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Alocución de Juan Pablo II en el Simposio Teológico sobre Josemaría Escrivá. 14-10-1993

Juan Pablo II

Etiquetas: Iglesia, Juan Pablo II, Santidad, Trabajo, Vida ordinaria
Amadísimos hermanos y hermanas:

Me alegra acogeros con ocasión del Simposio teológico de estudio en torno a las enseñanzas del beato Josemaría Escrivá, que se ha celebrado estos días en el Ateneo Romano de la Santa Cruz, algo más de un año después de su beatificación.

Saludo al gran canciller, monseñor Álvaro del Portillo, y al rector del Ateneo, monseñor Ignacio Carrasco de Paula; asimismo, saludo al comité organizador, a los relatores y a todos vosotros, que habéis participado en este importante encuentro de estudio.

La historia de la Iglesia y del mundo se desarrolla bajo la acción del Espíritu Santo, que, con la colaboración libre de los hombres, dirige todos los acontecimientos hacía la realización del plan salvífico de Dios Padre. Manifestación evidente de esta Providencia divina es la presencia constante a lo largo de los siglos de hombres y mujeres, fieles a Cristo, que iluminan con su vida y su mensaje las diversas épocas de la historia. Entre estas figuras insignes ocupa un lugar destacado el beato Josemaría Escrivá, que, como subrayé el día solemne de su beatificación, recordó al mundo contemporáneo la llamada universal a la santidad y el valor cristiano que puede adquirir el trabajo profesional, en las circunstancias ordinarias de cada uno.

Además de la santificación de las almas, la acción del Espíritu Santo tiene como finalidad la renovación constante de la Iglesia, para que pueda cumplir con eficacia la misión que Cristo le ha encomendado. En la historia reciente de la vida eclesial, este proceso de renovación tiene un punto de referencia fundamental: el concilio Vaticano II, durante el cual la Iglesia, reunida en asamblea en las personas de sus obispos, reflexionó de nuevo en el núcleo de su misterio, a fin de poder anunciar el Evangelio al mundo, influyendo así decisivamente en la vida de los hombres, en las culturas y en los pueblos. Los trabajos conciliares, y los documentos que surgieron de ellos, tuvieron como característica común la plena conciencia de la salvación llevada a cabo y obtenida por Cristo. De ahí deriva el sentido de misión que ponen de relieve los textos de esa asamblea ecuménica y de todo el magisterio sucesivo; a ese sentido de misión me he referido recientemente en la carta encíclica Veritatis splendor.

La profunda conciencia que la Iglesia actual tiene de estar al servicio de una redención que atañe a todas las dimensiones de la existencia humana, fue preparada, bajo la guía del Espíritu Santo, por un progreso intelectual y espiritual gradual. El mensaje del beato Josemaría, al que habéis dedicado las jornadas de vuestro congreso, constituye uno de los impulsos carismáticos mas significativos en esa dirección, partiendo precisamente de una singular toma de conciencia de la fuerza universal de irradiación que posee la gracia del Redentor. En una de sus homilías, el fundador del Opus Dei afirmaba: «No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo. Hablando con profundidad teológica [...] no se puede decir que haya realidades —buenas, nobles y aun indiferentes— que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte» (Es Cristo que pasa, 112).

Sobre la base de esta honda convicción, el beato Josemaría invitó a los hombres y a las mujeres de las más diversas condiciones sociales a santificarse y a cooperar en la santificación de los demás, santificando la vida ordinaria. En su actividad sacerdotal percibía a fondo el valor de toda alma y el poder que tiene el Evangelio de iluminar las conciencias y suscitar un serio y eficaz compromiso cristiano en la defensa de la persona y de su dignidad. En Camino, el beato escribía: «Estas crisis mundiales son crisis de santos. —Dios quiere un puñado de hombres «suyos" en cada actividad humana. —Después... "pax Christi in regno Christi"— la paz de Cristo en el reino de Cristo» (Camino, 301).

¡Cuánta fuerza tiene esta doctrina ante la labor ardua y, al mismo tiempo, atractiva de la nueva evangelización, a la que toda la Iglesia está llamada! En vuestro congreso habéis tenido la oportunidad de reflexionar en los diversos aspectos de esta enseñanza espiritual. Os invito a continuar en esta obra, porque Josemaría Escrivá de Balaguer, como otras grandes figuras de la historia contemporánea de la Iglesia, también puede ser fuente de inspiración para el pensamiento teológico. En efecto, la investigación teológica, que lleva a cabo una mediación imprescindible en las relaciones entre la fe y la cultura, progresa y se enriquece acudiendo a la fuente del Evangelio, bajo el impulso de la experiencia de los grandes testigos del cristianismo. Y el beato Josemaría es, sin duda, uno de éstos.

Por otra parte, no podemos olvidar que la importancia de la figura del beato Josemaría Escrivá no sólo deriva de su mensaje, sino también de la realidad apostólica que inició. En los sesenta y cinco años transcurridos desde su fundación, la Prelatura del Opus Dei, unidad indisoluble de sacerdotes y laicos, ha contribuido a hacer resonar en muchos ambientes el anuncio salvador de Cristo. Como Pastor de la Iglesia universal me llegan los ecos de ese apostolado, en el que animo a perseverar a todos los miembros de la Prelatura del Opus Dei, en fiel continuidad con el espíritu de servicio a la Iglesia que siempre inspiró la vida de su Fundador.

Con estos sentimientos, invoco sobre todos la abundancia de los dones celestiales, en prenda de los cuales os imparto de corazón mi bendición a vosotros y a cuantos se inspiran en las enseñanzas y los ejemplos del beato Josemaría Escrivá de Balaguer.


Ciudad del Vaticano, 14 de octubre de 1993