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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

Ahí viene el sacerdote que siempre está de buen humor

Etiquetas: Alegría, Buen humor, Comprensión, Servicio
La primera impresión que José Manuel Doménech de Ibarra conserva muy viva, a pesar del tiempo transcurrido –como acabamos de ver, le conoció en 1930–, es la de “un sacerdote joven, alegre, siempre de buen humor”. José Manuel Doménech destaca esa idea del aspecto juvenil, porque siempre había pensado que eran de la misma edad y, más tarde, se enteró de que el Fundador del Opus Dei tenia siete años más que él.

Diez años después lo conocería Alfredo López, y sus recuerdos –que firmó en el diario Ya de Madrid– son muy semejantes: “Cuantos tuvimos la suerte de acercarnos a este sacerdote de Dios nos sentimos invadidos por un cariño inagotable, pródigo en detalles de ternura, delicadezas, comprensión, buen humor, que dejaba en el alma una sensación de bienestar espiritual y un estimulo de vida limpia de egoísmo y afanosa de servir a los demás”.

“Cuando yo saludé, por vez primera, al Fundador del Opus Dei –reseña un periodista colombiano en El Tiempo de Bogotá, el 30 de junio de 1975–, él sonreía. Y cuando por última vez lo vi, hace unos meses en Caracas, su rostro continuaba mostrando esa paz y esa alegría que fueron características permanentes de su vida entera”.

Vale la pena resaltar cómo idénticas reacciones se producían en personas muy diversas: no sólo temperamentalmente, sino distintas también en cuanto a su actitud religiosa. Sorprende que un fraile dominico, un suizo converso, un monje del Yermo, un periodista italiano, o un estudiante orgulloso de su anticlericalismo coincidan hasta usar casi las mismas expresiones. El dominico es el P. Garganta, que conoció al Fundador del Opus Dei por los años cuarenta en Valencia: “De las virtudes humanas del Padre, lo primero que me impresionó fue su inimaginable capacidad de cordialidad, de la que derivaba una capacidad de captación que para un apóstol es maravillosa”.

El suizo converso es Edwin Zobel. Después de tratar, por razón de trabajo, a algunos socios del Opus Dei, leyó Camino, y sintió un gran deseo de conocer a la persona “capaz de infundir semejante espíritu de amor y de renuncia en gentes tan valiosas”. Por fin, en una visita a Roma, en 1960, captó en seguida “su extraordinaria amabilidad y alegría, la capacidad de transmitir su fuerza espiritual”.

Don Pío María, camaldulense, da noticia de que por los años cuarenta alguna vez comentaron en el Monasterio del Parral: “Ahí viene el sacerdote que siempre está de buen humor”... “Uno se sentía enormemente a gusto a su lado, por su riquísima humanidad, que llamaba tanto la atención”.


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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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