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Contemplación en medio del mundo
Mons. Javier Echevarría

Entre las características que me parecen más adecuadas para describir la figura de san Josemaría Escrivá sólo consideraré una: la unidad de vida. En el lenguaje de la teología espiritual, con esta expresión se suele designar el ideal, ya presente en muchos Santos Padres, de la armonía entre Marta y María, la fusión de acción y contemplación, de oración y trabajo (término que uso aquí en sentido amplio, y que comprende los deberes profesionales, familiares, las relaciones sociales, las tareas civiles en general).
La unidad de vida surge de la acción del Espíritu Santo en el alma; no es, por tanto, un logro meramente humano, el resultado de un orden mental, de una eficiencia organizativa o del esfuerzo personal por alcanzar una especie de serenidad de ánimo. En cierto modo, representa un sinónimo de la santidad y, por eso, es una meta para todos los cristianos.
La Exhortación apostólica Christifideles laici subraya la importancia de la unidad de vida en el contexto de la santificación de la vida ordinaria (cfr. n. 17): sólo cuando se consideran a la luz de esa unidad, las tareas cotidianas se revelan como otras tantas ocasiones de unión con Dios; más aún, esas tareas se revelan como transfiguradas por la gracia. Cuando nos dejamos absorber por la dimensión horizontal de la existencia, la cotidianidad —si no por otro motivo, por los ritmos impuestos por las exigencias que la fragmentan— genera dispersión: prisa, distracción, urgencia de encontrar soluciones a problemas tan urgentes que no dejan espacio para otros pensamientos... Las obligaciones del trabajo tienden a quitar tiempo a la vida familiar; los modelos de la sociedad consumista querrían apagar la fuerza de un ideal que comporta austeridad y sacrificio; las necesidades económicas absorberían por sí solas toda la energía, a costa de otros deberes más altos. Y así, el corazón del hombre, expuesto a estas enormes presiones, corre el riesgo de disgregarse. En cambio, cuando hay unidad de vida, las tensiones a las que estamos cotidianamente sometidos se combinan en armonía.
Vivir junto a Josemaría Escrivá ha sido para mí una constante lección de unidad de vida: cada uno de sus gestos, cada una de sus palabras, todos los proyectos que emprendía, estaban explícitamente orientados hacia el Señor. Nacían de la fe, tomaban forma con la esperanza de su ayuda, manifestaban el deseo de servirle. En él se veía encarnado el programa expresado por estas palabras de Camino: «Decía un alma de oración: en las intenciones, sea Jesús nuestro fin; en los afectos, nuestro Amor; en la palabra, nuestro asunto; en las acciones, nuestro modelo» (n. 271). Josemaría Escrivá enseñaba que del mismo modo que en la persona de Jesucristo se unían lo humano y lo divino, así debían unificarse existencialmente en el cristiano —llamado a convertirse en otro Cristo: más aún, el mismo Cristo (alter Christus, ipse Christus)— los aspectos humanos y sobrenaturales de su propia vida.
La coherencia entre la fe y las obras
Además de la práctica personal, una asidua reflexión le llevó a individuar con gran lucidez las implicaciones de la unidad de vida. Antes que nada, comporta la coherencia entre la fe y las obras, el pleno respeto de la ley moral, sin restricciones ni componendas, en todas las situaciones (familiares, profesionales, etc.) que el cristiano está llamado a vivir. Como conocía hondamente el valor ejemplar de esa coherencia de fe, el fundador del Opus Dei nos hacía observar cómo de ella dependía, en gran parte, la contribución de los fieles cristianos a la edificación del Reino de Dios sobre la tierra.
Precisamente en este contexto, la Christifideles laici (n. 59) recuerda la claridad con que el Concilio llama a los laicos a superar cualquier fractura entre fe y conducta, «guiados siempre por el espíritu evangélico» en el cumplimiento de las obligaciones terrenas (Const. past. Gaudium et spes, n. 43).
En relación con esa característica de la unidad de vida se comprende mejor la insistencia con que el Fundador del Opus Dei explicaba que la primera condición para santificar el trabajo es trabajar bien; es decir, no sólo con diligencia, sino sobre todo con sentido de justicia y de caridad con el prójimo —colegas o clientes, colaboradores, subordinados o superiores—: «Hemos de trabajar mucho en la tierra; y hemos de trabajar bien, porque esa tarea ordinaria es lo que debemos santificar» (Amigos de Dios, n. 202). Una actividad desarrollada con el sello de la improvisación, de la superficialidad, de la desgana, no aporta ningún beneficio al bien común, no sólo por su vaciedad sustancial, sino en primer lugar porque no puede ofrecerse al Señor. Esta constatación nos lleva a dar un importante paso adelante en nuestra reflexión sobre la unidad de vida: la búsqueda de la perfección en nuestra tarea ordinaria es inseparable de la presencia de una finalidad expresamente sobrenatural. El texto citado prosigue así: «No nos olvidemos nunca de realizarla por Dios. Si la hiciéramos por nosotros mismos, por orgullo, produciríamos sólo hojarasca: ni Dios ni los hombres lograrían, en árbol tan frondoso, un poco de dulzura».
Con esto se pone en primer plano el núcleo más relevante de nuestro asunto: la instauración de una verdadera unidad entre los distintos ámbitos de nuestra vida se obtiene cuando esos aspectos vienen elevados, in actu, al orden de la gracia, o sea, cuando son referidos hic et nunc a Dios. «No soportamos los cristianos —ha escrito este santo sacerdote— una doble vida: mantenemos una unidad de vida, sencilla y fuerte en la que se fundan y compenetran todas nuestras acciones» (Es Cristo que pasa, n. 126). No se trata de una vaga aspiración, de un genérico estado de ánimo de nostalgia de lo divino. Para Josemaría Escrivá, el logro de esa unidad representa «una condición esencial, para los que intentan santificarse en medio de las circunstancias ordinarias de su trabajo, de sus relaciones familiares y sociales. Jesús no admite esa división» (Amigos de Dios, n. 165).
Fusión de trabajo, apostolado y oración
«Unir el trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación —cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria, para contribuir a reconciliar el mundo con Dios—, y convertir ese trabajo ordinario en instrumento de santificación personal y de apostolado. ¿No es éste un ideal noble y grande, por el que vale la pena dar la vida?» (Instrucción, 19-III-1934, n. 33). Este párrafo, procedente de uno de los primeros escritos del Fundador del Opus Dei, refleja la enorme distancia que separa su visión de la existencia cristiana de concepciones de sabor intimista.
Esa distancia me aparece evidente, en particular, por el acento en el apostolado («reconciliar el mundo con Dios... »), como uno de los elementos que deben concurrir en la articulación constitutiva de la vida cristiana. El ejercicio de la participación activa en la misión redentora de Cristo, propia de cualquier bautizado y por tanto intrínseca a cada uno de sus actos, no sólo debe coexistir con la oración y con las normales ocupaciones cotidianas, sino que tiende a unificarse con ellas. Quizá se podría sostener que estas tres dimensiones, en su conjunto, concurren de algún modo a configurar la noción de secularidad, característica específica del papel de los laicos en la misión de la Iglesia. Esta noción no se agota en calificar su presencia en el mundo a través de la actividad profesional. En el mensaje de Josemaría Escrivá, el trabajo —entendido, vuelvo a repetir, en sentido amplio— se hace una sola cosa con el apostolado (ofrece constantes ocasiones de apostolado personal) y esta simbiosis viene consolidada por la exigencia de combinar ambas realidades —en cada una de sus expresiones— con la lucha ascética y la oración. La fusión de estos elementos viene requerida precisamente por el empeño de la búsqueda de la santidad en lo ordinario. En definitiva, viene requerida tanto por el fin (la santidad, a la que nada puede permanecer extraño) como por las circunstancias (la vida ordinaria) en las que el fiel común consuma su propia existencia.
Transformar todo en oración
Querría detenerme en este aspecto, porque aquí está el fundamento de todo: el deseo operativo de transformar toda actividad —así como el vastísimo mundo de los afectos, de los proyectos vitales, de los intereses que nos llevan más allá de nosotros mismos— en encuentro con Dios, en oración. Si esta intención, este esfuerzo, viene a menos, entonces el trabajo del cristiano no presenta ninguna cualidad que lo pueda distinguir del de quien busca sólo la eficiencia de los resultados o el frío cumplimiento del deber. No trae frutos apostólicos: «Es inútil que te afanes en tantas obras exteriores si te falta Amor. --Es como coser con una aguja sin hilo» (Camino, n. 967). Josemaría Escrivá nos hacía observar que es necesario trabajar siempre con los pies bien plantados en la tierra, pero con la mirada puesta en el cielo (cfr. Amigos de Dios, n. 75).
La primacía de esta explícita intencionalidad sobrenatural supone que aparece la dimensión contemplativa como factor verdaderamente determinante de la acción del cristiano en el mundo. La verdad suprema del trabajo y del apostolado viene dada por su resolución última en la oración. Su fecundidad con vistas a la instauración del Reino no es solo que dependa del hecho de que estén enraizados en la oración y sostenidos por la oración —ut cuncta nostra operatio a Te semper incipiat et, per Te coepta, finiatur—, sino que la misma estructura del actuar cristiano hace que deban convertirse en oración en todo momento. Trabajo y apostolado son oración.
Todo esto es la unidad de vida. Pero el cuadro no estaría completo si no diéramos la vuelta a cuanto acabamos de ver y no afirmásemos que la oración, a su vez, es apostolado y es trabajo.
Es apostolado. «El arma del Opus Dei —repetía Josemaría Escrivá de Balaguer— no es el trabajo, es la oración» (A. del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, Madrid, Rialp, 1993, p. 51). ¡Cuánto rezó a lo largo de su vida! Cuánta perseverancia en sus súplicas al Señor por la Iglesia, por el Papa, por los Obispos y los sacerdotes de todo el mundo, por los religiosos, los seminarios, por todas las almas. La misma lectura del periódico era ocasión de una continua oración por los protagonistas —países o personas— de las diversas noticias. Sembró de avemarías las carreteras de toda Europa. Cuando se encontraba con alguien, antes que nada, tenía la costumbre de dirigir un silencioso saludo a su Ángel Custodio... En una de sus homilías leemos: «El apostolado es amor de Dios, que se desborda, dándose a los demás. (...) Y el afán de apostolado es la manifestación exacta, adecuada, necesaria, de la vida interior. Cuando se paladea el amor de Dios se siente el peso de las almas» (Es Cristo que pasa, n. 122). En su oración, la adoración se entrelazaba ininterrumpidamente con la invocación de ayuda por la salvación de las almas, el agradecimiento por tantas intervenciones divinas en los acontecimientos humanos, y la contrición por lo que pensaba que era su propia ineptitud.
La oración, por fin, es trabajo. Ya he precisado lo lejano que estaba del intimismo o del sentimentalismo. Esto se nota especialmente en la oración, que nada tiene que ver con un éxtasis momentáneo, con un fugaz sentimiento de dulzura o con un movimiento interior de emoción... La fatiga y un cierto esfuerzo son inseparables de la vida de oración. Josemaría Escrivá era bien consciente de que dentro llevaba, como todos nosotros, el «hombre viejo», y se afanaba por hacer frente a sus sugestiones. Alguna vez pensaba que su respuesta no había sido plenamente generosa, y para recomenzar se refugiaba en la contrición, que es lo más conveniente a la condición de criatura, de quien sabe que puede y debe amar cada vez más. Por esto no caía nunca en el desánimo cuando tocaba con la mano —así decía— su propia nada. Y por esto en sus escritos está siempre presente, como lo estuvo en su vida, la llamada a la necesidad de buscar a Cristo.
Algunos recordarán aquel punto de Camino que reza: «Al regalarte aquella "Historia de Jesús", puse como dedicatoria: "Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo". —Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera?» (n. 382). O también aquel párrafo de una de sus homilías titulada Hacia la santidad: «En este esfuerzo por identificarse con Cristo, he distinguido como cuatro escalones: buscarle, encontrarle, tratarle, amarle. Quizá comprendéis que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre, buscadlo en vosotros mismos con todas vuestras fuerzas. Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos» (Amigos de Dios, n. 300).
Los textos podrían multiplicarse hasta el infinito, pero me parece que lo dicho basta para fundamentar la idea de que la unidad de vida —como todo lo que refleja simplicidad, armonía, ausencia de disgregación— lleva en sí un destello de lo divino, porque Dios es unidad. Por esto, con todo derecho, puede considerarse un vértice de la vida espiritual. Me refiero a la contemplación en medio del mundo, que en definitiva representa el punto de convergencia de todo el mensaje espiritual de Josemaría Escrivá. A él le pido que nos ayude a todos nosotros, en estos días de gracia, a dar un decisivo paso adelante hacia esa meta de vida interior.
Mons. Javier Echevarría, Suplemento de L’Osservatore Romano, 6 de octubre de 2002
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