Documentación
Relatos biográficos
El Cáliz de latón
Salvador Bernal
Salvador Bernal recoge en Apuntes sobre la vida del fundador del Opus Dei, el diálogo de san Josemaría con un señor argentino que le cuenta que ha regalado un cáliz de oro a un amigo sacerdote.
Una mañana de domingo, junio de 1974, en el Teatro Coliseo de Buenos Aires. Apenas había comenzado la conversación, cuando un hombre de aquella tierra, con la sonrisa en los labios, y un gesto de picardía, tomó la palabra:
— “En ocasión de ordenarse sacerdote un íntimo amigo mío, le regalé un cáliz de oro. Algunos amigos, católicos, me dijeron que ese regalo no tenía sentido social, o que carecía yo de sentido social. Por otra parte —y no se ría— en casa tenemos una perra muy buena, que nos cuesta bastante plata mantener. Ningún amigo mío me ha dicho que me falta sentido social por eso. Yo quisiera que usted me diga que opina del cáliz y de la perra.”
La gente que abarrotaba el teatro rió la pregunta. Y se quedó seria, y volvió a reír, con la respuesta:
“Yo, que celebro habitualmente con un cáliz de latón, querría usar todos los días un cáliz de oro, y me parecería poco. Dios te bendiga, porque has dado ese poquito de cariño tuyo al Señor. ¡Has hecho muy bien! Te basta leer lo que el Señor disponía en el Viejo Testamento, y como todo tenía que ser de oro. ¡Todo de oro! Ahora, cualquier cosa les parece demasiado para Nuestro Señor y demasiado poco para ellos. Algunos se han hecho egocéntricos, miserables, no piensan más que en sí mismos. Y para Nuestro Dios, quieren el sacrificio de Caín. Otra vez se repite la historia. El buen hijo sacrifica lo mejor, el oro, lo que pueda, lo que le cuesta. Los demás querrían darle el barro, la miseria.
Y en cuanto al perrito, acuérdate de San Francisco de Asís. Y consuélate, y sigue haciéndole mimos a tu perra. ¿Por qué vamos a tratar mal a los animales? Si tú tienes corazón para un animal, yo sé que lo tienes más grande para un semejante tuyo. Que cualquier persona necesitada encuentre tu corazón abierto y tu mano dadivosa. Dios te bendiga.”
No era la primera vez que Mons. Escrivá de Balaguer se refería a este cáliz de latón. “Yo celebro todos los días —había comentado en otra ocasión—, desde hace muchísimos años, con un cáliz que me costó trescientas pesetas. Le pasa un poco lo que a mí; la gente lo ve y dice: es de oro... Pero es pura apariencia. Cuando se desarma, con una sinceridad total, se lee en letras bien grandes: latón.”
Todo el encanto de ese cáliz se debe a las manos que le dieron forma, y lo recubrieron de un finísimo baño de oro. Sin embargo, el orfebre tuvo la honradez de dejar constancia del metal corriente con que estaba hecho, en un lugar escondido, pero asequible. Acabó tan bien su obra, que a primera vista nadie —ni siquiera una persona entendida— pondría en duda la riqueza del vaso sagrado. Era preciso desarmarlo y verlo por dentro, para descubrirlo. Solo la copa era de plata, según las disposiciones litúrgicas. Toda una lección de sinceridad, de naturalidad, de amor por lo auténtico y genuino, que al Fundador del Opus Dei movía también a la humildad: “Cuando en la Santa Misa alzo el cáliz, después de la Consagración, veo en él una imagen de mi pobre vida: de las luchas, de las victorias y de las derrotas. Las victorias son suyas, de Cristo; y las derrotas son mías.”
Con esa confianza en Dios, las miserias no pueden ser nunca ocasión de desasosiego o de tristeza. En las manos de Dios Padre, se aproxima uno a la lección de ese cáliz, que “no desea engañar a nadie pareciendo de oro, porque a gritos dice: ¡latón!”
Y surge el propósito:
“Sed muy sinceros, hijos míos. No escondáis vuestras miserias en la dirección espiritual. Sólo así serán como joyas vuestras vidas, y se convertira de verdad vuestro corazón en trono de Dios, que triunfara en vuestra flaqueza.”
El corazón enamorado del Fundador del Opus Dei necesitaba mostrar su amor igual que los que se quieren en la tierra. No tenía —tantas veces lo dijo— un corazón distinto para Dios. Por eso, a título de ejemplo, cuando en Roma no había dinero ni para lo más necesario, no le faltaba, a la Virgen de la habitación donde trabajaba muchas horas al día, una rosa natural, manifestación externa de su cariño interior. La riqueza en las cosas del culto —se ve claro en las anécdotas aquí recogidas— era culminación de un querer auténtico y delicado, al que todo parecía poco para la Persona amada: “¡Qué poco es una vida para ofrecerla a Dios!”. (Camino, 420).
Así lo enseñó siempre. Destinar lo mejor al culto es manifestación concreta de desprendimiento real de los bienes terrenos, de aceptación rendida del dominio divino sobre las cosas creadas, de espíritu de adoración y de piedad. Y le emocionaba, y agradecía, el esfuerzo que en todo el mundo personas del Opus Dei ponían para vivir esa finura de amor:
“El Señor está muy contento, porque le tratáis con amor, cuidando con esmero y delicadeza las cosas del culto, donde procuramos destinar lo mejor que puede reunir esta bendita pobreza nuestra. Y Jesús tiene que estar contento tambien con ese trato personal íntimo, de cada uno de vosotros. ¡Qué Dios os bendiga!”
Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, pp. 307-309.

— “En ocasión de ordenarse sacerdote un íntimo amigo mío, le regalé un cáliz de oro. Algunos amigos, católicos, me dijeron que ese regalo no tenía sentido social, o que carecía yo de sentido social. Por otra parte —y no se ría— en casa tenemos una perra muy buena, que nos cuesta bastante plata mantener. Ningún amigo mío me ha dicho que me falta sentido social por eso. Yo quisiera que usted me diga que opina del cáliz y de la perra.”
La gente que abarrotaba el teatro rió la pregunta. Y se quedó seria, y volvió a reír, con la respuesta:
“Yo, que celebro habitualmente con un cáliz de latón, querría usar todos los días un cáliz de oro, y me parecería poco. Dios te bendiga, porque has dado ese poquito de cariño tuyo al Señor. ¡Has hecho muy bien! Te basta leer lo que el Señor disponía en el Viejo Testamento, y como todo tenía que ser de oro. ¡Todo de oro! Ahora, cualquier cosa les parece demasiado para Nuestro Señor y demasiado poco para ellos. Algunos se han hecho egocéntricos, miserables, no piensan más que en sí mismos. Y para Nuestro Dios, quieren el sacrificio de Caín. Otra vez se repite la historia. El buen hijo sacrifica lo mejor, el oro, lo que pueda, lo que le cuesta. Los demás querrían darle el barro, la miseria.
Y en cuanto al perrito, acuérdate de San Francisco de Asís. Y consuélate, y sigue haciéndole mimos a tu perra. ¿Por qué vamos a tratar mal a los animales? Si tú tienes corazón para un animal, yo sé que lo tienes más grande para un semejante tuyo. Que cualquier persona necesitada encuentre tu corazón abierto y tu mano dadivosa. Dios te bendiga.”
No era la primera vez que Mons. Escrivá de Balaguer se refería a este cáliz de latón. “Yo celebro todos los días —había comentado en otra ocasión—, desde hace muchísimos años, con un cáliz que me costó trescientas pesetas. Le pasa un poco lo que a mí; la gente lo ve y dice: es de oro... Pero es pura apariencia. Cuando se desarma, con una sinceridad total, se lee en letras bien grandes: latón.”
Todo el encanto de ese cáliz se debe a las manos que le dieron forma, y lo recubrieron de un finísimo baño de oro. Sin embargo, el orfebre tuvo la honradez de dejar constancia del metal corriente con que estaba hecho, en un lugar escondido, pero asequible. Acabó tan bien su obra, que a primera vista nadie —ni siquiera una persona entendida— pondría en duda la riqueza del vaso sagrado. Era preciso desarmarlo y verlo por dentro, para descubrirlo. Solo la copa era de plata, según las disposiciones litúrgicas. Toda una lección de sinceridad, de naturalidad, de amor por lo auténtico y genuino, que al Fundador del Opus Dei movía también a la humildad: “Cuando en la Santa Misa alzo el cáliz, después de la Consagración, veo en él una imagen de mi pobre vida: de las luchas, de las victorias y de las derrotas. Las victorias son suyas, de Cristo; y las derrotas son mías.”
Con esa confianza en Dios, las miserias no pueden ser nunca ocasión de desasosiego o de tristeza. En las manos de Dios Padre, se aproxima uno a la lección de ese cáliz, que “no desea engañar a nadie pareciendo de oro, porque a gritos dice: ¡latón!”
Y surge el propósito:
“Sed muy sinceros, hijos míos. No escondáis vuestras miserias en la dirección espiritual. Sólo así serán como joyas vuestras vidas, y se convertira de verdad vuestro corazón en trono de Dios, que triunfara en vuestra flaqueza.”
El corazón enamorado del Fundador del Opus Dei necesitaba mostrar su amor igual que los que se quieren en la tierra. No tenía —tantas veces lo dijo— un corazón distinto para Dios. Por eso, a título de ejemplo, cuando en Roma no había dinero ni para lo más necesario, no le faltaba, a la Virgen de la habitación donde trabajaba muchas horas al día, una rosa natural, manifestación externa de su cariño interior. La riqueza en las cosas del culto —se ve claro en las anécdotas aquí recogidas— era culminación de un querer auténtico y delicado, al que todo parecía poco para la Persona amada: “¡Qué poco es una vida para ofrecerla a Dios!”. (Camino, 420).
Así lo enseñó siempre. Destinar lo mejor al culto es manifestación concreta de desprendimiento real de los bienes terrenos, de aceptación rendida del dominio divino sobre las cosas creadas, de espíritu de adoración y de piedad. Y le emocionaba, y agradecía, el esfuerzo que en todo el mundo personas del Opus Dei ponían para vivir esa finura de amor:
“El Señor está muy contento, porque le tratáis con amor, cuidando con esmero y delicadeza las cosas del culto, donde procuramos destinar lo mejor que puede reunir esta bendita pobreza nuestra. Y Jesús tiene que estar contento tambien con ese trato personal íntimo, de cada uno de vosotros. ¡Qué Dios os bendiga!”
Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, pp. 307-309.
Relación de contenidos
- Que tratéis con cariño los sagrarios
- Aconsejaba a los demás lo que vivía personalmente
- La primera romería
- Torreciudad
- Nunca podré olvidar aquella Misa
- El Cáliz de latón
- La Virgen de Lourdes
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- Con la Virgen morena de Guadalupe
- Canciones de despedida
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