PortadaDocumentaciónHomilías sobre el fundador del Opus DeiCardenal Jorge Medina. Roma, 8 de octubre de 2002


Documentación
Homilías
Cardenal Jorge Medina. Roma, 8 de octubre de 2002
Cardenal Jorge Medina, prefecto emérito de la Congregación para el Culto Divino

En esta Santa Misa de acción de acción de gracias porque la Iglesia ha reconocido la santidad de Josemaría Escrivá de Balaguer, me parece bueno reflexionar acerca del mensaje de este gran testigo de Jesucristo.
El mensaje de San Josemaría nos invita a pensar en que todos los santos son expresión de plena fidelidad al Evangelio. Todos lo santos son frutos maduros de la gracia de Dios. Cada santo nos trae un mensaje de Dios para su Iglesia y cada santo es un destello que complementa a los otros santos. Ningún santo invita a prescindir de los demás.
El mensaje de San Josemaría es doble: el llamado universal a todos los cristianos a la santidad; y, por otra parte, la búsqueda y la consecución de la santidad en las tareas ordinarias de cada quien.
Pero conviene detenernos a pensar qué es la santidad porque hay muchas personas que piensan que la santidad consiste sobre todo en hecho espectaculares y extraordinarios.
La santidad es el cumplimiento, ante todo, del primer mandamiento de la Ley de Dios, tal como el Señor lo reveló a Moisés en el Sinaí: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Este mandamiento es igual para todos los cristianos. Nunca se dijo en la Escritura que un grupo de cristianos debía amar a Dios con todo el corazón y otros sólo con la mitad.
La santidad es la respuesta a ese programa fijado por Jesús que es al mismo tiempo una promesa: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Y esas palabras pronunciadas por Jesús en el Sermón de la Montaña no fueron dirigidas sólo a los apóstoles sino a todos los que lo escuchaban.
La santidad, queridos hermanos tiene su comienzo en el bautismo. Sería largo explicar el sentido de la fórmula bautismal que todos ustedes conocen, pero que se puede traducir de esta forma: “Yo te sumerjo en el agua para que muera el hombre viejo que ha sido presa del pecado y para que resucites a una vida nueva para gloria del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. El bautismo es la primera y más esencial consagración del cristiano, antes que la consagración eventualmente a la vida religiosa o al ministerio sacerdotal o episcopal.
El apóstol San Pablo acuña una frase de gran poder cuando él dice en la Carta a los Romanos: nosotros para Dios vivimos y nosotros para Dios morimos Sea que vivamos o muramos, somos del Señor. Frase dicha por el apóstol a todos los cristianos de la comunidad de Roma. El mismo apóstol San Pablo en la Carta a los efesios nos dice que fuimos elegidos por Dios antes de cualquier mérito de nuestra parte para ser santos e inmaculados para ser consagrados a la búsqueda de la gloria de la gracia de Dios; gracia que fue la inspiradora de la espiritualidad de la bienaventurada Isabel de la Trinidad, que fue a su vez inspiradora de Santa Teresa de Jesús de los Andes.
Sigamos con el apóstol San Pablo en el capítulo 12 de la Carta a los Romanos: ofrézcanse como hostias vivas y reformen su modo de pensar para poder discernir lo que es bueno y lo que es agradable a los ojos de Dios. Ofrenda de toda la vida para discernir lo que es grato a Dios. Nos habla también San Pablo de la vida cristiana como de la existencia de hombres nuevos, de nuevas criaturas, sustraídas al poder del demonio y del pecado para vivir para Dios, revestidos de Cristo. La santidad, queridos hermanos, proviene de la gracia de Dios. No podemos hacernos santos nosotros mismos si no contamos con la gracia del Señor. Sin mi nada podéis hacer, y comenta san Agustín: “ni mucho ni poco. Simplemente nada”.
La santidad es obra de conversión del poder de las insidias del demonio para vivir para Dios; y cuando ya estamos vueltos hacia el Señor es una obra de purificación progresiva que ha de ir limando todas las asperezas que se oponen o no guardan relación con la verdad y la santidad.
La santidad en esta vida es vida verdadera. Ésa es la verdadera vida. Es plenitud y es la antesala de la gloria. Entre la santidad de esta vida y la gloria de los bienaventurados no hay sino una puerta de paso que es la muerte para entrar en nuestro destino definitivo.
El apóstol San Pablo en la Carta a los gálatas dice: yo vivo, sí, pero quien en realidad vive es Jesucristo quien vive en mí.
A esta santidad, mis queridos hermanos, están llamados todos los cristianos. Es el llamado universal, doctrina que está ya en las Sagradas Escrituras, también en el Antiguo Testamento, pero que fue reafirmada con mucha claridad por el Concilio Vaticano II. Este llamado a la santidad no es para unos pocos. No hay cristianos de primera ni de segunda clase. Hay solamente fieles: más o menos fieles; hay cristianos coherentes, poco coherentes o incoherentes.
La santidad no es monopolio de ningún estado de vida. No está dicho que sólo los sacerdotes estén llamados a la santidad o sólo los religiosos sino todos y cada uno de los que han recibido gratuitamente de Dios la gracia del Bautismo.
Tanto es así que en las cartas de San Pablo, cuando él se dirige a los destinatarios de ese escrito, se dirige a los destinatarios diciéndoles los santos, tal vez antes que el grupo de la comunidad cristiana se llamara de los cristianos; tal vez antes se llamaron los santos o bien el camino. Los santos que recibieron la semilla inicial de la santidad por la gracia y el camino hacia el Señor y hacia la plenitud de la vida eterna.
Cuando rezamos el Padrenuestro -si ustedes analizan bien cada una de las peticiones del Padrenuestro- vemos que son un programa de santidad :Glorificado sea tu nombre, que venga tu reino aquí en la tierra, que se reconozca tu reino aquí en la tierra, que tu voluntad se cumpla aquí en la tierra. Dános el pan que nos transforma en Ti, perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no permitas que cedamos a la tentación del mundo, del demonio o de la carne y líbranos del poder del maligno, siempre al acecho contra el designio de Dios que es la santidad.
¿Cómo nos podemos santificar, o, mejor dicho, cómo podemos acoger este llamado y esta gracia, este llamado que el Señor nos hace de llamarnos a la santidad?
En primer lugar por la fe. Sin la fe, dice San Pablo es imposible agradar a Dios. Y el justo vive de la fe, palabra que se repite tres veces en las cartas del apóstol.
Instrumento de santificación es la esperanza, poniendo nuestra seguridad en Dios, en su gracia, en sus promesas y no en nosotros mismos, tan pobres y tan frágiles.
Instrumento de santidad es la caridad, llamada por San Pablo vínculo de perfección, atadura, como aquello con que se amarra un paquete para que quede firme. Caridad, vínculo de perfección y fuente de toda virtud moral.
Todo pasará: la fe, la esperanza; y en la gloria persistirá solamente la caridad.
Es instrumento de santidad la oración, por la que nos colocamos en la presencia de Dios humildemente para escuchar lo que Él nos pide. No para torcerle nosotros la mano a Dios, sino para que Dios se digne en su misericordia a enderezar hacia Dios nuestras malas inclinaciones.
No puede un cristiano vivir su vocación si no ora en alguna de las muchas maneras como la tradición cristiana ha concebido y practicado la oración: la oración de la liturgia de las horas, la oración personal, la meditación, la contemplación, la lectura meditada de las Santas Escrituras, etc.; pero siempre un cristiano debe orar. Dice la Escritura, es preciso orar siempre y nunca dejar de orar.
Y luego los sacramentos, vehículos de la gracia a los cuales el Señor en su infinita bondad ató la eficacia de la gracia para que la recibiéramos incluso prescindiendo de la mayor o menor santidad del ministro que otorga un sacramento. Los sacramentos, vehículos de gracia, que renuevan el corazón del hombre, dando la gracia a quien no la tiene, o acrecentándola a aquellos que ya la poseen. Los sacramentos que acompañan cada momento de nuestra vida hasta el momento de nuestra partida hacia la vida eterna. Y entre los sacramentos, ciertamente, la celebración de la Santa Misa, el sacrificio de Cristo realizado de una vez para siempre en la Cruz y que se hace presente sobre el altar cada vez que un sacerdote pronuncia las palabras que el mismo Jesús pronunció en la última cena para convertir el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre del Señor y para incorporar a toda la comunidad cristiana, no sólo al sacerdote celebrante: a todos en ese movimiento de ofrenda de la propia vida a Dios Padre como si estuviéramos injertados en la ofrenda que Jesucristo mismo hizo de sí mismo en el ara de la Cruz.
Y también es medio de santificación la ascesis, la lucha, la vida del cristiano sobre la tierra es una lucha continua contra todo lo que pretende apartarnos de la voluntad del Señor. El mundo, queridos hijos, ¡no nos es propicio! El mundo lleva profundamente la marca de la obra de Satanás, como dice la carta primera del apóstol San Juan: El mundo yace en el maligno, no sin esperanza, porque el Señor tanto amó al mundo que le envió su Hijo Unigénito para que nos rescatara del poder de Satanás. Pero ese rescate no se cumple todavía con perfección y hay muchas cosas en las conductas individuales o en las situaciones estructurales que son completamente ajenas a la voluntad de Dios que no representan el reino de Dios y que por el contrario representan éxitos del príncipe de este mundo como Jesús llamó al demonio. Tenemos que luchar contra los influjos, contra el engaño que es el arma predilecta del demonio. Tenemos que luchar contra nosotros mismos, que llevamos las huellas del pecado, y no siempre espontáneamente nos sentimos impulsados a realizar el bien. Por eso el apóstol San Pablo decía: venzo mi cuerpo y lo someto a servidumbre y tomaba el ejemplo de los atletas que para lograr un premio se someten a muchas privaciones, a muchos ejercicios para lograr obtener un premio que San Pablo califica de efímero y transitorio. Cuánto más nosotros debemos esforzarnos para alcanzar el premio que jamás se marchita.
Todos, queridos hermanos, estamos llamados a la santidad. La santidad tiene una vertiente personal, que es la persona quien es santificada y la persona que se salva. Pero tiene también la santidad una vertiente comunitaria porque el hombre es siempre cuerpo de Cristo que es la Iglesia y necesariamente está relacionado con los otros miembros de la Iglesia. Tal vez la primera herejía que se pronunció en este mundo fue la frase de Caín cuando Dios le preguntó qué había sido de su hermano Abel; y Caín mintiendo le dijo a Dios: ¿quién me ha hecho a mí responsable de mi hermano? ¡Falso! Todos somos responsables unos de otros, por la oración, por el ejemplo, por la palabra. Cada uno de nosotros es un “yo” pero necesariamente integrado en un “nosotros”. Ni un “nosotros” que dispense del “yo persona”, ni un “yo” que pueda prescindir de la Comunión de los santos, del “nosotros” eclesial.
Y esta santidad, queridos hermanos, en lo cotidiano, en lo de cada día, en lo que pasa desapercibido, en lo común, en lo corriente, en la rutina cotidiana.
Los santos no lo son por sus milagros o prodigios sino por el fervor de la caridad, por la fe viva, la esperanza firme y la caridad ardiente.
¿Cómo forman parte de lo cotidiano? Primero la oración. Necesitamos orar. Los cristianos del siglo III aquí en la ciudad de Roma -los cristianos: no estoy diciendo los sacerdotes- oraban siete u ocho veces al día cada y una vez a media noche.
El trabajo: no para agradar a los hombres, no para que nos aplaudan, no para evitar un castigo, una reprensión, sino para agradar a Dios que puso -como oímos en la primera lectura- al hombre ya en el paraíso terrenal, la ley del trabajo, con empeño, con amor, con profesionalidad, con perfección.
Y pertenece a lo cotidiano el amor a la verdad. El mundo, queridos hermanos, esta lleno de mentiras que son obra del demonio, aquél al que Jesús llama el padre de la mentira, el que engaña, el que hace creer a los hombres que el bien es mal o el mal es bien. El que hace creer a los hombres que actuar contra la ley de Dios puede ser un camino de felicidad. El cristiano debe ser testigo cada día de la verdad, recordando las palabras de Jesús: la verdad os hará libres, de la misma manera que la mentira encadena y esclaviza.
Y pertenece también al programa cotidiano, la alegría. San Pablo dice: hermanos estén siempre alegres en el Señor, siempre. Y él llega a decir, estoy lleno de gozo en todas mis tribulaciones. Ni siquiera la tribulación, la cárcel, la persecución, el martirio, la calumnia, etc. Nada de eso lograba quitar el profundo gozo que embargaba el corazón del apóstol de los gentiles.
Y pertenece también al programa cotidiano la Cruz. El que quiera ser mi discípulo, tome su cruz cada día y sígame. Y San Pablo decía con lágrimas en los ojos, estoy viendo cristianos que se avergüenzan de la cruz, que no entienden que la cruz de Jesucristo es la señal del cristiano, como lo acaba de repetir e inculcar en una admirable catequesis nuestro Santo Padre, el Papa. La cruz, que es el trabajo penoso, la cruz que es la falta de trabajo, la cruz que es la enfermedad, la cruz que son los achaques de la vejez, la cruz que es la incomprensión, la cruz que son los insultos que a veces un cristiano puede recibir por causa de la fe, etc. No podemos desprendernos de la cruz. Los judíos piden milagros, los griegos piden sabiduría. Nosotros predicamos a Cristo crucificado que para los judíos es un escándalo, para los griegos es una locura, para nosotros es la sabiduría de Dios.
Y lo cotidiano incluye lo pequeño, los detalles, lo que no se ve, lo que no se publicita, lo que no se aplaude, pero que va construyendo como unos granitos de arena la montaña del reino de Dios.
Y a lo cotidiano pertenecen también, queridos hermanos, los otros. Esos hombres que me acompañan a lo largo de mi existencia o que cruzan accidentalmente mi camino. Los que me ayudan, los que me piden, los que me iluminan, los que me molestan, los que me hieren, y los que me dan el don precioso, tan raro, de su amistad. Todos llevan el rostro de Cristo, a todos se refiere la palabra de Jesús cuando dice: traten los demás como a ustedes les gusta que los traten a ustedes. O bien cuando Jesús hablando de una cantidad de gente que tuvo necesidad y Jesús dice a los bienaventurados: cuando ustedes lo hicieron con uno de estos pequeños que creen en mí, lo hicieron conmigo. O no lo hicieron conmigo.
San Josemaría fue un instrumento de Dios para subrayar la doctrina católica sobre el llamamiento a todos a la santidad en el lugar en el que Dios nos puso a cada cual. Fue un hijo fidelísimo de la Iglesia. Fue un maestro de vida espiritual de plena actualidad, fue un hijo fiel del Concilio Vaticano II, fue un escritor que nos dejó textos admirables, como esos libros áureos que son Camino, Surco, Forja, entre tantos otros. Él es ahora un intercesor en los Cielos donde goza alabando la gloria de la gracia de Dios que en él fue tan extraordinariamente fecunda.
¡Bendito sea Dios, siempre admirable en sus santos!, lo más importante que tiene la Iglesia, la santidad. Los frutos más preciosos de la redención de Cristo, los predilectos de María Santísima, los que nos ayudan a ver con más claridad nuestro camino en la tierra hacia la casa del Padre de los Cielos. Bendito sea el Señor que nos regala todo bien y particularmente en la persona de San Josemaría Escrivá de Balaguer.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Español






Oración
RSS
FACEBOOK
TWITTER
YOUTUBE