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27 de abril de 1954: curación del Fundador del Opus Dei de diabetes

Andrés Vázquez de Prada

Etiquetas: Enfermedad, Muerte, Virgen
El 27 de abril de 1954, fiesta de Nuestra Señora de Monserrat, después de una reacción alérgica San Josemaría se curó de modo inexplicable -según el parecer médico- de una diabetes que sufría desde hacía años.


Quienes han salido de accidentes mortales, después de haber perdido el conocimiento o entrado en coma, suelen referir una singular experiencia. No es infrecuente que en tales trances hayan asistido a una revisión mental de su propia vida. El fenómeno sobreviene desde dentro, cuando, al tiempo de apagarse las sensaciones del exterior, se enciende la memoria y la persona queda desconectada de las incitaciones de este mundo. Entonces, en brevísimos segundos, puede darse una a modo de representación de las etapas de nuestra vida, que contemplamos como espectadores, sabiendo que somos los protagonistas. Nada escapa entonces a la mirada. Allí están al vivo nuestras miserias y errores. Y, cuando se apaga la iluminación de la conciencia, quizás el alma haya podido arrepentirse de su vida pasada.

Algo parecido le sucedió a don Josemaría el 27 de abril de 1954, fiesta de Nuestra Señora de Monserrat. Ese día, como de costumbre, don Álvaro le inyectó, cinco o diez minutos antes de comer, una dosis inferior a la prevista por el médico. Se trataba de un nuevo tipo de insulina retardada*. Bajaron al comedor y, a poco de bendecir la mesa, estando solos frente a frente, el Padre se dirigió de pronto a don Álvaro:

«¡Álvaro, la absolución! Yo no le entendí —refiere éste—, no le pude entender; permitió Dios que no le entendiese. Y entonces insistió: ¡la absolución! Y por tercera vez, en cuestión de pocos segundos todo: La absolución, ego te absolvo. Y en ese momento perdió el conocimiento. Recuerdo que primero tomó como un color rojo púrpura, y después se quedó amarillo térreo. El cuerpo, como muy pequeño.

Le di la absolución inmediatamente, e hice lo que supe: llamar al médico y meterle azúcar en la boca, forzándole con agua a que tragara, porque no reaccionaba y no se le notaba el pulso» .

Cuando llegó Miguel Ángel Madurga, médico, miembro del Opus Dei, el Padre había ya recobrado el sentido. El shock había durado diez minutos. Miguel Ángel examinó cuidadosamente al enfermo y comprobó que había cesado todo peligro y que no existían complicaciones. Parecía que el Padre ya estaba bien. Tanto es así que el Padre comenzó inmediatamente a preocuparse por ese hijo suyo y, al enterarse de que estaba aún en ayunas, le hizo comer y, mientras, se entretuvo con él charlando tranquilamente. En todo ese rato Miguel Ángel no se dio cuenta de que el enfermo no veía.

— «Hijo mío —dijo el Padre a don Álvaro cuando se marchó el médico—, me he quedado ciego, no veo nada.

— Padre, ¿por qué no se lo ha dicho al médico?

— Para no darle un disgusto innecesario; a lo mejor esto se pasa».

Permaneció ciego durante horas. Por fin se recuperó y pudo mirarse a un espejo:

— Álvaro, hijo mío, ya sé cómo quedaré cuando esté muerto.

— «Padre, ahora está usted como una rosa», replicó don Álvaro del Portillo.

En efecto, horas antes sí que tenía verdaderamente aspecto de muerto. El Señor, además, le permitió ver toda su vida, con gran rapidez, como si fuese una película.

Refiriéndose a ese momento de la revisión de la propia vida, contaba el Fundador a don Álvaro «que había tenido tiempo de pedir perdón a Dios por lo que él pensaba que eran fallos suyos, e incluso por alguna cosa que no había entendido. Por ejemplo, pensaba el Fundador que una vez el Señor le había dado a entender que moriría bastante más tarde. Y le pidió perdón también por esto, porque no le había comprendido» (cfr. ibidem).

San Josemaría, en una foto de abril de 1954
San Josemaría, en una foto de abril de 1954
Se puede afirmar sin duda que la historia de la diabetes, que venía padeciendo desde hacía diez años, tuvo ese día un cambio sorprendente. La situación, desde entonces, se normalizó en poco tiempo, hasta la completa desaparición —el mismo año 1954— de los trastornos metabólicos característicos de la diabetes y, por consiguiente, la supresión total del tratamiento insulínico.

El especialista que le seguía, el Dr. Carlo Faelli, sitúa precisamente en el suceso que acabamos de relatar el momento clave de la curación, considerando lo que siguió como una simple consecuencia: «se curó de la diabetes —asegura— después de un ataque alérgico, bajo forma de urticaria y lipotimia» (Carlo Faelli, Sum. 3461). Después de ese ataque anafiláctico, agrega, «se halló curado de la diabetes y de sus complicaciones, sin tener ninguna otra recaída ni estar condicionado por limitaciones dietéticas. Se ha tratado de una curación científicamente inexplicable».

Otros testigos apoyan la afirmación de que ese día fue cuando el Padre se curó.

Encarnación Ortega, por ejemplo, refiere que el Padre padecía una fuerte diabetes y que «el 27 de abril de 1954, después de aplicarle insulina retardada, y de sufrir un shock anafiláctico, quedó curado de esta enfermedad repentinamente. Aquella misma tarde nos dijo a María José Monterde y a mí que por todo lo que habíamos pedido al Señor, Él nos había oído, y le había concedido una nueva etapa fecunda» (Encarnación Ortega Pardo, Sum. 5381).


A. Vázquez de Prada ,EL fundador del Opus Dei. III: Los caminos divinos de la tierra, Rialp, 2002, pp. 243-246.


* «Días antes —refiere Álvaro del Portillo—, el profesor Faelli había recetado un nuevo tipo de insulina, indicando que la dosis tenía que ser de 110 unidades. Como siempre, me encargué de ponerle las correspondientes inyecciones. Yo ponía buen cuidado en leer atentamente la literatura médica que acompaña a las medicinas. Allí se decía que la dosis de esa nueva insulina era inferior a la normal, como las dos terceras partes. Por ese motivo y porque las dosis fuertes de insulina aumentaban mucho el dolor de cabeza que padecía el Padre, a pesar de lo que me había dicho el médico, le inyecté una dosis inferior. Con todo, el medicamento produjo una reacción, que entonces yo no conocía, de tipo similar al alérgico. Se lo comuniqué al médico, pero me dijo que siguiese con ese tipo de insulina» (Álvaro del Portillo, Sum. 478).