PortadaDocumentaciónRelatos biográficosAconsejaba a los demás lo que vivía personalmente
Documentación
Relatos biográficos

Aconsejaba a los demás lo que vivía personalmente

Mons. Javier Echevarría

Etiquetas: Javier Echevarría, Lucha ascética, Personalidad, Unidad de vida
Mons. Javier Echevarría tuvo una relación muy directa con san Josemaría desde 1950, cuando se trasladó a vivir a Roma. Ese trato se hizo continuo a partir de 1956, cuando fue elegido Custos del fundador del Opus Dei, es decir, una de las dos personas que, de acuerdo con los Estatutos del Opus Dei, han de ayudar al prelado en su vida material y espiritual y en su trabajo cotidiano, y advertirle lo que consideren oportuno, con plena libertad y sinceridad.


He sido Custos durante casi veinte años, y puedo decir que agradeció siempre las sugerencias o los comentarios que le hacíamos. No se cansó de luchar por acercarse mas al Señor, peleando contra los más pequeños defectos y exigiéndose con el celo de una persona enamorada que desea corresponder con todo su amor a Quien ama: cotidianamente, en lo difícil y en lo fácil, en las tareas importantes y en las que parecen sin relieve.

Acostumbraba a no dejar nada para después, especialmente si debía corregir algo: en cuanto lo advertía, o se lo comentábamos, se esforzaba sin esperar al día siguiente. No se disculpaba ni por el cansancio, y se empeñaba en la mejora de su carácter y en su deseo de amar cada vez más a Dios. Por eso, salía de sus labios la recomendación, llena de viveza y de pedagogía divina: "yo siempre suelo aconsejar lo siguiente: ¡las cosas buenas, cuanto antes!; y en esta entrega al Señor, no tenemos ninguna cadena que nos aherroje, tenemos la libertad de darnos siempre más". Procuraba que su respuesta estuviese siempre a la altura de lo que Dios le pedía. No por eso dejaba de pedir perdón constantemente al Señor, por lo que hubiera en su vida de, omisiones, de no estar atento a las urgencias divinas.

Hasta su último día en la tierra, rogó a sus dos hijos Custodes que le ayudásemos a ser más piadoso, más alegre, más optimista, a cumplir con exactitud su deber, a soportar mejor la enfermedad, a trabajar sin descanso, a entregarse completamente. Pienso que puedo afirmar con objetividad que nunca dijo conscientemente que no al Señor, y que nunca respondió a medias a las peticiones divinas.

Aconsejaba a los demás lo que vivía personalmente: "hay que estar siempre preparados, y pensar que cualquier momento de nuestra vida puede ser el instante de la última lucha. O, con otras palabras, lo importante es que el Señor nos encuentre siempre preparados en esa última lucha que puede llegar en cualquier momento".

No escatimó esfuerzos en esta pelea. Me parece que resume su finura de conciencia y su pisotear el propio yo para acomodarse a la Voluntad divina, lo que afirmaba en agosto de 1971: "santidad es luchar contra los propios defectos constantemente. Santidad es cumplir el deber de cada instante, sin buscarse excusas. Santidad es servir a los demás, sin desear compensaciones de ningún genero. Santidad es buscar la presencia de Dios —el trato constante con Él— con la oración y con el trabajo, que se funden en un diálogo perseverante con el Señor. Santidad es el celo por las almas, que lleva a olvidarse de uno mismo. Santidad es la respuesta positiva de cada momento en nuestro encuentro personal con Dios".

Desde joven, tuvo grandes virtudes humanas. Como defectos, debió estar muy atento a la rapidez y espontaneidad de carácter, y la viva indignación que solía sentir cuando consideraba que las cosas se hacían mal o no tan bien como se debía.

De todas maneras, estos rasgos de carácter, que hubiesen podido llegar a ser defectos notables, sirvieron de punto de apoyo para enriquecer su personalidad, y se convirtieron en fundamentos de la firmeza que necesito después para afrontar lo que el Señor le reservaba: la impaciencia se mudó en audacia santa, y el temperamento impulsivo, en exigencia consigo mismo, y en comprensión con los demás. Nos confiaba muchas veces lo que llevaba en el fondo del alma: "os pido perdón por las molestias que os haya podido causar a cada uno. Os aseguro, y esta es mi intención constante, que a sabiendas no quiero mortificar a nadie con mi modo de ser. De todas formas, insisto, os pido perdón si a alguno le he molestado con mi modo de ser o de actuar".

Luchó para transformar sus tendencias naturales en cualidades positivas: la reciedumbre y la energía; la rapidez en la decisión; la agudeza de ingenio; la capacidad de darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor; o la habilidad dialéctica para responder a las dificultades. Pero no se dejaba llevar por el propio yo, dominaba los primo primi, y se esforzaba por hablar y actuar con rectitud de intención, al servicio del Señor y de las almas.

Observando toda su vida, me atrevo a asegurar que muestra la victoria de la voluntad y del entendimiento —puestos en Dios — sobre su carácter. Este triunfo procede de una continua vigilancia sobre sí mismo, aunque no dejaba de rogarnos que le ayudásemos; le he visto luchar contra esos hilos sutiles que, si, no se rectifican, se convierten en ataduras que apartan de Dios. Supo conseguir una serena ecuanimidad, y la extraordinaria vitalidad de su temperamento estuvo siempre moderada por la prudencia y la fortaleza.


Javier Echevarría y Salvador Bernal, Memoria del beato Josemaría Escrivá, Rialp, Madrid, 2000, pp. 17 y ss.