Documentación
Relatos biográficos
7 de septiembre de 1931, en Madrid
Andrés Vázquez de Prada
Andrés Vázquez de Prada relata, en la biografía El fundador del Opus Dei, la íntima vivencia que consolidó en san Josemaría la convicción del fin sobrenatural del Opus Dei.
«Et fui tecum in omnibus ubicumque ambulasti! (II Reg. VII, 9), he estado y estaré contigo dondequiera que vayas”
Desde un principio, el Señor mostró al Fundador el Opus Dei como un designio de alcance universal, de entraña católica.
En aquellos días del verano de 1931, el alma de don Josemaría —como más adelante expondremos—, se hallaba sumida en grandes tribulaciones. De ellas se servía el Señor para purificar sus afectos y llevarle a un total abandono en la Providencia, aunque por fuera las circunstancias históricas eran francamente calamitosas. A pesar de todo, don Josemaría no se cruzó de brazos a la espera de tiempos más propicios. La misión que se le había encomendado le urgía. Y teniendo a la vista aquellos años en que el Señor le apretaba, para que viviera exclusivamente de fe, dejó testimonio escrito de la ayuda divina:
"Los primeros pasos, verdaderamente, no han sido nada fáciles. Pero el Señor, tantas veces cuantas han sido necesarias —y no hablo de milagrerías, sino del modo corriente de tratar el Padre del Cielo a sus hijos, cuando son almas contemplativas—, ha acudido en cada caso a darnos una fortaleza sobrenatural [...]. Y El hacía escuchar su locución clara, hacia el año treinta, no una vez, sino varias, diciendo: et fui tecum in omnibus ubicumque ambulasti! (II Reg. VII, 9), he estado y estaré contigo dondequiera que vayas".
Esta locución fue anotada en sus Apuntes el 8 de septiembre de 1931, fiesta de la Natividad de Nuestra Señora:
"Ayer, por la tarde, a las tres, salí al presbiterio de la Iglesia del Patronato a hacer un poco de oración delante del Ssmo. Sacramento. No tenía gana. Pero, me estuve allí hecho un fantoche. A veces, volviendo en mí, pensaba: Tú ya ves, buen Jesús, que, si estoy aquí, es por Ti, por darte gusto. Nada. Mi imaginación andaba suelta, lejos del cuerpo y de la voluntad, lo mismo que el perro fiel, echado a los pies de su amo, dormita soñando con carreras y caza y amigotes (perros como él) y se agita y ladra bajito... pero sin apartarse de su dueño. Así yo, perro completamente estaba, cuando me di cuenta de que, sin querer, repetía unas palabras latinas, en las que nunca me fijé y que no tenía por qué guardar en la memoria: Aún ahora, para recordarlas, necesitaré leerlas en la cuartilla, que siempre llevo en mi bolsillo para apuntar lo que Dios quiere (En esta cuartilla, de que hablo, instintivamente, llevado de la costumbre, anoté, allí mismo en el presbiterio, la frase, sin darle importancia): + dicen así las palabras de la Escritura, que encontré en mis labios: “et fui tecum in omnibus ubicumque ambulasti, firmans regnum tuum in aeternum”: apliqué mi inteligencia al sentido de la frase, repitiéndola despacio. Y después, ayer tarde, hoy mismo, cuando he vuelto a leer estas palabras (pues, -repito- como si Dios tuviera empeño en ratificarme que fueron suyas, no las recuerdo de una vez a otra) he comprendido bien que Cristo?Jesús me dio a entender, para consuelo nuestro, que “la Obra de Dios estará con El en todas las partes, afirmando el reinado de Jesucristo para siempre”.
Con estas palabras divinas quedaba confirmado el carácter universal y perenne de la Obra, al servicio de la Iglesia. El Señor le hacía entender así la continuidad ininterrumpida de la misión del Opus Dei en la tierra. Fortalecido por esta locución, el 9 de enero de 1932 escribía el Fundador para todos los miembros del Opus Dei (los pocos que entonces eran y la inmensa muchedumbre que esperaba), con absoluta fe sobrenatural en aquella empresa divina:
"Tened la completa seguridad, por tanto, de que la Obra cumplirá siempre, con eficacia divina su misión; responderá siempre al fin para el cual la ha querido el Señor en la tierra; será con la gracia divina -por todos los siglos- un instrumento maravilloso para la gloria de Dios: sit gloria Domini in aeternum! "(Ps CIII, 31).
Ante la situación histórica de conmoción casi revolucionaria en que se hallaba sumergido, el Fundador confirmaba a los suyos en el origen sobrenatural de la Obra, haciéndoles ver que no se trataba ni de una institución ni de una organización apostólica circunstancial, suscitada por la persecución religiosa en España. El Opus Dei no venía a llenar una necesidad del momento para desaparecer luego, como otras organizaciones, una vez restaurada la paz política y social.
Aún resonaba en el alma del Fundador el eco de la locución del 7 de septiembre, cuando el 14 de ese mismo mes el Señor le mostró el camino de la perennidad de la Obra, por identificación de sus miembros con Jesucristo en la humillación y en la Cruz:
"Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz: 1931 (se lee en anotación de esa fecha). -¡Cómo me hizo gozar la epístola de este día! En ella el Espíritu Santo, por S. Pablo, nos enseña el secreto de la inmortalidad y de la gloria [...]. Este es el camino seguro: por la humillación, hasta la Cruz: desde la Cruz, con Cristo, a la Gloria Inmortal del Padre.
Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei: ¡Señor, que vea!, Ediciones Rialp, Madrid 1997, pp. 384-387

«Et fui tecum in omnibus ubicumque ambulasti! (II Reg. VII, 9), he estado y estaré contigo dondequiera que vayas”
Desde un principio, el Señor mostró al Fundador el Opus Dei como un designio de alcance universal, de entraña católica.
En aquellos días del verano de 1931, el alma de don Josemaría —como más adelante expondremos—, se hallaba sumida en grandes tribulaciones. De ellas se servía el Señor para purificar sus afectos y llevarle a un total abandono en la Providencia, aunque por fuera las circunstancias históricas eran francamente calamitosas. A pesar de todo, don Josemaría no se cruzó de brazos a la espera de tiempos más propicios. La misión que se le había encomendado le urgía. Y teniendo a la vista aquellos años en que el Señor le apretaba, para que viviera exclusivamente de fe, dejó testimonio escrito de la ayuda divina:
"Los primeros pasos, verdaderamente, no han sido nada fáciles. Pero el Señor, tantas veces cuantas han sido necesarias —y no hablo de milagrerías, sino del modo corriente de tratar el Padre del Cielo a sus hijos, cuando son almas contemplativas—, ha acudido en cada caso a darnos una fortaleza sobrenatural [...]. Y El hacía escuchar su locución clara, hacia el año treinta, no una vez, sino varias, diciendo: et fui tecum in omnibus ubicumque ambulasti! (II Reg. VII, 9), he estado y estaré contigo dondequiera que vayas".
Esta locución fue anotada en sus Apuntes el 8 de septiembre de 1931, fiesta de la Natividad de Nuestra Señora:
"Ayer, por la tarde, a las tres, salí al presbiterio de la Iglesia del Patronato a hacer un poco de oración delante del Ssmo. Sacramento. No tenía gana. Pero, me estuve allí hecho un fantoche. A veces, volviendo en mí, pensaba: Tú ya ves, buen Jesús, que, si estoy aquí, es por Ti, por darte gusto. Nada. Mi imaginación andaba suelta, lejos del cuerpo y de la voluntad, lo mismo que el perro fiel, echado a los pies de su amo, dormita soñando con carreras y caza y amigotes (perros como él) y se agita y ladra bajito... pero sin apartarse de su dueño. Así yo, perro completamente estaba, cuando me di cuenta de que, sin querer, repetía unas palabras latinas, en las que nunca me fijé y que no tenía por qué guardar en la memoria: Aún ahora, para recordarlas, necesitaré leerlas en la cuartilla, que siempre llevo en mi bolsillo para apuntar lo que Dios quiere (En esta cuartilla, de que hablo, instintivamente, llevado de la costumbre, anoté, allí mismo en el presbiterio, la frase, sin darle importancia): + dicen así las palabras de la Escritura, que encontré en mis labios: “et fui tecum in omnibus ubicumque ambulasti, firmans regnum tuum in aeternum”: apliqué mi inteligencia al sentido de la frase, repitiéndola despacio. Y después, ayer tarde, hoy mismo, cuando he vuelto a leer estas palabras (pues, -repito- como si Dios tuviera empeño en ratificarme que fueron suyas, no las recuerdo de una vez a otra) he comprendido bien que Cristo?Jesús me dio a entender, para consuelo nuestro, que “la Obra de Dios estará con El en todas las partes, afirmando el reinado de Jesucristo para siempre”.
Con estas palabras divinas quedaba confirmado el carácter universal y perenne de la Obra, al servicio de la Iglesia. El Señor le hacía entender así la continuidad ininterrumpida de la misión del Opus Dei en la tierra. Fortalecido por esta locución, el 9 de enero de 1932 escribía el Fundador para todos los miembros del Opus Dei (los pocos que entonces eran y la inmensa muchedumbre que esperaba), con absoluta fe sobrenatural en aquella empresa divina:
"Tened la completa seguridad, por tanto, de que la Obra cumplirá siempre, con eficacia divina su misión; responderá siempre al fin para el cual la ha querido el Señor en la tierra; será con la gracia divina -por todos los siglos- un instrumento maravilloso para la gloria de Dios: sit gloria Domini in aeternum! "(Ps CIII, 31).
Ante la situación histórica de conmoción casi revolucionaria en que se hallaba sumergido, el Fundador confirmaba a los suyos en el origen sobrenatural de la Obra, haciéndoles ver que no se trataba ni de una institución ni de una organización apostólica circunstancial, suscitada por la persecución religiosa en España. El Opus Dei no venía a llenar una necesidad del momento para desaparecer luego, como otras organizaciones, una vez restaurada la paz política y social.
Aún resonaba en el alma del Fundador el eco de la locución del 7 de septiembre, cuando el 14 de ese mismo mes el Señor le mostró el camino de la perennidad de la Obra, por identificación de sus miembros con Jesucristo en la humillación y en la Cruz:
"Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz: 1931 (se lee en anotación de esa fecha). -¡Cómo me hizo gozar la epístola de este día! En ella el Espíritu Santo, por S. Pablo, nos enseña el secreto de la inmortalidad y de la gloria [...]. Este es el camino seguro: por la humillación, hasta la Cruz: desde la Cruz, con Cristo, a la Gloria Inmortal del Padre.
Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei: ¡Señor, que vea!, Ediciones Rialp, Madrid 1997, pp. 384-387
Relación de contenidos
- Rezar el Rosario como un niño pequeño
- 7 de septiembre de 1931, en Madrid
- Álvaro del Portillo
- Prehistoria de la fundación del Opus Dei (1917-1928)
- Madrid, 2 de octubre de 1928
- Conocí a San Josemaría el 2 de noviembre 1948
- 22 de noviembre de 1937: La rosa de Rialp
- Muerte de don José Escrivá, 27 de noviembre 1924
- "Aprite le finestre", canción italiana que San Josemaría pidió que le cantasen en el momento de su muerte
- San Josemaría y los Ángeles Custodios
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