iba comprobando lo que yo le había dicho respecto a la falta de población. En medio de la conversación que llevábamos en el coche, me preguntó:
"¿Cuántos confesonarios os he dicho que dispongáis en Torreciudad?"
Le contesté: Padre, cuarenta. Y él me dijo:
"Pensaréis que estoy loco, ¡cuarenta confesonarios en estos parajes, que son el fin del mundo! Bueno, vamos a ser razonables. Empezad colocando veinte. Pero dejad previsto el espacio para los otros veinte. Estoy seguro de que, con el tiempo, vendrán muchas personas a Torreciudad y que la Virgen moverá a una buena parte de ellas a acercarse al Sacramento de la Confesión.
Así lo hicimos. Cuando en mayo de 1975 nuestro Fundador estuvo en Torreciudad, fue él la primera persona que se confesó en uno de esos confesonarios. Un mes después marchó al Cielo. En el mes de octubre me trasladé a Roma para trabajar en el Consejo General del Opus Dei. Marché convencido de que habrían de pasar muchos años antes de que fuera necesario añadir los otros veinte confesonarios. Pero pasó poco tiempo y supe que se había tenido que hacer, pues, en los fines de semana de la temporada de peregrinaciones, había algunas veces tantos peregrinos y eran tantos los que, después de rezar ante la imagen de la Virgen, se sentían movidos a acudir al Sacramento de la Penitencia, que se vio necesario instalar los veinte restantes.
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